Todos recordamos aquel coche

Todos sentimos la ingravidez del aquel coche. Por fuera era de todos los colores, rompía el aire. Por dentro olía a tabaco y a ojos de siesta. Y es que los recuerdos que perduran los trajo el movimiento, cura cuando nada pasa y todo se para siendo viejos. Por entonces, un viaje tenía algo de sagrado. Despertarse antes que los pájaros, cargar con las maletas y dejar algo atrás. Amanecía. A los padres les encantaban sus Renault 5, los Peugeot 405 con asientos de cuero, los Golf por ser la moda. A padre le gustaba la música que atronaba un campo convertido en galaxia. Madre miraba por la ventanilla.

A veces, los padres discutían. Su voces resonaban de otra forma, eran otras, como si los tendidos eléctricos deformaran contornos y sonidos, paisajes y espaldas. Después callaban, expulsaban el humo sobre el salpicadero y, como si de una coreografía se tratara, sus manos iban acercándose por detrás de los asientos. El cine era eso, una pantalla en el parabrisas, líneas blancas sobre el asfalto y dos actores. El fin de la película lo anticipaban los dedos de una madre en la nuca de un padre lleno de vida. Todos sentimos esa ingravidez, la de la infancia.

No recuerdo a nadie que no tuviera uno. El coche representaba el sueño tras la curva, de ahí que pasara la mayor parte del tiempo estacionado. Salías a la calle y lo señalabas, «ese es el coche de mi padre». Coche y padre formaban una unidad aplicable a cualquier niño. Es más, podías decir «yo soy el hijo de un coche» y a nadie le hubiera parecido raro. Todos hemos conducido aquel coche. Desde el asiento del conductor comenzamos a mirar un mundo que se fue alejando. Yo nunca tendré otro coche que no sea el de mi padre. Mi madre lo vendió. Debe de estar en un desguace. De ahí la ingravidez.

Ilustración: www.hiroshinagai.com