El presidente de Castilla-La Mancha

Resulta que, a veces, los políticos nos representan. Puede que no a uno mismo, pero sí a ese sustantivo indefinido que es la gente que los vota y se los traga. Habla, o más bien lo intenta, Emiliano García-Page: «El otro día estuvo en Cuenca (refiriéndose al ministro Garzón) […]. Yo le invito a que venga a empresas inmensas que tenemos aquí, envidiadas en el mundo entero, a explicarles que su trabajo es de peor calidad». Y añade: «Esto es como discutir si la calidad de un pez que se pesca con una, con una, con, con, je, con una caña o la que se pesca con red por miles es mejor o peor. Ej que no, en este país se discute mucho por el tamaño de las cosas». Y añado, cuidado con este porque no sabe lo que debiera saber, sabe mal lo que se sabe y sabe lo que no debería saberse y se comenta en los bares.

Este es el nivel. Y no porque el tamaño importe —resulta que en las empresas sí— ni por el uso de un símil pesquero siendo él de Albacete. Estas palabras son un insulto envuelto en banderas de España y Castilla-La Mancha, una manera de zanjar la realidad con dos huevos de corral. El bienestar de las bestias cuenta poco para las grandes explotaciones que resuelven el temita cesando a inspectores de Sanidad, con la complicidad de presidentes autonómicos y pagando cátedras en universidades en nombre del silencio. Ya se sabe que la verdad se entierra con billetes y repitiendo una mentira muchas veces mucho.

Ya que al presidente le gusta farfullar metáforas, aquí una réplica: «Hay estos dos peces jóvenes nadando por ahí y se encuentran con un pez más viejo nadando en sentido contrario, quien les saluda con la cabeza y les dice: ‘Buenos días, muchachos. ¿Cómo está el agua?‘. Y los dos peces jóvenes nadan un poco, y luego uno de ellos mira al otro y dice: ‘¿Qué diablos es el agua?‘». Pues bien, los peces más jóvenes están envejeciendo a marchas forzadas.

Ilustración: anónimo

De granjas y purines

Crecí en una pedanía que aspiraba a urbe. Es más, el paisaje incluía un castillo Disney con girasoles al fondo y, los días ventosos, un olor a mierda acompañaba el desayuno. Y no eran los madrileños como pensaban mis vecinos, sino los purines de las granjas, palabro que merodeaba por la nariz y la conciencia colectiva. «Esto es dinero», decían los ganaderos en el mercado de los jueves, hombres leales acostumbrados a cagarse en Dios y a esa mezcla de defecaciones, aguas de lavado y restos de piensos. Normal; se ganaban la vida con las bestias, daban mucho y bien de comer y tenían el olfato domado. Entonces el cáncer y la celiaquía comenzaron a extenderse por el mundo y la región. Y las casualidades existen.

Resulta que una correcta manipulación de los purines implica una mejora de la gestión del suelo y las canalizaciones agropecuarias. De lo contrario, los deshechos se filtran de las granjas a la tierra, de los acuíferos a la comida y de ahí al hombre. Saltarse la norma y pagar multas sale mejor que invertir en salud, benditos euros. Entonces, el porcentaje de nitratos invade hectáreas y prados, las bacterias se comportan como bacterias y la química hace su magia. A pequeña escala. De lo macro ya se encarga el ministro Garzón.

En esta cadena trófica todos somos culpables. Primero los que ni oyen ni hablan con los ojos abiertos. También aquellos que, con los seis sentidos, recaen en la contradicción diaria de vivir sin dejar huella. Luego están los que creen que la solución orbita en torno a otros planetas, ahí donde los pedos de los cerdos no huelen a nada en contra de la gravedad. No quiero abandonar la Tierra en una nave. No quiero atravesar las nubes. No quiero mirar un punto azul pálido desde la ventanilla y decir en voz baja «todo esto fue hermoso». No quiero… pero falta menos.

Ilustración: Ryo Takemasa

A mi me gusta poco hecha, payaso

Está claro que en España funcionan mejor los chascarrillos de palurdo que los datos avalados por la comunidad científica, como si de alguna forma la realidad supusiera un engorro del que desprenderse con un simple «a tu salud«, una foto de unas chuletas a la parrilla o un «si no tiene nada que hacer que no invente» destinado al perplejo ministro Garzón. El hombre diana se limitó a decir lo que todos saben y nadie quiere escuchar: comer mucha carne es malo para la salud y el planeta. Punto. Pero así, como el que habla de una obviedad, sin dirigirse a nadie en particular y mucho menos con la intención de coartar las libertades de aquellos que ven el entrecot el último reducto para hacer lo que les salga de los cojones, testosterona en filete, epítome de la desigualdad.

Esta enésima polémica no hace más que recrear otras pasadas con el tabaco, el alcohol, el sexo sin protección como protagonistas, actividades fieramente humanas rebatidas con un argumento tan prescindible como bobo: déjame comer tranquilo. Sustituyamos el sabroso verbo por cualquier otro de la primera, segunda y tercera conjugación y el resultado es un cateto. Ojo, que los hay muy ilustrados, pero es que aunque a la mona la vistas de seda, carne roja se queda.

Queda demostrado una vez más que el progreso sólo le gusta a unos pocos tildados de payasos y que incluso el desarrollo continuo, gradual y generalizado de una sociedad alimentada con cabeza viene envuelto en las viejas rencillas de la izquierda caviar y la derecha de cucharón. Sería maravilloso que durante unas horas, tampoco pido mucho, salgamos de nuestro estómago y miremos qué sucede antes, durante y después de que la comida llegue al plato. Resulta difícil cuando, sin querer, hemos dejado que la industria decida por nosotros y nuestro apetito desplace al cerebro. Es igual, «quien no comprende una mirada, tampoco comprenderá una explicación de tres párrafos». La carne roja en exceso mata, que la disfrutes.

Ilustración: the leo is all in the mind