De nuestras cicatrices

Somos un cúmulo de cicatrices visibles e invisibles. Porque sin cicatrices no hay dolor, un dolor procedente de la felicidad que escarba piel y tiempo. Si la piel nos define como humanos, con sus grietas y pozos cada vez más secos, el recuerdo va dejando marcas. A veces con forma de escalpelos. Otras con forma de resbalón o por la noche, «estaba a oscuras». Las peores son las que van por dentro, las que se ven por fuera. Los ojos nunca mienten. La luna, el sol y la ausencia. Resulta extraño comprobar cómo las cicatrices reclaman su condición de herida primigenia. Resulta inevitable. De ahí esta risa huérfana.

La felicidad no deja rastro. Todo lo que marca viene de los otros y está en uno. Así pintamos tatuajes sin color sobre la dermis, los mismos en todos con otras formas y otros gestos. Cicatrices en las muñecas, cicatrices en la barbilla, cicatrices debajo del ombligo, cicatrices en ninguna parte, cicatrices en este cielo atravesado por aviones. Dejamos de vivir para ir tirando de ellas y con ellas. Tal es el ciclo del ser humano herido. Rotura, grito al aire, desangrado, a veces sobreviene la muerte. En el mejor de los casos, costra, cura de tiempo, reconstrucción de la zona de guerra. Cicatriz. Y aceptamos.

Todas las cicatrices vienen con historia. Es más, son las únicas fotografías resistentes al paso de los años. La cicatriz no crece, aunque palpita cuando llueve y es verano. A nadie se la ha ocurrido hablar de la epidemia de cicatrices que asola el mundo desde la era de los dinosaurios. Están por todas partes y en ellas nos reconocemos. Al besar, besamos una cicatriz, la de los labios que quieren olvidar el cuerpo por un rato. Al dormir, velamos las heridas. Una cicatriz es una pérdida que viene a nuestro encuentro. Nos han cosido a ellas. Hay que reclamarlas con orgullo: medallas con olor a piel vivida.

Ilustración: Guy Billout

El meteorito y Javier Ortega Smith

Una tormenta cósmica se inició hace 4.600 millones de años y, tras escampar, pequeñas partículas suspendidas en el vacío y atraídas por la fuerza electrostática terminaron formando, de entre todas las combinaciones posibles, un grano de arena que, tras un largo proceso, se uniría a otros muchos hasta originar una roca de 510,1 millones de kilómetros cuadrados llamada Tierra.

4.533 millones de años después, en otra galaxia, más allá de la estrella Icarus y a infinitud de vidas y nebulosas de ese destello marcado en la memoria del tiempo, un meteorito viajando a 42 kilómetros por segundo impactó en una superficie esférica rotando sobre sí misma a 40.000 kilómetros por hora en la órbita del sol. El menhir en cuestión, una bestia pétrea muy cabreada, terminó en el Yucatán, arrasando con el mundo tal y como lo conocieron los dinosaurios, esculpiendo una tsunami de azufre que, tras evaporarse, sumió al planeta en un noche de luna, tan oscura que devoró todo, Tyrannosaurus Rex y ancestros de Jordi Hurtado incluidos. Unos metros más a la derecha, en Playa del Carmen o frente al chiringuito de Tulum y el ser humano hubiera sido un simple proyecto frustrado… con la excepción del presentador inmortal.

Después llegarían los homínidos, la rueda cuesta arriba, lluvias de cuchillos, los templarios, la peste bubónica y el chandal, varios ‘cracks’ bursátiles, dos guerras mundiales y muchas intestinas, y en una noche de lo más decepcionante, el espermatozoide vago de Victor Manuel Fernández-Arias, uno entre 15 millones repartidos en un milímetro de semen, atravesaría el óvulo mustio de Ana María Smith-Molina —originaria de Malos Aires—, «dando luz» a Javier Ortega Smith, antepasado (¡español!) del ‘Australopithecus facha‘ y probablemente el mayor accidente (por probabilidades) en la historia de la humanidad. Y además calva por detrás. ¿Dónde está el meteorito cuando se le necesita?