El Sonorama invisible

Cuando asistes al festival que crece entre viñedos, baldosas, cúmulos y tierras ocres, aquello que sucede —y que no vemos— antes de que el grupo suba al escenario se convierte en un conjunto vacío en medio de la espera y la catarsis colectiva. Lo que en principio parece una escena habitual, por lo recurrente en las ya veintidós ediciones del Sonorama, es en realidad la consecuencia de un trabajo que no transciende, brisa floja en boca del cantante de turno que menciona (al infinito) el trabajo del equipo técnico, hombres de negro y bota gorda con una peligrosa tendencia a echar horas… no remuneradas.

Y es que aunque no lo sepas, tanto los que figuran en el cartel como los que se funden con las papeleras al fondo del escenario —y que incluyen a universitarios con acné, guardias de seguridad, limpiadoras de mirada triste, aficionados al vino, reponedores, “luceros”, miembros de producción, “runners” y a Dolan— forman un lienzo consistente en una gran mancha oscura que rodea un punto similar a una estrella, pero que alberga en su interior la dosis justa de azar, preparación y algo parecido a la fe oculta bajo capas de coros entusiastas.

En esta edición, con nuevo recinto en forma de triángulo isósceles y varias quejas (muy de señora) relativas al uso indiscriminado de pistolas de agua, no destacaron ni Nacho Cano y su recuperación del Cristo del Corcovado entre sintetizadores pregrabados, ni los Carolina Durante de bombo a negras con puntillo, ni mucho menos el esperpento de Shinova, sino todo lo contrario. El 2019 fue de Alberto Jiménez convertido finalmente en la voz de una generación perdida y reencontrada y la chica sin nombre —la llamaremos Andrómeda— responsable de vigilar la valla del recinto durante doce horas al día. Junto a ellos una constelación de anónimos: Martín, Javi, Almu, Sofía, Marcos, (…), héroes invisibles de la Antártida a orillas del Duero.