Cartas a María (III)

Yokohama, 9 de marzo de 2025 

Dos meses desde que llegué a esta isla. El tiempo es una variable plástica, siempre a la contra, también para los que corren, y aquí cunde muy poco porque se convierte en vértigo. La gente da tres caladas largas al cigarro, sorbe la sopa sin quemarse, vive a un ritmo puntual e inhumano. Por eso se queda dormida en el primer metro de la mañana. En cambio, dentro de ese movimiento, los oficios se prolongan durante décadas, para el que corta sushi o empuja a los pasajeros dentro del vagón. En la calle todo envejece a toda hostia. Menos nosotros. 

Justo ahora me acostumbro a la falta de luz solar y al exceso de leds, al sonido de un tren por encima de mi cabeza, a los envases de plástico en los bolsillos del pantalón y la mochila, a beber para acercarse a los otros, a caminar entre millones de personas dislocadas. Y todo tiene música: las estaciones, las tiendas, los váteres, el camión de la basura, los probadores y los parques en silencio, la llegada de un terremoto. Me dice Naokazu que sin música los japoneses se morirían de pena. Le creo. Apenas toco el piano, pienso en ti, una nota blanca, en mí y la nota negra a su lado.  

En breve iré a buscarte al aeropuerto más limpio del mundo como tú me despediste, sabiendo que cuanto más pensamos en el tiempo más despacio nos descuenta, con la certeza de que te reconozco también cuando estás lejos y te escucho reír y bailar, también llorar o comer en un lugar peor cada vez que vuelves a reservar mesa. Esta isla parecía hecha para mí, representaba una aspiración que, al materializarse, agoniza. Da igual donde uno viva, un pueblo de mierda o una ciudad en el futuro. Lo que importa es sentirse bien o medio bien donde a uno lo elijan, mejor juntos, con los ojos de Chico Buarque cantándonos mientras Japón cierra los suyos poco a poco.  

Ilustración: desconocido

Alejarse

Hay algo terrible en poner una distancia de ocho horas con respecto a un Madrid quieto. Dos mochilas, una bandeja de jamón ibérico entre los calzoncillos, un par de zapatillas y la misma sensación al despedirme de la casa de padre y madre por primera vez. Sentí vértigo y ganas de perder hacia delante. Ahora, años después, lo que me acompaña es algo parecido a la suerte, a pesar de ser más viejo y mucho más idiota.

Aquí amanece antes, la vida se deshace por adelantado. En España todo debe de seguir igual. La voz de madre en el teléfono, las hermanas a sus cosas, padre muerto, Luis con ganas de trabajar menos, Diego y Pablo, Álvaro y Laura, Javi leyendo frente al mar, Jorge sin su bajo, el mundo por pares. De lo único que me arrepiento es de alejarme de María y sus carcajadas con aire, de su pelo rastrillándome la cara. Es la primetra vez que me sucede. «Déjate de decir lo de las primeras veces», diría. Ya está escrito. Tiene que ser porque María es un destino después de tantas paradas. O eso quiero.

Este espacio viene con su propio frío. Lo que antes era invisible ahora se amplia, como si siempre hubiera estado ciego. Ahora veo y no conozco a nadie. Bueno, solamente a una persona en una ciudad de catorce millones. El mismo sol del otro lado, perros en el parque, el sonido de los trenes, tiempo, espacio y más silencio. Me aferro a un momento feliz: un bocadillo de pescado en Lanzarote con ella. Qué raro. Nunca me había sentido tan cerca de alguien. Tan distantemente juntos, tan lejos.

