¡Quiero mi segunda dosis!

¡Quiero mi segunda dosis! El grito de moda retumba en todas partes, incluso por SMS, una mezcla de indignación, hartazgo y necesidad de que lo peor quede atrás porque lo malo tiene pinta de quedarse un rato. Pero si ya veníamos calentitos con el temita —se hace más largo que una paja con la izquierda—, inmunizarse rima con obstáculos. Sobre todo cuando el centro de vacunación asignado es el Zendal, Auschwitz de la vida moderna con todo lo necesario para convertir la espera en lipotimia y pasar lista al páramo. Sin Pedro, claro, en la Moncloa y con aire acondicionado. Que no pillas bronceado en verano, ¡pues ponte a la cola y disfruta del clima local y la posibilidad de enamorarte! Aquí en Valdebebas se cuece todo. Literal.

Si Jeff Bezos viaja al espacio entonces los madrileños orbitan alrededor de este engendro semiesférico, algunos dotados de parasoles reflectantes que en foto recuerdan a una versión cheli del Apolo 13. Al parecer la espera fue debida a un fallo en el suministro eléctrico, nada que ver con las políticas sanitarias. En ese punto de colisión convendría intercambiar el grito que titula el artículo por el de ¡el Zendal no es un hospital!, un poco al estilo de la presidenta que tira de El Corte Inglés, Santander y Acciona y pasa de reforzar la sanidad pública. En ese sentido ejerce su libertad, esa cosa tan rara imposible de recuperar una vez perdida.

Para todos aquellos que quieran acercarse —el sadismo forma parte de nuestra intrahistoria— recordarles que el menú del día es Astrazeneca, que los que soportan y esperan también sirven y que el maltrato institucional debería incluirse en el Código Penal, pero el de las penas. A Rick Blaine y a Ilsa Lund siempre les quedará París. A nosotros el personal sanitario. Y menos mal.

Ilustración: http://www.emmacano.com

En caso de duda, girad a la izquierda

En Madrid siempre hemos hecho lo que nos ha salido del coño, mucho antes de que Isabel Díaz Ayuso introdujera la libertad desprovista de cualquier significado inteligible. Para entenderlo mejor tiro de ejemplo y amigos que follan con hombres y lo justifican en nombre de la heterosexualidad más normativa: «somos muy machos», dicen. Así funcionan las cosas en una ciudad liberada —al menos antes de la catástrofe—, entre Sodoma y Gomera, afters y chupaditas de M, una actitud, la madrileña, que acoge sin preguntar y después elige a representantes públicos en contra de lo público desde los primeros párrafos de sus programas. O eso parece a juzgar por los resultados de las elecciones en la comunidad a partir de 1995. De las cejas de Gallardón a los unicornios actuales. Entre medias, una bandada de gaviotas. Todo muy bestia.

Resulta que el voto a la izquierda es mayoritario entre el 70% más humilde, mientras que el voto conservador representa sólo al 30% más pudiente. ¿Qué demonios ocurre entonces? Pues que PSOE, MAS MADRID y PODEMOS sacan 32.000 en Villaverde y Usera y, en cambio, el PP obtiene 100.000 en Aravaca y Pozuelo. El eterno juego del norte inalcanzable y el pobrecillo sur, de la izquierda del sabotaje y la derecha inteligente, la deducción frente al instinto más pragmático… todo eso queda reducido a una cuestión de pasta.

A menos dinero, más abstención; a menor nivel educativo, menos ingresos y por lo tanto más abstención; a más desinformación, otra vez más abstención. Esto en el mundo. En Madrid cada día estamos más formados, un poco mejor informados —tampoco mucho porque hay que terracear— y retozamos en la precariedad. La izquierda defiende la igualdad social y se bate contra las jerarquías; la derecha afirma que ciertos órdenes sociales y jerarquías son inevitables o deseables. Por favor, no nos saboteemos una vez más, troncos. Mañana, en caso de duda, girad a la izquierda.

Ilustración: Peter Bainbridge

El efecto boina de España

Vaya por delante que la boina es un invento magnífico. Calienta en invierno y en agosto nos libra del Aftersun®, e incluso mantiene a raya a las hordas de moscas cojoneras. Sin embargo, por una de esas razones que nunca llegaremos a comprender, está asociada indefectiblemente a las pedanías y el olor a purín, como si los habitantes de la gran ciudad no se comportaran cada día al más puro estilo Atapuerca; eso sí, vestidos del Bershka y esgrimiendo cierta superioridad moral. Señalado el problema, quería poner de manifiesto que ayer por la noche, a pocas horas de decretarse el cierre a regañadientes de Madrid, miles de urbanitas aprovecharon para ir a los bares, hacer una escapadita de fin de semana, la última del verano, exprimir los minutos antes de las 22:00 sin caer en la cuenta de la muerte, firmemente instalada en la capital por esa mezcla de incompetencia y el «efecto boina».

