Que no te cuenten el verano

Siempre queremos escuchar historias. Aquella del viejo, el barco y el viento; esas de tesoros con calaveras de recuerdo; también la de Amelia o Alfonsina, aventureras entre la línea que forman el cielo y el mar, es decir, en la leyenda de las pequeñas cosas. Sin embargo, nadie quiere que le cuenten el verano porque hacerlo sólo significa una cosa: trabajar mientras los demás sestean, siguen el rastro de peces de colores o capturan en una imagen el movimiento de la tierra alrededor de un sol naranja, estrella cíclica. Así somos, contradictorios y al mismo tiempo parte indivisible de un todo del que renegamos como de la sed frente al océano.

El sol brilla, sopla la brisa que recorre cada recoveco de roca y por lo tanto de piel. En cuanto a las horas… se cuentan por madejas, baños y también crema solar. Será la carne, las ganas de mirar y ser mirados mientras los torpes cuentan los días que quedan para el otoño. ¿Y qué decir del sueño a la vuelta de la playa en la parte de atrás del coche? Suena alguna de Bob Marley, o Joni Mitchell, da un poco lo mismo. En eso consistía la vida, en vivir con los párpados envueltos en sal.

Pensándolo con detenimiento, un año sin su estación más templada equivaldría a la incapacidad de inventar futuros, los mismos contra los que hay que rebelarse si todavía queda margen para alcanzar la orilla. Nadie puede perfeccionar un baño con un amigo o el ascenso de las burbujas hacia la superficie, de la misma manera con que la luz se moja y la arena arde hasta convertirse en polvo, en lo invisible siempre presente. Eso somos, restos de un naufragio salvados por las olas.

Ilustración: http://www.giselledekel.com

Luís Zahera, cuando los secundarios brillan como los diamantes

Luís Zahera. Por fin un secundario en el cine español con la capacidad de ser el protagonista absoluto en cada escena. Porque da igual si a su vera están José Coronado, Luís Tosar o Antonio de la Torre —el triunvirato de actores más en forma del panorama patrio—, él arrasa, brilla como un diamante sobre una sábana de terciopelo negro… y lo hace sin levantar la voz, con la gracia de compartir fotograma en el balcón, pazo o pies descalzos a orillas de la Illa de Arousa.

Porque hacer películas, como casi todo a excepción de la escritura y el onanismo, es un juego de equipo en el que solo aquellos dotados con la intuición para entenderlo en toda su extensión son conscientes de que sacrificándose ganan todos, que pasar la pelota es un arte en sí mismo y que, algunas veces —más bien pocas—, el mundo reacciona, nos da un codazo en las costillas y no tiene más remedio que decir que así es, que el mérito es siempre compartido.

Después llegan los premios,¡hostias, los chinos!, los reinos desmantelados por la corruptela patria y los desastres ecológicos, y Luís puede seguir siendo esa cara que todo el mundo reconoce y, sin embargo, nadie asocia a un nombre porque, en realidad, ese es el verdadero trabajo del actor: desaparecer dentro de los personajes que interpreta y, en el caso de Zahera, ser Ferro, Petróleo, Releches o ese que siempre ha estado ahí.

Ahora haced una cosa e id al cine a ver «El reino». Al llegar a la escena que ilustra la foto de este artículo contended la respiración. Parece una comedia, un diálogo improvisado, personajes de ficción embutidos en trajes a medida. En cambio, los ojos, la voz entrecortada, la baba en la comisura de los labios y la hija de la gran puta de Frías nos recuerdan que es real e interesante porque incluye a Luís Zahera.

Galiza, terra de loitadores.