Ilustración: desconocido

Madres

Solo cuando padre murió pude conocer a madre. Durante años la observé de lejos a pesar de su cercanía de leche con galletas. Madre de tonos pastel y acuarela, madre a la sombra de un padre inalcanzable. Como siempre ocurre, un corazón se detiene y dos desaparecen. Game over. Ya no hay padres. El que sobrevive pierde casi todo y se revela. Madre sigue siendo esa niña rubia de ojos verdes a mis ojos, aunque cada vez es más mujer que madre. Lo noto en su voz al otro lado, en los dolores que se empeña en esconder, en el hecho irreparable de un hijo un poco triste. Padre tuvo que morir para que yo pudiera verla bien. Recordadlo, hijos: las madres no solo son madres.

Las madres parecen que siempre estarán ahí. Por esa razón muchos hijos no quieren cogerles el teléfono o cortan las conversaciones con un «luego te llamo». Es más, muchos las evitan porque son pesadas o están tristes o les sobra comida en un congelador abarrotado. Pues bien, madre, la mía, vive como una adolescente que escapa de la soledad y soy yo el viejo que no quiere molestarla. Cierto, la edad de las madres va en su contra, también en la nuestra, de ahí la importancia de decirlo: «Madre, estoy bien. Y sí, quiero irme a Japón, pero estoy bien».

La distancia del paso del tiempo es más fuerte que la distancia geográfica. Algunas hijas se transforman en madres, las madres en abuelas, todo va alejándose. Por esa razón me gusta ver a madre con rasgos de mujer independiente, con sus necesidades cubiertas y su miedos intactos, con la certidumbre de estar sola porque los hombres son unos muertos de hambre. Madre ha perdido la paciencia y eso la humaniza. A veces tengo la sensación de asistir a un milagro, el del amor que nunca se destruye. Por eso quería escribirlo en alto, porque late en todos y cada uno de nosotros hijos. Gracias, madre. Tú solo preocúpate de seguir estando viva.

Ilustración: Guy Billout

Si estuvieras aquí

Si estuvieras aquí te miraría a los ojos muy despacio

Te miraría a los ojos suavemente

Acercaría mi pupila a tu iris negro

Y con la mano libre abrazaría la serpiente de tu espalda

Si estuvieras aquí cerraría las persianas

le pediría al aire que no entre

Tú y yo nos bastamos para celebrar la vida secreta de los árboles
el vino y la luna

Si estuvieras aquí te diría algo, poco, una palabra

Acerca de un viaje sin movernos, casi un susurro

Y con la mano ocupada sentirías viento

Después no habría más palabras, porque lo que no se dice es lo único que importa

Si estuvieras aquí…
pero estás en otra parte,
y la noche es más larga que cualquier invierno

Ilustración: Guy Billout

El escupitajo

Cuatro días a la semana salgo a montar en bici por Madrid. Antes me ajusto los vaqueros que convierten mi trasero en un melocotón, reviso el estado de mi camisa recién planchada y el casco regalo de Pablo Sotelo, y observo a la gente desde mi atalaya, una que se desplaza a la velocidad de esas motos eléctricas con dos ocupantes. En movimiento soy capaz de percibir otro ritmo en la ciudad, con sus peatones daltónicos, la ira de los conductores que vuelven a casa y el invento de una anormalidad más incómoda que la mascarilla que nos cubre la mitad del rostro.

El recorrido alterna el bullicio sordo del centro y termina siempre en la Castellana. Así es como el otro día, un Mercedes CLA azul me pasó a escasos centímetros del pedal para después salir disparado… hasta detenerse en un semáforo. Cambié de plato, me acerqué para increparle y el conductor que lo hacía rugir mientras jugaba con el móvil se bajó del coche.

Casi dos metros, ciento diez kilos de eslora, calvo con nuca poblada, camisa azul a rayas abierta hasta el ombligo, bandera de España en la muñeca y mezcla de sudor y Álvarez Gómez. Me enseñó una placa de la Policía, le dije que era falsa, lo era, me insultó, le llamé fascista, se quitó la mascarilla, di dos pasos hacia atrás por precaución, me escupió, no pude esquivarlo y desapareció de mi vida. El ciclismo es así. Como el amor y la distancia.

Ilustración: planetlanzarote.bigcartel.com