¿Qué es ser español?

El mundo es un reproche y, mientras tanto, aquel mantra de las dos Españas —a la que Salvador de Madariaga añadiría una tercera—comienza a ampliarse a millones de ellas, tantas como españoles, precisamente porque este país es una anomalía entre la Europa erudita que sigue mirando hacia el norte y la arena libre del Sáhara. A nadie le resultaría complicado determinar qué es un francés (quejica) o un chino (que fuma) y, sin embargo, cuando nos enfrentamos a la definición de nuestra especie se produce un estruendo de cacerolas y banderas. Y el raciocinio aprovecha para dormir la siesta.

De esta forma llegamos a la conclusión de que el español medio ya no grita, sino que insulta; no come a las tres porque prefiere beber desde primera hora; tampoco es muy católico porque la Iglesia permanece callada; y mientras tanto ser español también es calentar la silla; echar de menos a Lorca; renegar de los toros; utilizar la risa y el tacto como ungüento; perderse en la playa de las Catedrales y mirar a la Merkel desde la cima del Aneto; en definitiva: vivir y padecer a partes iguales.

Aquí se folla poco y se jode mucho, la ignorancia compite con los Nobel de la estantería, el cainismo es ‘trending topic’ y la ciencia la más fea del baile, precisamente porque otorga certezas despegadas de ideologías, credos y desescaladas. En pleno 2020 seguimos con Manuel en un bando y Antonio en el otro, a la gresca, haciendo sangre, negándonos a ver que España es simplemente un nombre con forma de país y «ser español no es ni bueno ni malo… solo es así». Quizás el problema sea serlo por el simple hecho de serlo.

Ilustración: http://www.annaparini.com/

Camilo Sesto y el ruido de los vivos

En España sucede algo que se repite con la misma asiduidad con la que la muerte embiste al artista de turno —generalmente intérprete o músico— sorprendiendo a propios y extraños por los acalorados debates en torno a un cadáver todavía tibio. Porque, por una extraña razón difícil de comprender y más allá de las largas colas y las coronas de flores, la tristeza (instrumental o patológica) que aflora de entre el humo del puro y el órdago a chica poco tiene que ver con el último adiós a uno de los mejores cantantes de la historia de este país —a mis ojos el más completo por registro vocal—, sino que se recrea en los numerosos episodios depresivos que asolaron su vida, en las operaciones estéticas a las que se sometió siguiendo el ejemplo del Michael Jackson de la última etapa o en el típico «no era más que un hortera con un par de canciones empalagosas como el algodón de azúcar. Ponme otro Ruavieja, haz el favor».

Quizás sea porque en la tierra del sol pintado y la envidia no hay tiempo para el duelo y la memoria se empaña con el negro de los sermones, pasatiempos para el populacho que reparan en episodios menores de la vida de aquel hombre de ojos azules y expresión triste, autor de 340 temas y con más de 100 millones de discos vendidos en todo el mundo.

Y si las cifras tampoco son el epitafio adecuado para medir la valía de un artista —a pesar que algunos las consideren medida del éxito—, ¿qué se supone que deberíamos decir de alguien que dedicó su vida al indigno arte de cantar? Quizás lo mejor sea contener la bilis, dejar trabajar a los sepultureros y guardar silencio frente al mausoleo de Camilo Blanes Cortés, el único hijo de Eliseo y Joaquina que alcanzó la inmortalidad persiguiendo voces desconocidas atrapadas en una canción.

Almodovar, el fondo y el rabo

Vaya por delante que no he visto Dolor y gloria, la última película de Almodóvar. Desde Mujeres al borde de un ataque de nervios su cine colorea el paso del tiempo —que al mismo tiempo es el mío—, transformando el gris en rojo corazón, en naranja madura, en azul topacio fresh.

Es verdad que a medida que el blanco cubre su cabellera de armiño manchego, sus personajes se vuelven más y más afectados, como si la movida madrileña de la que procede no fuera más que un mal recuerdo en el que la naturalidad y la provocación dejan paso al sosiego de un paisaje cubierto por molinos.

Y como él, que utiliza la memoria a modo de flotador al que asirse cuando le toca escribir, yo también regreso a mi juventud. En el país vecino nadie duda de su talento, rayando el genio. Incluso la Cinemateca Francesa llegó a dedicarle una exposición, iluminando un París que esa mañana amaneció cubierto.

Algunas cosas nunca cambian. Francia y el mundo se nublan mientras España deslumbra, dividida entre fanáticos y detractores de su cine. La animadversión que desatan cada unos de sus estrenos solo es comparable a la que genera Rosalía, que ahora también tiene que soportar críticas por el dinero que cobra… además de cantar a la orilla del río en Dolor y gloria.

Porque estas dos palabras, complementarias y al mismo tiempo antagónicas, definen a la perfección el cine de Almodovar. En cada azulejo, en cada mirada, en cada palabra del guión se percibe la tristeza de un hombre único, capaz de sufrir con tal de conmover sin olvidarse de la belleza. Cuando todos lo entiendan Pedro tendrá el reconocimiento unánime que se merece. Sus películas tienen buen fondo y buen rabo, y eso… eso enamora.