Esa foto en la que tienes la edad de tus padres ya de viejos

Sucede al acercarte a los cuarenta o rebasarlos. Entonces miras las fotos de tus padres, viejas fotos, padres viejos que, ¡oh, milagro!, tenían tu edad de ahora. Ahí dejas de hacer pie, flipas. Madre, su esposo y al otro lado uno que podría ser de su pandilla y que resulta que eres tú. Joder, ¿soy tan mayor? No se sabe si mucho o poco, pero, llámate loco, has alcanzado la edad de celebrarte. Eso de la crisis asociadas a apagar velas se reduce a una mera anécdota. Prueba superada, ya eres tu propio antepasado. Felicidades, ¿sigues vivo?

Pues la verdad es que sí. La alternativa pasa por una esquela o un concierto póstumo al que asistirían tus hermanas, algún amigo calvo y la taquillera. Y la genética se impone: sacaste las ojeras de padre, la nariz aguileña de mamá, esa mirada que sujeta el apellido, aunque el único honor de la familia reside en el pelo y la piel que te dejaron. Lo bueno se apreciaba en tus recuerdos de primera comunión y orla universitaria, un tiempo en el que seguro seguro eras el hijo que tus progenitores concibieron.

Cierto que la mirada del que cumple décadas y dicenios se amplía, frena, incluso va librándose de fardos y mierdas asociados a la juventud. Observas la fotografía y el mundo con detenimiento, puede que más fofo o con dolor de espalda. Sin embargo, la serenidad a la que apelan los cursis te permite lidiar con esta tragedia tan fieramente humana. Puede que, en realidad, se trate de un motivo para sonreír y darte cuenta de que envejecer sigue siendo la única manera de vivir mucho tiempo y no sentirte viejo. Y eso es arte hecho familia y estaciones.

Ilustración: http://www.stephan-schmitz.ch

Nuestros muertos

«Ojalá tu padre pudiera escuchar el disco» dijo madre por teléfono. Y es que los muertos no ven, mamá, pero nos oyen. Sobre todo en las mañanas de tajo y carboncillo. Tampoco vuelven, porque nadie regresa si nunca se ausenta. Simplemente colocan la oreja en el tabique de esos vivos que creen en el tránsito, el suyo propio, el único. El muerto, en cambio, se levanta, prepara café, rebana el pan, da cierta continuidad al afán de los días. En definitiva, hace memoria de nosotros en su ausencia. Es el silencio el gran problema, un jirón de vida que abraza a los que laten. Si uno lo piensa, la muerte embruja a los que colocan coronas de gladiolos y claveles, encienden velas, escuchan réquiems con la esperanza de librarse del olvido. Insisto, el muerto oye, por eso nunca muere.

También resuena. En las cuerdas de una guitarra, en las hojas de parra mecidas por la luna, en los abrazos del tiempo dislocado. Alguno incluso sueña con vivos que les sueñan, hijos, esposas y amigos que cierran los ojos para despejar las dudas sobre la dimensión del amor supremo, recuerdo conservado en ámbar, apego que es todo por ser siempre. ¿Cómo negar la evidencia de lo que nadie ve y sin embargo siente? Cada muerto avala esta esta teoría; nos va la vida en ellos.

Llegará un momento en que, de tanto mencionar a padre, acabe convirtiéndose en historia, y por lo tanto ficción. Yo sigo rellenando páginas de música (¿o son pentagramas de palabras?) con la certeza de que aún las oye. Y es que fueron escritas por una parte del yo que fui estando él cerca, también con restos de ese yo lejano que se resiste a no seguir haciendo ruido. Aquel tiempo se deshilachó con nosotros, de la misma forma que los muertos nos suturan con la aurora. Démosles la oportunidad de oír nuestra mejor versión, la de la biografía vivida a expensas de una muerte que sólo existe en los confines de la vida.

Ilustración: James Turrell

¿Por qué la gente odia la Navidad?

No se sabe muy bien por qué, pero cada año las Navidades se adelantan un poco más. Los viejos dicen que es cuestión de prevenir, y así nos encontramos —a mediados de diciembre— enviando mensajes de felicitación semanas antes del supuesto nacimiento de un dios concebido en el interior de una virgen; padre, hijo y espíritu con el alma de un niño crucificado treinta y seis años después. Ante este panorama es normal que, poco a poco, el número de detractores navideños vaya aumentando a la misma velocidad con la que los veganos pululan alrededor de la sempiterna bandeja de jamón ibérico.

Al parecer, el 38% de los ciudadanos del mundo siente como su nivel de estrés aumenta considerablemente entre diciembre y enero. Primero porque es inevitable acordarse de los ausentes, como si los Reyes Magos no se hubieran olvidado de comerse las mandarinas y encontraran alrededor del árbol a una familia descabezada que, a pesar de las leyes de la física, se resiste a desaparecer. ¿Y qué decir de los ocho peldaños del yoga? Es llegar a casa de tu cuñado y toparte con la escalera cubierta de niños pequeños (ajenos) persiguiendo a perros (adoptados), ladridos y conversaciones sobre Vox, el no vestido de la Pedroche, ¡el milagro del agua transmutada en Moët!, Raphael y su novio el «Tamborilero» y toneladas de comida a la contra de meses y meses de duro gimnasio.

Por supuesto, mención aparte merecen los dependientes de las tiendas, testigos de excepción de un país que pierde los nervios ante la enorme responsabilidad de dar con el regalo perfecto, ese que nunca encontramos porque es un intercambio invisible de oxígeno y dióxido de carbono. Abrígate, hoy hace frío, el 25 es Navidad, precisamente el único momento del año donde el dinero se acaba mucho antes que los amigos.