La caída de FB, IG y Whatsapp

De repente, las ondas callan. El móvil deja de vibrar por obra y gracieta de la intrascendencia, la vida recupera el tono. ¿Era posible sin Facebook, Instagram y Whataspp? Quizás sí. Twitter resiste para acaparar al mundo mudo. Observo el gesto de extrañeza de mi amiga María. Otros tiemblan porque ganan dinero con los posts, pasan días, octubres y años bisiestos bañando a los hijos en pantallas. María pide otra, un vino. Los SMS regresan de la muerte y un yorkshire terrier ladra en diagonal hacia Internet. Parece que el fin del mundo se retrasa, también se cae, otra vez. La alternativa da (t)error 404: llamar por teléfono, eso que madre hace durante el crepúsculo para saber que hay alguien al otro lado, generalmente a otra cosa.

Enseguida sabemos que el problema viene de «un cambio en la configuración de los routers troncales que coordinan el tráfico de la red entre los centros de datos». Fenomenal. Me quedo más tranquilo. 1.500 millones de usuarios —antes humanos— comprueban cada dos minutos el estado de sus cuentas. Nada. La cosa se dilata. Seis horas en su versión larga donde la revolución del tacto y el boca a boca no es televisada, precisamente porque en ella confluyen las luchas intestinas del pasado y el futuro… con el presente mirando el móvil. María se termina el vino. Vuelvo a casa y miro el móvil. Vuelve el viejo mundo, el de las lejanías. «Todo bien, madre», escribo. Me duermo antes de enviarlo. Todo bien.

Ilustración: foto de la pantalla del móvil el 4 de octubre de 2021

Lluvia, arcoíris y frases sin sentido

Proliferan por todas partes. En los perfiles de ciudadanos con tres dedos de frente y algún postgrado; en los “stories” de actores, poetuchos y cantontos; en la fibra y en la carne. Cada día. Desde los cuarteles digitales alimentan al monstruo, quizás por miedo al olvido, quizás porque son incapaces de entender que no se trata de estar, sino de ser y deshilacharse en movimiento. Por eso muchos de ellos recurren al ya tópico «lo que se viene», o al empleo de SIGLAS, al «about last night» o «al termina tú la frase». Pero de todos ellos, como un puto ave fénix que echa lava a borbotones por los esfínteres, hay uno que me supera. Bis. Y ese es el «contadme, os leo». Ahí comienza lo malo cuando lo peor está al caer.

Cada vez que esas tres palabras aparecen en la pantalla me tiembla el meñique y las dudas ametrallan mis sinapsis: ¿realmente leerán lo que les cuentan? Y si es así, ¿tendrán verdadero interés en saber lo que piensa la masa sobre ellos o su trabajo? Y si lo leído es un exabrupto o una petición para que dejen de hacer el tonto, ¿les afectará hasta el punto de precipitar un bloqueo existencial?

Decía Virginia Woolf —que no sólo era muy sabia sino que además escribía mejor— que «los ojos de los demás son nuestras cárceles, sus pensamientos nuestras jaulas». Preguntando tan alegremente al personal existe el riesgo de terminar atrapado entre las aspiraciones, lo que uno piensa realmente de sí mismo y el silencio. Así, y en un mundo menos mustio, me inclino por el «os cuento, me leéis». Porque sin lluvia no hay arcoíris.

Ilustración: Kentaro Harano

Helados y gente rara en Internet

Hace unos días una amiga me dijo que había recibido un mensaje un poco raro. Al parecer, un chico con un reloj, probablemente soltero, apasionado del punto de cruz y siguiendo las indicaciones de Facebook le propuso, sin molestar y lascivia de por medio —igual que un padre le tiende un Colajet en la boca a su hija pequeña— ser su asistente, criado o siervo, nada de sado, por favor, sino todo lo contrario: obedecerla y serle útil, plancharle la ropa, rasparle el gotelé… vamos, convertirse en su ilota; porque nunca se sabe lo que podemos necesitar en los tiempos de Amazon Exprés.

A mi amiga el mensaje le pilló desprevenida, sin aire acondicionado y con unas ganas locas de irse de vacaciones. Por supuesto, yo no pude más que insistirle por activa y por pasiva que aceptara el ofrecimiento, que hoy en día tener un esclavo viene fenomenal, y más si no está dado de alta en la Seguridad Social, ¡piensa en el aumento de tu calidad de vida!

—Pero, ¿cómo puedes decir eso? Es un psicópata seguro— replicó—. Además esas cosas me dan miedo. Le voy a bloquear.

La cuestión es que, tras rechazar la invitación de su seguidor/perro, me preguntó si habría algo en su perfil de Facebook que pudiera llevar a reconocer en ella una posible tendencia por las cosas “raras”. Mi respuesta se pareció mucho a la verdad absoluta, y más estando sobrio.

—No. Eres una chica normal, inteligente, guapa, con buen gusto a la hora de vestir, educada, nivel C1 Advanced de inglés (muy importante), en fin; normal.

—Creo que voy a cerrar mi cuenta— contestó de manera implacable.

Finalmente no lo hizo, pero su reacción me llevó a pensar en lo extrañas que pueden llegar a ser las cosas y las personas consideradas “normales”, en lo poco que hace falta para replantearnos lo que somos en un ámbito que solo existe “virtualmente”, pero que se introduce en nuestros recovecos más íntimos, accesos prohibidos a la ADSL, lugares tenebrosos y alejados de las costumbres más arraigadas. Facebook, Instagram, el corazón, el Frigopie, lamértelo…