De Bunbury y plagios

Últimamente, Enrique Bunbury está en la pomada. Un twit por aquí, otro disco por allá y la polémica de unas letras que van plus ultra del préstamo y podrían incluirse en la categoría del centón, pieza literaria compuesta de frases y fragmentos ajenos en verso o en prosa. El invento en cuestión, griego hasta las trancas, fue muy popular en otros tiempos y difiere del método del maño en una sola cosa: se emplea para formar nuevos versos. Enrique hace canciones originales con versos prestados de otros versos prestados de otros… Y así se progresa en la historia del ‘hamparte’.

En su descargo decir que ya puestos a robar —aquí solo copiamos los mediocres— mejor recurrir a Nicanor Parra, Antonio Gamoneda o Pedro Casariego, por nombrar a algunas de sus influencias más literales y que, como hombre delgado que no flaqueará jamás, vaquero laminero, Morrison patrio y una larga ristra de adjetivos manidos, denota una amplia cultura lectora muy de agradecer que nos lleva a lanzar la gran pregunta: ¿qué es nuestro y qué es adquirido? También el amor es líquido.

Porque Dylan incluye versos de T. S. Elliot y pasajes de la Biblia en sus oraciones, Tarantino fagocita a Sergio Leone y homenajea al cine de kung-fu vistiendo a Uma Thurman de Bruce Lee y John Coltrane recitaba a Charly Parker para calentar las venas. Nadie les acusó de plagio. Será porque nuestro aragonés más universal, con permiso de Labordeta, ha tenido demasiados reparos en aceptar que no ha inventado nada nuevo haciendo canciones mayúsculas.

Ilustración: J.J. Adams

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