Porque este efecto, derivado del doblaje de películas extranjeras, los cubatas aderezados con el típico «tú me dices hasta dónde, majo», la alta consideración de la picaresca en la sociedad patria y la necesidad — siempre vinculada al arte de la envidia— de censurar lo distinto y dinamitar la creación de comunidades dentro de regiones dentro de países, nos lleva a imitar el comportamiento de nuestros gobernantes, esos a los que se tilda de mediocres, o malos malísimos.

Y claro que estamos hasta el coño, aturdidos, desbordados por un tiempo a la deriva, pero «más llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga» que dijo Homero, oriundo de Grecia y conocedor de una manera de ser que hoy es portada en los periódicos de todo el mundo. Quizás el experimento no fuera este virus, sino esta España con una bestia en su interior.

Ilustración: https://www.dutchuncle.co.uk/noma-bar

Política: una cuestión de fe

Por fin. Después de una larga travesía en el desierto iniciada en 1978, la política española ha alcanzado la gloria del vestido de filetes de Lady Gaga, un pecado concebido en el que las verdades carecen de peso específico y son suplantadas por una estampita de la Virgen de los Dolores, una mentira repetida muchas veces mucho y aquel mantra en el que las palabras ya no sirven, precisamente porque el mensaje es una cuestión de fe. Y ya se sabe que la creencia es el antiséptico del que lo ha perdido todo… menos el humor.

¿Cómo entender si no que Abascal realice alegatos a favor de los homosexuales, que Casado sea un modelo en el espejo caracterizado por la inacción convenientemente iluminada y que Díaz Ayuso, siguiendo las premisas de Miguel Ángel Rodriguez ¡Bajón!, sufra en sus propias carnes estrábicas la circuncisión de la desescalada, la huida hacia delante, la pérdida de miles de madrileños, un Via Crucis de portada que deja sin argumentos a sus rivales políticos y a una parte considerable de la población sana entre comillas?

Y es que en política no gana el que esgrime las mejores razones, ni siquiera aquel que obtiene el mayor número de votos, sino el que resiste al desempleo y la muerte, el que agota a un adversario atónito frente a una revelación que es carne de meme. Lo más curioso de todo este entuerto es que fe, porno duro y esperanza son ahora los mimbres de una “iglesia alt-right” levantada sobre un país en ruinas. Mátame, camión. Por cierto, Díaz Ayuso huele a sudor.

Ilustración: Franklin Booth “Echoes from Vagabondia – ‘She rose and wondered…crept to the door and fled back to the forest.’ ”

Sangay Abascal, el homo facha perdido

Cuando pensábamos que lo de los coches y la Díaz Ayuso era insuperable, llega el ‘chulazo’ de Santiago Abascal y en un un minuto y cuarenta y dos segundos de intervención convierte el Congreso de los Diputados en un fenómeno ‘paraanormal’. Su proclama —que incluía a todos los españoles independientemente de su color, edad, sexo y ¿orientación sexual?— es una entelequia tan sobrecogedora que, de pronto, el algoritmo de Google no sabe si incluirle junto a Ernst Röhm, patrón de la ‘Gaystapo’, o si nombrarle sucesor de Pedro Cerolo… con una Smith & Weeson en el paquetón.

Así es como el hombre del traje ‘apretao’ insta al gobierno a alejarse del odio y la idolatría contra personas de cualquier condición, apela al amor libre y la humanidad, y se vanagloria de no despreciar a nadie por su tendencia carnal sin desaflojarse la corbata. Tras el silencio sonoro del hemiciclo es inevitable pensar en Vox como ese partido integrador e inclusivo en el que los gays son maricones y comealmohadas, la homosexualidad se cura y sus integrantes esgrimen el típico «yo tengo muchos amigos invertidos» con un pin parental en la solapa.

Revelada la cara del cinismo en modo cuero —Sangay Abascal sería la reina del Strong—, cuesta entender un poco más a sus votantes gays, más convencidos que nunca de que una cosa es el programa electoral y otra la acción política, como si la fantasía de verle algún día en una carroza del Orgullo fuera más poderosa que el peligro que representan para las minorías. Resulta que también lo son para todos los demás.

Ilustración: Filippa Edghill