Gente que canta las letras de las canciones sin sabérselas

Los miro con veneración. Están en los festivales y las romerías, en la primera fila de cualquier concierto. La mirada un poco ida y pegada a un punto, por allá, la cabeza fija en lo que sucede frente a ellos, la boca en movimiento, un poco a medias, abierta con retales de palabras. Cantan sin saber. Vociferan con entusiasmo gestual, como si la falta de precisión se resolviera con volumen o una mueca. Atacan tanto la estrofa como el estribillo. Dicen «Aiguur sai ah tu you» y se sienten menos solos, es más, creen en la cosa colectiva mientras inventan palabras con un milisegundo de retraso. Gente que canta las letras de las canciones sin sabérselas…

La cosa tiene un sesgo filosófico. Estos entusiastas —solo se crea por amor al arte— encarnan una verdad profunda: nadie entiende del todo lo que dice, incluso aquello que fue escrito en su lengua materna. Así van y vamos repitiendo frases a medias, letras prestadas, versos confusos que hacemos un poco nuestros. Vivimos tarareando y por detrás del tiempo, en camisas con estampados o en trajes de noche. Decimos «te quiero» como quien grita «take me down to the paradise city», ¿ y dónde está el amor o el paraíso? Pero lo decimos igual, porque así formamos parte de algo más grande rodeados de multitudes entre las que sentirnos menos solos.

Vuelvo a sus bocas. En el fondo, creo que lanzan mensajes en braile sobre el aire, que necesitan ayuda o que no necesitan aprenderse algo de memoria, solamente intuir los versos de la canción más bonita del mundo: la suya. Nos construimos con fallos, por eso cantan las letras de las canciones sin sabérselas, aúllan sin ruido lejos de la sonrisa que me sacan. El enigma nunca será resuelto; la gracia consiste en ir dándonos cuenta de todos los errores que comentemos al intentar resolverlo. Por eso existe esa gente, para mantener viva la música, para mantenernos vivos.

Ilustración: Simon Bailly

De Bunbury y plagios

Últimamente, Enrique Bunbury está en la pomada. Un twit por aquí, otro disco por allá y la polémica de unas letras que van plus ultra del préstamo y podrían incluirse en la categoría del centón, pieza literaria compuesta de frases y fragmentos ajenos en verso o en prosa. El invento en cuestión, griego hasta las trancas, fue muy popular en otros tiempos y difiere del método del maño en una sola cosa: se emplea para formar nuevos versos. Enrique hace canciones originales con versos prestados de otros versos prestados de otros… Y así se progresa en la historia del ‘hamparte’.

En su descargo decir que ya puestos a robar —aquí solo copiamos los mediocres— mejor recurrir a Nicanor Parra, Antonio Gamoneda o Pedro Casariego, por nombrar a algunas de sus influencias más literales y que, como hombre delgado que no flaqueará jamás, vaquero laminero, Morrison patrio y una larga ristra de adjetivos manidos, denota una amplia cultura lectora muy de agradecer que nos lleva a lanzar la gran pregunta: ¿qué es nuestro y qué es adquirido? También el amor es líquido.

Porque Dylan incluye versos de T. S. Elliot y pasajes de la Biblia en sus oraciones, Tarantino fagocita a Sergio Leone y homenajea al cine de kung-fu vistiendo a Uma Thurman de Bruce Lee y John Coltrane recitaba a Charly Parker para calentar las venas. Nadie les acusó de plagio. Será porque nuestro aragonés más universal, con permiso de Labordeta, ha tenido demasiados reparos en aceptar que no ha inventado nada nuevo haciendo canciones mayúsculas.

Ilustración: J.J. Adams