Garrulos

Ser fan de la Selección nos hace creer que somos sus mejores aliados. Y surge un vínculo entre los que están frente a la pantalla y los que hacen fácil lo inalcanzable. Noventa minutos. Un truco de magia. Once convertidos en patria. Ninguna de las reacciones de jugadores y aficionados es racional. Más bien se trata de emociones sesgadas por la victoria. Si hubiera un momento para detener la vida —no confundir con ir a la nevera a coger una cerveza—, todo un país, hasta el más futbolero, llegaría a la conclusión de que estos chicos tan jóvenes, tan guapos, tan nuestros, son unos garrulos.

¿Debemos separar al autor de la obra? ¿Cómo es posible que un elegido en el campo pueda representar la caspa mejor que nadie? Podríamos culpar al alcohol de un cambio tan drástico. Celebrar bien nunca estuvo al alcance de los mortales. Lo dudo. Estos chicos monopolizan lo que vemos, héroes en pantalones cortos y cortos sin camiseta. Por esa razón despiertan pasiones y desvelos, nos quitan la venda de los ojos. ¿Cuántos se sentirán culpables por haberles amado tanto? Aquellos incapaces de asumir sus propias contradicciones.

A diferencia del arte, donde confluye la biografía del artista y la del aficionado, en el fútbol confluye la biografía del futbolista con las aspiraciones del aficionado. Ellos tienen dinero, belleza, futuro. Nosotros ninguna de las tres. A partir de hoy, hay otra mancha roja en la conciencia colectiva porque no queremos a quien se lo merece, sino a seres humanos profundamente imperfectos. De lo contrario, ¿cómo explicar que estos dos hayan hecho felices a tantos millones de personas? Goles son amores, no buenas razones.

La felicidad futbolística

La felicidad futbolística se dibuja en la cara de los adultos. Miran a cámara como si fueran simios, más niños, encierran en sus ojos una lágrima. Los niños, en cambio, recuerdan a los mayores, copian sus gestos de cantos y brazos en el aire. Yo los miro a todos sin saber muy bien qué sienten. ¿Cómo es posible que un juego pueda convertir una ciudad en una fiesta? Hay otras aficiones, la música y el arte, ir de pesca, pero ninguna posee el ímpetu del fútbol, las ganas de ganar una y mil veces. El deporte como forma de elevación máxima, la certidumbre de que jamás podremos correr como un futbolista cobra y gana.

Carmen, la abuela de mi amigo Luis, sentía esa felicidad cada domingo, porque raro es el domingo que el Real Madrid pierda. Se sentaba delante de la televisión, subía el volumen y retransmitía el partido a su manera. Con los goles de su equipo, la abuela Carmen iba transformándose. De pronto, ya no era vieja, solo una hincha, sus huesudas manos paraban los intentos de gol de los rivales. A veces, 90 minutos dan para aburrirse, también para cambiar el mundo.

Hay muchos adultos que asocian su felicidad a una tarde en el campo. Cuando el árbitro declara el final del partido, la realidad se rompe, todo cuesta: abandonar el estadio por los vomitorios, coger un taxi, regresar a casa en una nube y darse cuenta de que, mañana, el partido se juega en el trabajo. Esos adultos recurren a un momento que ni siquiera les pertenece, que sucedió ante sus ojos prescindiendo de su ayuda y sus insultos. Quizás ese momento feliz no sea la felicidad bien entendida, quizás solamente implique un poco menos de dolor. Y a eso hay que aferrarse siempre.

Ilustración: David Shrigley

El pico

España y su primer mundial de fútbol femenino. Ensombreciéndolo, el pico del presidente de la Real Federación Española, gesto espontáneo y festivo, «una gilipollez» a juzgar por la disculpa narcisista. Porque de «gilipolleces narcisistas» está plagado este sistema que no solo invisibiliza, ¿dónde está Jenny?, sino que legitima la agresión (acción contraria a los derechos de una persona). Rubiales no es el único ciego. Muchos hombres vimos las imágenes desde nuestra atalaya, siglos de inercia maquillando un presente supuestamente en contra. Ahí estaba el torpe que se viene arriba, un jefe feliz frente a una campeona hierática, ese cuñado tan español, tan nuestro. Con la calma se rompió el hechizo en muchos de nosotros. Fue algo repugnante por el contexto y la relación de poder. Si un presidente no sabe que un pico no consentido es cuanto menos reprobable, entonces tiene un problema. Peor; lo tenemos todos.

