Jon Biden: la senda de la pérdida

Amanece y, aunque lejano, se percibe en el aire un murmullo procedente de la calle. Quizás no aquí, pero sí al otro lado del Atlántico y por tanto en la pantalla de nuestros móviles, caracolas pasadas por el filtro de la tecnología. Resulta que habrá un nuevo presidente a la cabeza de un mundo con cuatro polos convertido en antesala del frío y los días cortos. Pero así son las cosas y, pesar de la victoria, hay una gesto de tristeza en la pupila de Joe Biden, hombre-saco de 77 años incapaz de burlar el desgaste sufrido para ocupar el número 46 de una lista que incluye a algunos hombres buenos y otros detritos con la consideración de humanos.

Hijo tartamudo de un vendedor de coches y Catherine, Joseph Robinette Biden Jr. se licencia en Derecho y poco después, con apenas 29 años, alcanza el puesto de senador más joven del estado de Delaware, cargo que ostentaría hasta el 2002. Entre medias perdería a su primera mujer y a su hija en un accidente de coche y a otro hijo, también abogado, a causa de un cáncer de cerebro. Partidario de la guerra y de limitar la venta de armas ha tenido que enfrentarse a varias demandas por tocamientos inapropiados y a una denuncia por acoso sexual.

A pesar de todo, ha conseguido un sueño con tientes de pesadilla, por lo vivido con ojos abiertos y confrontar a un adversario que representa todo lo que la mitad de la población mundial detesta y venera a partes iguales. Al menos lo hace acompañado de Kamala Harris, probablemente la única razón para creer en el futuro, sea lo que sea que signifique una palabra que este 2020 se ha encargado de silenciar. Por esa razón hoy cualquier murmullo es recibido con una sonrisa rasgada. Me pregunto si le habrá merecido la pena tanta pérdida…

Ilustración: Daniel García

La puntilla del 2020 se llama Trump

Hoy la incertidumbre es tal que incluso los habitantes de Valdevacas de Montejo se han levantado antes de que aúlle el gallo para comprobar el resultado de las elecciones de Estados Unidos, un país cada vez más alejado del sueño que convierte nuestro paso democrático por la tierra en una pesadilla con tintes republicanos. A estas alturas de la broma, todos vivimos un poco entre Los Ángeles y Nueva York, ya sea por una lengua infiltrada en cada conversación de oficina, con sus meetings y afterworks, o porque la tienda de ultramarinos se desangra con cada pedido en Amazon. Y, aunque nos joda admitirlo, causa más desvelos que Trump vuelva a ganar que Abascal se ponga la chaqueta talla S de futuro presidente.

La cuestión que sobrevuela este plebiscito mundial, el de continuar con la política de las vísceras o, por el contrario, apelar a la mesura para calmar unos ánimos a flor de cactus de piel, es la de una profunda decepción por haber llegado hasta aquí. Porque si un canalla de lomo blondo es capaz de mantenerse en el poder durante más de un mandato, entonces eso significa que su elección no se trató de un accidente, sino más bien del óxido de valores universales como la razón ante el insulto, de los apretones de manos por encima del matonismo.

Para añadirle más gasolina y una píldora de insomnio al asunto, sólo será posible conocer al vencedor cuando le salga de los cojones a Trump, como si la soberanía del pueblo se hubiera convertido en mera observadora de esta civilización en horas bajas. Sea cual sea el resultado, esperemos que favorable al superviviente Biden, nos quedará la sensación de haber perdido y eso, con el presente virando hacia la broma infinita, es garantía de una celebración silenciosa, algo muy 2020.

Ilustración: http://evavazquezdibujos.com/

El exilio interior de los votantes de Carmena

El exilio interior resume a la perfección lo que vivieron muchos ciudadanos que decidieron permanecer en su país de origen durante la represión que siguió a la victoria de diferentes regímenes totalitarios en toda Europa, y por ende en un mundo conectado por el 4G.

