Díselo antes de morir

Naces con un grito. Creces, buscas una conexión, algo parecido a casa en los ojos de un amigo o una hermana, tal vez en un padre inalcanzable. Se trata de un instante que reverbera siempre y para siempre en ti, en un cielo iluminado por una bombilla, en una habitación a oscuras. No es nada más que el rastro del amor, un amor que anhela salir del cuerpo y darse al otro con un gesto, pequeñas demostraciones tan necesarias como el aire. Nunca te lo guardes, convierte lo invisible en tacto de palabras. Díselo antes de morir, antes de que sea demasiado tarde.

Porque los peores arrepentimientos se originan en lo que no haces, nunca en los errores cometidos. Ten en cuenta que hay personas que no piden nada, que no anhelan vueltas rápidas ni castillos por encima de las nubes, tan solo quieren oírtelo decir, oír que fueron parte de tu orgullo, que te hicieron falta y te hicieron bien de alguna forma, que sonreíste teniéndolos cerca, aunque fueras un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. Al decirlo en alto es posible despedirse sin decir adiós del todo.

Todo lo que no se dice no existe. Todo lo que cuenta es tan pequeño que muchos prefieren esconderlo. La importancia de las cosas poco tiene que ver con el impacto en el planeta, sino con su efecto en los que más te quieren. El resto, ruido en descomposición. Algunos callan porque andan escasos de valor; la mayoría tiene poco que decir y nunca calla. Esos que callan tanto sienten de una manera tan humana que prescinden de palabras. Pues bien, este es un recordatorio para un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. La vida es demasiado corta, pero se acorta aún más si no dices «te quiero» en tiempo.

Ilustración: David Shrigley

Gaysper, mi fantransmarica favorito

De niños, los fantasmas nos visitaban en lo oscuro, cuando se apagaban las luces y papá y mamá dormían en la habitación de al lado. Rodeados de sombras y miedo, la oscuridad hacía su trabajo e invocaba a ese espectro tras la sábana que se resistía a morir, alternando el más acá con un poco de más allá, obligándonos a conservar los ojos insomnes de nuestro peluche favorito.

Resulta que el fantasma del fascismo se hace pulpa, también partido, y lo demuestra convirtiendo el movimiento LGBT en objetivo paramilitar, como si amar a otro por encima del género de la carne fuera motivo de una lucha que, con la ayuda del marketing, termina convirtiéndose en votos.

Ahora el fantasma es de colores y lleva dentro a millones de personas de agua, huesos y alma. Y no solo eso. Para sorpresa de muchos, la imagen de aquel espectro que se nos aparecía en sueños surge como símbolo de lucha, pero no una de uñas y dientes, sino de colores vibrantes, una manera de estar en el mundo sin levantar el puño y sí muchas sonrisas, diciéndole a esos machirulos de la patria que vale, que también hay sitio para ellos, pero no en este plano de la realidad.

Porque ahora, les guste o no, la realidad bajo la brillante luz del día o el filamento de una bombilla nocturna es diversa, gay, trans, hetero o cualquiera de las múltiples variables que se le puedan ocurrir a un ser humano que da menos miedo, que convierte un espíritu errante en el símbolo de la vida con mayúsculas, en una causa.

Y sí, los fantasmas existen, se llaman Gaysper y están invitados a meterse conmigo en la cama cuando quieran.