De pronto, algunos hablan de la nueva Inquisición, hordas de mujeres que quieren hacer sangre y cancelar y cancelar. Tienen claro que ellas no entienden la euforia masculina, la suya, la de siempre, costumbres tan arraigadas que cualquier reivindicación se percibe como amenaza. Rubiales debe de pensar en otras cosas mientras se disculpa «Estas chavalas son una creación mía, mantuve al entrenador y me adjudico el título. Vámonos a Ibiza, que yo pago». Responsabilidades de un hombre en el cargo. Siempre creerá que no hizo nada malo. Siempre.

Como Rubiales no tuvo malas intenciones, entonces el pico queda justificado, y más teniendo en cuenta la buena relación entre los dos protagonistas. El sistema posee unas raíces tan profundas que el cambio parece tan lejano como un nuevo presidente con melena. Visto lo visto, merece la pena hacer un recordatorio en contra de la resistencia machista. Resulta que es más importante cualquier paso, por pequeño que sea, hacia la igualdad de género que la consecución de un mundial. De nada, chicos. Os beso.

Sobre la victoria

Lo normal es perder, antónimo de renunciar. Es más, el perdedor pierde antes de intentarlo, ¿no es maravilloso? También el ganador pierde a pesar de los triunfos. Puede ser un pedazo de niñez, sentarse en un banco y lanzar migas de pan a las palomas, vivir una vida que no condene la derrota. El fracaso nunca llega en vano si viene acompañado de una voluntad pequeña y firme. Poco importa la recompensa de los que alzan el trofeo, esa mal llamada gloria. El mundo lo celebrará olvidando que ganar implica mantener el entusiasmo ante un premio inalcanzable. Y es que nunca se deja de soñar. De ahí la pérdida.

Tras la victoria llega el ruido. También las lágrimas del derrotado. Dos extremos que se tocan por culpa del fallo. «El plan no está bien elaborado si no contiene uno o varios errores». Entonces, la suerte empuja la pelota. Suerte entendida no como el lugar de impacto entre la preparación y el pie de la oportunidad, sino como algo que se gana. Y la suerte cambia, también el ganador. El perdedor, en cambio, siempre es el mismo. No pasa nada. De perder nunca se muere. El éxito extermina.

Ganar como forma de vida; perder como filosofía. Luego está la ciencia de uno y otro. No hay nada como la senda del perdedor, de ese silencio que da miedo. El perdedor se levanta, coge un taxi y al llegar a casa piensa en la victoria fallida. El ganador, en cambio, cae rendido por culpa de las emociones. Poco importa el resultado. Lo que cuenta aquí es no tener miedo, intentarlo a pesar de que lo que no se puede no se puede y además es imposible. Luego está Messi, el cuervo blanco de esta historia. ¡Cuántos ganadores en el museo de la pérdida, cuántas estrellas!

Ilustración: Jee-ook Choi

El sonido del Real Madrid

Solamente sucede con el Real Madrid. Antes de los partidos que hacen biografía, la ciudad adquiere texturas de un sueño que sueña, con la acera al carboncillo y ese aire de todas las épocas pasadas y futuras. Para los que no vemos la tele resulta extraño la electricidad en bares y casas, ahora estadios. Y es que es posible respirar al ritmo de un balón dentro de ese epicentro de la Tierra llamado Bernabéu en liza con YouTube. Basta con abrir una ventana, cualquiera, la de mi cuarto, por ejemplo, con vistas al Madrid de las antenas y un cielo de césped blanco, merengue, azul después. Entonces empiezan las jaculatorias, las cervezas de un trago, la capital ondea su bandera, que puede ser de dos equipos y al final siempre de uno.

Y es que ganar mucho genera costumbres arraigadas. Es más, tanto pesa ese impulso de copas en el aire y títulos en la pared que nadie escapa a la hora bruja: dos mitades con prórroga incluida. Por mi ventana entran ráfagas de ánimo, comentarios en sincronía con las jugadas entrenadas en Valdebebas. Si el Madrid ataca, el inmueble vibra, resuena, retiene el aliento como si la vida fuera cosa de once contra once que se apaga a contrapié. En el fondo, hasta los poco aficionados quieren sentir lo que provoca el fútbol en los ojos de los niños, aunque se gane de penalti. Ah, marcó Benzema, alguien lo grita. Euforia a pie de calle y el ventrículo con forma de balón.

Fin del partido. El rumor parece de mar con marejada al fondo. Aumenta. Crece como la felicidad en los balcones. Hay eco de lo que ha sido, un banquillo lleno de lágrimas que no llega a creerse lo que estaba escrito en ninguna parte y en todas. Un entrenador calvo perdió, aunque no hay nada peor que perder pelo. De pronto, la ciudad es una fiesta que corea, ensucia y reescribe la letra de la canción. Allí donde regresa el fugitivo, pongamos que hablo del Real Madrid. Y me duermo.