Algunos, no se sabe muy bien si por su escasa vinculación política (crítica) o simplemente porque tenían la hipoteca pagada y a los niños en edad de ir a la universidad, decidieron hacer el camino contrario al de intelectuales hirsutos, mencheviques, Buñuel, antifascistas de palabra y acción, Thomas Mann… sufriendo una enorme exclusión social muy similar a la que vivirían más tarde los “cobardes” que salieron corriendo con toda su vida contenida en una maleta de cuero desgastado.

En ese viaje hacia ninguna parte nos encontramos la mitad de los madrileños, votantes confesos de Carmena que, salvando las distancias, intentamos lidiar con la amarga sensación del que pierde algo ante la mayoría, mitad impotencia mitad rabia, unas irrefrenables ganas de irse a vivir a Alemania o a Malta, o directamente miedo porque el futuro se parece poco a un presente que, sin ser ni mucho menos perfecto, tenía un punto limpio en el corazón de la señora mayor con los ojos de adolescente perpetua.

Es verdad que con el nuevo alcalde Milhouse no habrá brillantes cuchillos bailando en la oscuridad de la noche, ni capuchas alrededor de nuestras cabezas, ni silencio en lugar de música o desaparecidos rebasados por la derecha —al menos en el carril bici—, pero, de pronto, como en un truco de magia desplegado dentro de una urna, esta ciudad se parece más al París del invierno infinito, a una postal sin un beso de despedida, a esa casa convertida en una jaula.

Ahora nos toca ser de ningún lugar y de Madrid al mismo tiempo.

Si votas a Vox eres un palurdo, pero muy bien representado

Admiren esas piernas de gladiador, esa mirada oteando el horizonte de España, «Una, grande y libre» (sobre todo la de Santi Abascal), esos brazos  en jarras por encima de las nubes, ese pecho, ese paquete.

Hay que reconocerlo: el “carnicero supremo” de VOX (no intenten buscar un significado para estas siglas porque no es más que un latinismo enraizado en la conciencia colectiva de aquellos que carecían de voz… hasta ahora), ha revolucionado el panorama político nacional apelando a los valores de siempre, esos que creíamos superados pero que renacen en una maniobra de marketing burdo y efectista que, apelando a los sentimientos, a la bandera, a amar a la patria como a tus padres y otra vez a la bandera, ha calado entre los andaluces,  hartos de los excesos de un PSOE corrupto y necesitados de hacerse oír al otro lado de Despeñaperros.

Por una vez —y eso tiene un mérito indiscutible en política— si votas a Vox sabes exactamente quienes son tus representantes porque, por suerte o por desgracia, aquí no hay caretas: católicos, conservadores, toreros, fumadores de puros, antiabortistas, antifeministas, patriotas y toda la gama de fascistas que permanecía oculta entre el liberalismo preppy de Ciudadanos y el neoconservadurismo de pulsera del PP

Como siempre en este país hemos llegado tarde y a Santi Abascal se le adelantaron Marine Le Pen, las pateras repletas de personas en búsqueda de una vida digna, Trump, la enésima crisis que desató la ira contra los bancos transformada en una profunda indolencia, Matteo Salvini, las ideas de muros entre países con los mercados bursátiles volando sobre nuestras cabezas, los presos políticos en Cataluña, (…), material suficiente para que la bola fuera demasiado grande como para ser ignorada… hasta la irrupción de VOX.

Ahora ya lo sabemos: si votas a Vox eres un palurdo, alguien que no se ha parado a pensar en las consecuencias de imponer el bienestar de unos pocos frente a algunos más, que no ha sido capaz de descifrar el misterio de una contra todas las opciones, de grande contra muchos pequeños, de libre frente a un espejismo que dura lo que Santiago Abascal tarde en sacarse su pollón en el pico de la montaña más alta y mee contra el viento. Esperemos que sea pronto…