Ese detalle que lo cambia todo

Es algo que se intuye, aire entre el vacío y la ausencia. En ese gesto se concentra la galaxia, con su sol a la sombra y un amanecer en otra parte. Para verlo es necesario mirar más, mirar donde nadie quiere mirar por estar cerca. Mejor vivir con los ojos cerrados, que el mundo sea un borrón del que salir ilesos al final del día. Son los detalles los que crean momentos felices o nos sentencian. Llevé su mano hacia mi ingle mientras nos besábamos. Mi mano quedó suspendida dentro de la suya, dijo no con un gesto leve. Y ya no hay nada.

Pequeños detalles en circunstancias que hacían poca falta. Pues bien, esos detalles dejan huecos. Detalles relevantes, precisamente porque pesan poco o nada. Pueden ser ideas, la forma que tiene la luz de impactar en los cristales, imágenes en un contexto como soñado. El conductor miraba al fondo de la noche. Los faros del autobús convertían la carretera en una salida a aquel viaje tan largo. Un ciervo se cruzó entre las luces y un destino.

Los detalles de nuestros problemas convierten el problema en un juego de niños, también en tragedia. Los detalles de un abrazo convierten los detalles en una lista que se prolonga más allá del tiempo y el espacio. Los detalles son tan pequeños que no pueden ser imaginados. Somos detalles en un cuerpo incapaz de albergar más detalles. Limpiaste el espejo empañado con el lateral de tu mano buena. Acercaste el pecho en un gesto raro, levantando el brazo por encima de la cabeza. Un bulto del tamaño de una uva. Recuerdas el color de la toalla enrollada bajo tu pecho. Detalles buenos, malditos.

Ilustración: http://www.emilianoponzi.com

La belleza tras las máscaras

Más allá de la obviedad de un mundo que imita el uso indiscriminado de mascarillas y la distancia existencial de los tokiotas, cabe destacar que, a medida que las integramos en la misma categoría que móvil y llaves, nos revelan detalles antes ocultos por la falta de práctica. Y es que si reparamos en el continente alrededor del contenido y a pesar del sombrero de Panamá, un par de gafas caras y ese trozo de tela con olor a encía cubriéndonos la cara seremos capaces de establecer sin temor a equivocarnos que la persona con la que nos cruzamos es bella o no. Solo hace falta saber mirar, de la misma forma que observamos un paisaje a la luz de una vela.

Así es como la cadencia de los pasos justos, el color de piel de sienes, brazos y piernas, el vaivén del pelo torneado por el sol, el rastro de perfume en el aire antes de desaparecer para siempre y las maneras típicas de los guapos —siempre acompañadas de material bucal de primera, nada de a 0,99— nos ayudan a componer los mimbres de la belleza estética cuando ésta no es una obligación, precisamente porque ahora arreglarse sirve de bien poco.

Con la llegada de la mascarilla creímos que la democracia real se instalaría en nuestras vidas de calle, que los feos, siempre sometidos por el látigo de la indiferencia, podrían competir en igualdad de condiciones frente aquellos que acaparan pupilas y suspiros, humedades y anhelos, pero toda esta nueva escena solo sirve para tener aún más presente que lo bello se completa a sí mismo y es tan grande que se esconde en los pequeños detalles.

Ilustración: Ito Shinsui