El orgullo del Orgullo LGTB

En estos días de libido desbocada y poca ropa lo mejor que podemos hacer es alejarnos de Madrid, buscar la sombra de un frondoso castaño, observar a los perros abandonados en las cunetas y sentir la onda inclusiva de las celebraciones del Orgullo LGTB. ¿Qué tal practicar ese ejercicio de soledad autoimpuesta en La Casa de Campo, en algún rincón del mar amarillo de la vieja Castilla o en compañía de tus amigotes heteros? El resto tiene algo que celebrar, y además a lo grande y en el centro de la capital.

Porque a pesar de lo que muchos puedan pensar, el colectivo LGTB, compuesto por diversas orientaciones sexuales e identidades de género, celebra que cada día se libra una batalla pacífica en las calles. La música es horrible, los modelitos exuberantes, las carrozas derrochan músculo y conciencia, hay pelo en el pecho, tatuajes, pezoneras, libertad y confetti de alegría, todo un desfile de sonrisas para reivindicar que el 28 de junio de 1969 Marsha P. Johnson, Zazu Nova y Jackie Hormona, clientes habituales del Stonewall Inn de Nueva York, se rebelaron ante el trato violento que recibían por parte de unos policías que les acusaban de maricones, degenerados y sodomitas… a golpe de porras.

Desde tu sabana particular se escucha una canción a lo lejos. Lo sé, no te gusta. Ahora escucha la letra con atención. Eres heterosexual y tienes derecho a estar orgulloso de serlo. Sin embargo, no tendrás nada que celebrar porque, por una extraña razón íntimamente relacionada con la ignorancia, esa palabra se asocia con la normalidad y a los que son “normales” no se les insulta, agrede o condena. El orgullo del Orgullo LGTB se entiende porque, a día de hoy y cincuenta años después de las revueltas del Stonewall Inn, existen 72 países que criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo y 8 en los que se les aplica la pena capital. Piénsalo bien; todo por amar tal y como dicta el corazón… ¿cómo no vamos a estar orgullosos?

Gaysper, mi fantransmarica favorito

De niños, los fantasmas nos visitaban en lo oscuro, cuando se apagaban las luces y papá y mamá dormían en la habitación de al lado. Rodeados de sombras y miedo, la oscuridad hacía su trabajo e invocaba a ese espectro tras la sábana que se resistía a morir, alternando el más acá con un poco de más allá, obligándonos a conservar los ojos insomnes de nuestro peluche favorito.

Resulta que el fantasma del fascismo se hace pulpa, también partido, y lo demuestra convirtiendo el movimiento LGBT en objetivo paramilitar, como si amar a otro por encima del género de la carne fuera motivo de una lucha que, con la ayuda del marketing, termina convirtiéndose en votos.

Ahora el fantasma es de colores y lleva dentro a millones de personas de agua, huesos y alma. Y no solo eso. Para sorpresa de muchos, la imagen de aquel espectro que se nos aparecía en sueños surge como símbolo de lucha, pero no una de uñas y dientes, sino de colores vibrantes, una manera de estar en el mundo sin levantar el puño y sí muchas sonrisas, diciéndole a esos machirulos de la patria que vale, que también hay sitio para ellos, pero no en este plano de la realidad.

Porque ahora, les guste o no, la realidad bajo la brillante luz del día o el filamento de una bombilla nocturna es diversa, gay, trans, hetero o cualquiera de las múltiples variables que se le puedan ocurrir a un ser humano que da menos miedo, que convierte un espíritu errante en el símbolo de la vida con mayúsculas, en una causa.

Y sí, los fantasmas existen, se llaman Gaysper y están invitados a meterse conmigo en la cama cuando quieran.