Ilustración: Guy Billout

La dignidad de perder

En el fútbol, como en el resto de religiones, sólo cuenta ganar. A los que pierden se les olvida pronto; a los que empatan se les considera enemigos del progreso y esos que ganan no necesitan santiguarse antes de salir al campo. Más allá de lo que cada uno crea, al final de los partidos de esta Eurocopa se juega otro partido entre hinchas, en este caso uno rehogado con las rencillas históricas entre países. Así, tras el España-Italia, la Plaza Mayor se llenó de figlos di puttana en bocas locales y varios grupos de jóvenes vestidos de azul corrían para evitar una lluvia de vasos y cerveza. Será porque algunos lo viven como si se tratara del último, y ganar lo primero.

La cuestión de fondo, más allá del fanatismo y la adrenalina, nos lleva directamente a la necesidad de perder y aprender perdiendo. En muchas ocasiones el segundo y el tercero dan lustre al campeón y ver el mundo desde los puestos de descenso permite valorar la dignidad de la derrota, la importancia de celebrar sin gritos, incluso el título. Total, habrá bebida para todos cuando el árbitro pite el final, un final que en ocasiones es el principio de algo, puede que malo, puede que el término de lo peor.

Es curioso cómo se nos olvida que todos perdemos algo cada día, incluso aquellos que repueblan las estanterías con trofeos, pelo o millones de likes. Un error de golpeo en el balón le sirve al juez de línea para pisparse de qué va esto: de darle la mano al italiano y al francés y dejar muy claro que, si las victorias son efímeras y las derrotas provisionales, entonces el juego se trata de saber y perder. El único que siempre gana es Jordi Hurtado… y ahora un poco Italia.

Ilustración: Guido Scarabottolo

Selección española y orgullo gay

Nadie discute la importancia del fútbol moderno. Es más, a pesar de la distancia social sigue ejerciendo un magnetismo universal y pecunario. Así, los que expresamos sin tapujos que nos aburre siempre vemos los partidos de la selección española, chavales cuyas emociones y bocas se ocultan bajo la palma de la mano, minuto y resultado de una época en la que la estrategia invade cada regate. Ahí están ellos, demasiado jóvenes y bien peinados, duros, con los pulmones expulsando dióxido de carbono en cada córner. Al marcar se tocan, se abrazan, se besan, demuestran que el amor late en un balón. Entonces surge la duda, ridícula por otra parte, ¿a cuántos de ellos les gustarán los tíos?

Los hinchas más cavernícolas responderán que no hay futbolistas maricones. La población gay proyecta fantasías de piscina en sus sudorosos iconos. La testosterona indica que cuanto mayores son sus niveles, más arrincona a la orientación sexual. En definitiva, el deporte más popular del mundo prescinde de la libertad de amar de sus trabajadores. Y puede parecer irrelevante —de hecho, lo es de cara al gol—, sin embargo, ese pequeño gran gesto en el campo eliminaría barreras fuera del estadio.

Desde que se inventara este deporte en 1863 han salido del vestuario diez futbolistas, todos ellos de poco renombre y buen pernil. Quizás el fútbol no sea un reflejo de la sociedad y sólo recalen heteros en los equipos, pero tengo mis dudas, sobre todo viendo a Sergio Ramos y Cristiano Ronaldo. Sorprende que entre las jugadoras el tema esté normalizado y entre ellos la cuestión persista por las presiones del ambiente. Convendría recordar que «la heterosexualidad no es normal, sólo común». Y por fin ganaríamos todos, aunque perdamos en la final.

Ilustración: Daniel Coulmann

¿La selección nos representa a todos?

La verdad es que Uribes, flamante ministro de fútbol y toros, es un genio. Después de castigar al sector con una sucesión de declaraciones dignas de un portero (de discoteca), ahora se desmarca con otras que van más allá del fuera de juego. Primera perla: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los jugadores de la selección española». Para entender semejante titular tuve que recurrir a mi amigo Jaume Gelabert, lingüista y filósofo funky, que señaló la importancia de la pragmática, es decir, cómo el contexto influye en el significado. Para evitar la confusión lo más recomendable hubiera sido balbucear: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los representantes de la nación». Se entiende mejor, ¿no? Otra cosa es estar de acuerdo. Pero es que este hombre piensa lo justo. Será por las zapatillas de tacos.

Segunda perla tras la confirmación de la vacunación exprés: «Lo hacemos porque nos representan a todos». En este punto cabría preguntarse por la palabra todos, pronombre indefinido masculino plural que indica la totalidad de los miembros de un grupo. En un primer vistazo, podría parecer una exageración, que lo de hacer patria con el deporte ya está muy visto. Aquí dejé en paz a Jaume y llegué a la conclusión de que es verdad. A los españoles nos gusta la juerga, saltarnos las colas, que nos eliminen pronto para seguir con las vacaciones y hacer de nuestro himno una bandera. ¡Oeeoeoeoeoeoeeee!

