Mi vida con un gato

Un gato no es un perro. Los perros se comportan de manera indigna por un premio. A los gatos les molesta esa cosa de la familia de la que tanto hablan los jefes, y solo serás uno de los suyos si antes les has demostrado respeto en forma de latas, caricias, un trozo de salmón del caro, ganas de estrujarlo, varias limpiezas del arenero y una hora más en la cama o en tu regazo. Entonces puedes llamarle por su segundo nombre. ¿Leo, Simba, Calma, Milo o Zeus? No. ¿Luis, Dior, Ozzy? Tampoco. El segundo nombre de todos los gatos es Gato. El tercero solamente lo conoce el gato, pero nunca lo confiesa. Ahí está el secreto de estos animales que mueven el rabo en todas direcciones. Un poco como el mundo y algunos hombres.

El gato con el que comparto espacio se hace un ovillo cuando sale el sol, hiberna con la luz de los veranos y el invierno. Si le ofreces comida que se salga de su dieta la huele y la rechaza, aunque le guste. Si le acuestas en un cojín mullido regresa a su esquina del sillón. Si le llamas mira hacia el fondo del pasillo y aparece debajo de tu pie al darte la vuelta. Bestia de hábito, ser de lejanías, solamente le gusta lo que encuentra. Y yo le busco. Le gusta andar por una cuerda floja imaginaria, nunca rechaza un juego de manos y, a pesar de la edad, sigue comportándose como un niño. Lo único que tiene de los mayores es un maullido de estadio, de ¡Dios, qué potencia!, de ¡vaya noche de truenos y relámpagos!

Este gato y los gatos tienen más de siete vidas, tantos años como movimientos de cabeza. Si pudieran descender al nivel humano serían buenos jugadores de póker. A veces me da por pensar en cómo serían sus vidas en la sabana o en una calle de Madrid o puede que pasar todo su tiempo y espacio encerrados no sea nada más que el sueño de muchos de nosotros. Yo creo que los gatos solo aspiran a ser y comportarse como gatos, y a mi me fascinan las casas por dentro, sus muebles, sus plantas, sus estanterías de libros y recetas y los equipos de música en el salón, el color de las paredes y su alma. Que es la de los gatos.

Ilustración: Lauren Blessinger

Del amor por los animales

No me gustan los perros, todavía menos los que pesan poco. Lo he intentado. A los gatos los miro con indiferencia, cuando se liman las uñas o rozan con la cola las paredes. Me fascinan los pájaros porque descansan en tendidos eléctricos y nunca están tristes. Los cerdos, esos sí me gustan. Pensé en comprar uno. Luego me imaginé paseando al cerdo por Ponzano. «Este debe de ser idiota», dirán los vecinos del chaleco. Mi padre era veterinario. A veces, olía a lana de oveja y al barro y la paja que se pega a la suela de las botas. Establecido el contexto puedo decir que no entiendo el amor de los humanos hacia los animales. A ver, lo entiendo, pero soy incapaz de padecerlo.

Miro las fotografías de esos animales muertos. Sonreían a la cámara, corrían libres por el campo o encima de una mesa. Las fotografías están tomadas por sus dueños, más bien padres. Preferían su compañía por encima de la compañía humana. Será porque su amor es incondicional, constante, transciende el tiempo, el pienso y el espacio. El amor humano implica un trabajo sobrehumano. No sirve con poner un plato de comida en un cuenco o cambiar el agua. Los dueños lloran a su perro y su gato, a su caballo, arrastran esa ausencia durante una vida perra. Y no lo entiendo, por eso soy incapaz de padecerlo.

Seré alguien despreciable por sentir indiferencia. Me consuela saber que hay muchos hijos de puta que se desviven por sus peces, que jamás pisarían una hormiga. También hay humanos que miman a los suyos y matan ciervos y lobos de un disparo. Creo que a veces se nos olvida que los animales nacen y mueren libres, que pertenecen a un mundo salvaje menos feroz que el nuestro. Nos parecemos en algo: ambas especies conocemos el camino de vuelta a casa, bajo un edificio cubierto de luces, bajo las estrellas. Y lo entiendo, por eso soy capaz de padecerlo.

Ilustración: Studio Takeuma

Los animales

Ya no se recluta a las bestias para la guerra. Se acabó eso de cargar muerte y suministros sobre elefantes y mulas, palomas y camellos. Ahora la munición y las noticias las transporta el hombre y la fibra, jóvenes con rodilleras en su defecto. Los gatos ven pasar lo trenes de la tristeza y siguen a lo suyo, buscando esquinas en la que dejar su olor, pidiendo comida detrás del cristal. Maúllan en un frío sólido, como de soga alrededor del cuello, ajenos a los límites fuera de su cerco de leche. Será por eso que mujeres y niños buscan hogar en camas de países vecinos. Extraña geografía del horror. Fieras nosotros.

Como un gato observo a los caballos desde la ventana de una casa de campo. Duermen, aunque podrían estar muertos. Un hombre agreste se acerca a la parcela y grita algo que no llego a entender. Así reviven las mal llamadas bestias, porque los verdaderos animales ocultan su vergüenza en uniformes, arrebatan a la fuerza lo que pertenece a los que ya se fueron, a los que resisten y a otros que vendrán con lágrimas y patria. Las únicas fronteras son montañas y valles, bosques y mar. Así lo confirma el perro a mis pies.

Levanta la cabeza, gira sobre sí mismo y me observa con cara de recién nacido. De alguna forma nos entendemos sabiendo que no hay por qué gustarse. Así comienzan las grandes historias de amor. Mientras, el sol sale de detrás de una nube y ellos, el gato, el caballo y el perro, los tres, respiran un aire de paz. Domésticos sí, pero también indomables. Entonces llego a la conclusión de que son los animales los únicos que miran de verdad, siempre al ventrículo, porque sólo ellos saben lo que está sucediendo, que es la vida en el mal sentido de la palabra.

Ilustración: とつかみさこ

Los gatos de las mujeres con gatos

Desde tiempos inmemoriales, los gatos y las mujeres han formado parte de la mitología secreta del ser humano. Representaciones del misterio, reinas sumergidas en leche de burra, criaturas de mirada huidiza, guardianes de un espacio vital que no siempre obtuvo la visibilidad que merecía; resurgen ahora en todo su esplendor, bajo la luz de un prisma nuevo, más humano, menos raro.

Y es que allá por donde mire veo mujeres y mujeres con gatos. Están por todas partes: en las stories de Instagram, en las fotos de poetisas y directivas de empresa, sin pelo y con morros chatos, entre mantas de vivos colores y bebederos de acero inoxidable.

A pesar de ello, los hombres siguen insistiendo en que no hay manera de entenderlas. Ni a ellas ni a su relación con esos felinos imprevisibles que se alegran de verte a su manera, sin mover la cola pero contando una historia enredada entre maullidos. Dicen que están locas, que por eso están solas y encuentran en los gatos la compañía que la vida les niega.

Quizás sea una cuestión de mirar despacio, de leer los pie de página de unas señales que, a pesar de clavarse como uñas afiladas sobre la piel, terminan relegadas a los confines de reinos bajo la cama. No sé, no me gustan los gatos —tampoco los perros ni las palomas— pero observándolas a ellas los entiendo mejor. Joseph Mery tenía razón: «Dios creó al gato para darle a los hombres el placer de acariciar a un tigre.»

Y la luz de los gatos ilumina mi vida de hombre triste.