Sus ganas ganan

La conocía por sus vídeos. En ellos sonreía sin filtros, bailaba, asistía a un concierto sobre los hombros de alguien. Otras veces no ocultaba su tristeza, una tristeza despojada de rabia o autocompasión, una tristeza renovada con el afán de cada día. Muy delgada, pálida, siempre guapa, incluso postrada en una cama y con una cánula nasal en la mejilla. Parecía estar agradecida por la vida, vivía en el buen sentido de la palabra. Y es que, a veces, las cosas más sencillas son difíciles de entender. Elena Huelva tenía sarcoma de Ewing, un cáncer que se origina en los huesos y el tejido blando. Elena murió ayer. Pero sus ganas ganan.

Es extraño. Todas las enfermedades se padecen, todas excepto el cáncer. El cáncer se combate. Nadie lucha contra una gripe. Ese matiz absurdo es un invento de los hombres. Siempre fue así, desde siempre, incluso siendo niños lejos de la muerte. Las instituciones luchan contra la propagación del sida y la obesidad, los ejércitos pelean, el cáncer mata. Los enfermos de cáncer quieren curarse. Algunos nunca lo logran. Elena no perdió nada, tampoco pretendía ser un ejemplo para la causa. La causa fue la vida. La suya.

Hace falta ser valiente para contarle al mundo que uno está muriéndose. Padre lo hizo en casa, dentro de una oscuridad que se disipó con las luces de aquella ambulancia amarilla. Elena convirtió la visibilidad en algo útil. O eso quiero creer ahora que los que nunca la conocimos la pensamos. De Elena nos iremos olvidando poco a poco, al igual que padre se parece más a un sueño que a un padre. Que el cáncer esté siempre presente para que aumenten los medios en su contra. Entonces la sonrisa de Elena habrá servido para algo. Ya pasó, pequeña, ya pasó. Ahora descansa.