Mas allá de la semántica y el deporte algunos siguen empeñados en agrandar la brecha, privilegiar unas actividades sobre otras y convertir la vida en la Tierra en una broma infinita. Entiendo que, al final, los españoles se representan a sí mismos y el fútbol es mensaje, mensajero y pistola. Ya se encarga Uribes de hacer blanco donde más nos duele.

Ilustración: http://www.1000dessins.com

Iñaki Williams, el silencio como réplica

«El silencio es la réplica más aguda». Esta frase, atribuida a Chesterton, refleja como pocas la necesidad de callarse cuando lo único que hay a nuestro alrededor es un olor a orín desprovisto de origen y cuyo final se antoja, cuanto menos, lejano. Y es que ayer, un futbolista vasco, negro y de mirada acuosa dejó en evidencia el discurso de este fascista blanco y de mirada gamada empeñado en convertir el racismo y la xenofobia en su principal arma para obtener votos. Ante las palabras de Santiago Abascal «el que entra ilegalmente en nuestra casa, en España, en nuestro suelo, debe abandonar toda esperanza de trabajar legalmente», Iñaki Williams se rascó el párpado izquierdo y se limitó a responder «si te dijese lo que pienso realmente creo que me metería en un problema». Y así un deportista se convierte en una figura política, necesaria, universal.

Porque raras son las veces en las que, en cuestiones tan relevantes, se tira de la antipalabra, de la reflexión callada, de evitar abrir la boca para contarlo todo, quizás debido a que la sabiduría siempre es taciturna, quizás a que callarse no implica silencio. En cambio es tan fácil rajar que cualquiera puede dar un mitin o un concierto y dejar en el aire una sensación de agresión, de tarjeta roja y vítores. Así, Abascal, nacido en Bilbao, representa la amenaza desde dentro; Iñaki, también bilbaíno como bien indican sus colores, la esperanza traída de fuera.

Por fin un chico que se dedica a correr y dar patadas a un balón deja en evidencia a todos aquellos que apuntan al enemigo más débil, a ese que salta la valla en búsqueda de algo que se parece a la dignidad, tan fácil de deletrear, tan difícil de obtener en vida. Para aquellos a los que se la suda lo que pueda decir un futbolista decirles que no dijo nada. Para aquellos a los que sí les importa decirles que lo hizo con un silencio. Y por fin las dos Españas se reconcilian sin querer. Athletic 1— 0 Vox.

Ilustración: andrecarrilho.myportfolio.com

Maradona arranca por la derecha

Para los ateos, la figura de Maradona, a veces Diego, es lo más parecido al Mesías, tan humano como cualquier niño del policlínico Evita y a la vez inalcanzable como la gloria del gol contra Inglaterra. Y lo es por la sencilla razón de que en una sola persona se congregan el comienzo del partido y la crucifixión, la hora de la Argentina en la muñeca derecha y la local en la buena, el balón como credo y el hombre que es más hombre por la gracia de sus múltiples Judas. Entre medias, un mundo a las bandas, expectante ante la próxima jugada dentro y fuera del estadio, ansioso por entrarle por detrás para admirar su resurrección en el noventa. Porque si algo tenemos claro es que Diego Maradona nunca muere, a pesar de que su corazón ya no nos lata. De ¡Santa Madonna! a Gennarmando pasando por el vicio del sábado noche. Y por eso su historia se cuenta por revanchas.

Gracias a él los perros y los niños llevaban pelucas, los escépticos poníamos la tele cuando hacía de una bola de papel el centro de todas las miradas, y por fin el Sur existía ante la maquinaria de los ricos, esos que le hacían vudú con el diez a la espalda y veneraban en privado, los mismos que sonreían aliviados al verle transfigurado en Maracoca un miércoles para después marcarles tres goles el sábado a la tarde. Y él no se callaba, ni dentro ni fuera. Será porque los genios tienen el don de la inoportunidad, incluso en los descansos.

Más allá de odas y panegíricos el mayor mérito del Barrilete Cósmico fue ser auténtico a todas horas, ante cualquier oferta o adversidad, algo que por otra parte resulta mucho más meritorio que interpretar a Jesucristo en su versión albiceleste. Si eso no es ser divino entonces que baje Maradona y lo vea; desde las alturas el mundo se parece menos a aquella pelota cosida a sus pies. A10s, Dieguito.

Ilustración: http://rinckscreative.com/