Nadie lo va a petar

De entre todos los malentendidos que experimentamos cada día, penurias cíclicas entre el despertador de las 06:45 mañana o esa infructuosa búsqueda del amor por miedo a morir solos, el éxito ocupa un lugar de excepción, la última habitación con vistas a la sombra de la montaña. Y con esto no me refiero al escurridizo origen de la palabra en sí —exitus en su versión latina y traducida como fin o salida—, más bien a la imagen proyectada por aquellos que parecen haberlo tocado con los dedos… como si triunfar viniera de la mano de una horda de palmeros y un filtro “Rise” en Instagram.

La cuestión es que cada día escuchamos aquello de «buah, esos tíos están arrasando» o «son el grupo del momento», hipérboles que ponen en evidencia la realidad de las cosas. A partir de ahora nadie lo va a “petar”, precisamente porque en la era del 5G la fama dura menos que los 14:59 minutos establecidos por Warhol y, debido a los infinitos canales de propagación, ni siquiera da tiempo a disfrutarla por considerarse, en cualquier caso, merecida. ¿Y qué decir del daño que provoca o del olvido al que son sometidos los eternos aspirantes?

Es muy probable que la clave del fracaso sea agradar a todo el mundo, intentar forzar el encuentro entre preparación y oportunidad, olvidarse de que, excepto la fealdad, al final todo termina precipitándose contra el suelo y sea necesario enseñar en los colegios la única lección de veras importante: “triunfar” —sinónimo de castillo en el aire— conduce a la senda del perdedor, aterrizaje forzoso de ese rayo que no cesa.