Leer en la playa

Aprender a leer es lo más importante que nos haya pasado nunca. A partir de ahí la vida es otra, viene con defecto por escrito y es posible pensarla desde el otro lado, como lo haría un sudafricano blanco o una inglesa de Kensington. Leer representa el pasado y el futuro en un gesto inofensivo y poderoso. Puede practicarse en la cama, en el metro muy temprano, incluso andando. Sin embargo, hay un lugar en el que el libro encaja, se moja y se arruga un poco por los bordes, refleja la luz en cada una de sus páginas: la playa. Si no os gusta leer hacedlo frente al mar, mientras el sol dibuja una trayectoria sobre los hombros del mundo. Y por fin no estaréis solos.

La lectura en la playa cambia el libro, se impregna de niños que juegan con la arena, de polos y sed de otra cerveza. La orilla es otro personaje, real o imaginado, recurrente porque las estaciones la atraen un año más a nuestros párpados. Palabras, una estrella de mar muerta, promesas de barcos hundidos y bruma. De pronto, nuestra historia se completa con la pausa y las mareas, discurre en algún lugar secreto a la vista de todos. Una playa puede ser nuestra biblioteca preferida.

Cada vez que veo a alguien con un libro en la playa quiero quitarle el bañador, formar parte de su verano. ¿Por qué elegiría uno de color amarillento? ¿Qué querría descifrar en los días que comienzan tarde? La sal justifica cualquier lectura, avala a un lector entregado a la ignorancia. De alguna manera un poco extraña, todos recordamos los libros que leímos en la playa, como si hubiera sido un sueño de palabras, de brisa, de océanos imaginarios que vuelven y vuelven y vuelven.

Ilustración: Tom Wesselmann

Lo importante es lo de menos

Lo importante es lo de menos. Así se rige la superficie del mundo. Las cosas importantes les importan a aquellos que lo pierden todo. Es más, solo es importante aquello que se aferra a la memoria y vuelve hecho de viento. El resto, paja. Pero ¿qué es lo que importa? ¿Qué es lo que realmente importa? Ni las canciones, ni los libros, ni siquiera subir una montaña. Lo que importa es mantener cierta esperanza, abrir el pecho, darse cuenta de que la gente importante también muere. Deténte. Observa las cosas de cerca. Si las pierdes de vista entonces importan. Y mucho.

El trabajo trae desvelo a mucha gente triste. Importa poco. La fe garantiza la vida eterna. ¿A quién le importa? El dinero facilita una felicidad que viene o va. Importa aún menos. Las cosas invisibles. Esas, esas. Puede ser una mirada, un gesto, una boca o su recuerdo. Estamos ciegos si creemos que le importamos a los demás. Uno se importa a sí mismo y ni siquiera eso: el maltrato se ceba con el cuerpo. «Eres importante en mi vida», dijo antes de desaparecer de la mía. La sigo viendo en sueños.

Importa saber decir que no, importan los principios, aunque tengamos otros. Importa el porqué más que el cómo, la búsqueda más que el asesino, aquello que sucede en la intimidad frente a lo que se pone en venta. Hay que quitar y quitar para llegar al tuétano. Lo contrario implica mentirse para pasar este mal trago. Beber agua, eso importa. Lo que importa es tan pequeño, tan perfecto. Por eso yo también te ofrezco el aire de la calle. Me importas. De verdad me importas.

Ilustración: Takeshi Miyasaka

Aprendiendo a recordar a Almudena

Nunca vi a Almudena Grandes. Ni siquiera le pedí que firmara la primera página. Tampoco asistiré a su funeral, punto y aparte, probablemente uno de los más tristes para tantos buenos amigos tan bien alimentados. No, no supe donde nació hasta que ojeé su biografía, ahora una esquela de domingo helado. Simplemente disfrutaba de sus artículos, un diario íntimo en un periódico. Supongo que, de alguna manera un poco extraña, logré conocerla sin darme cuenta, como si leer a una gran escritora implicara descubrir por primera vez aspectos de uno mismo, esa arena que descubre el mar en su descenso. A veces, lo más cercano es invisible, y la literatura achica el agua.

Porque aunque ella no lo sepa —ya nunca lo sabrá ni le importa—, «Las edades de Lulú» supuso mi primera aproximación al sexo y su carne, al deseo en un coche con las ventanillas empañadas y al intercambio de saliva, es decir, a la vida fieramente humana hecha ficción. Tenía once años. Así esperaba a quedarme solo en casa, cogía el libro de la estantería y lo abría por las páginas marcadas, las mismas que hoy releo sabiendo que su autora ya no late. El efecto sigue siendo el mismo, quizás porque yo ya soy otro. Extraña forma de tenerla más presente hablando en primera persona.

Así comienza la difícil tarea de aprender a recordar a las que ya no están, a Inés, a Malena, a Viernes, a Manolita y a Lulú. Hay tantas y sólo una Almudena. Descansen todas en paz, vivan en esos párrafos que ni el tiempo borra.

Santos inocentes way of life

Aprovechando que ayer fue San Jordi es un buen momento para realizar un ejercicio de escritura creativa. Se titula «Los santos inocentes way of life«, en honor al clásico de Miguel Delibes. Tan solo hace falta inhalar la nube de veneno desplazada desde los horizontes urbanos a las redes sociales y añadirle un poco de imaginación, adaptando sus personajes prototípicos a esta modernidad mal entendida. Intercambiamos boinas por ‘twits’, encinares por fibra y ‘milanas bonitas’ por desesperación y, violá, un nuevo clásico para el olvido con un toque americano.

Paco «el Bajo» somos la gran mayoría, trabajadores amordazados por el «lo que usted mande», confinados entre la deriva y una excepción que parece venirle grande a cualquiera, incluso a don Pedro, administrador del cortijo. Azarías, inocente que se orinaba en las manos en la novela, estaría interpretado por Paco Rabal y en cuanto al señorito Iván se postulan varios candidatos, algunos compungidos frente al espejo, otros envueltos en harapos rojo y gualda y aquellos que disparan a los pájaros en pleno vuelo.

Por cuestiones ajenas a la ficción, en esta nueva historia el señorito no muere ahorcado, sino que sale ileso, con la conciencia intacta y sus valores bursátiles al alza. Mientras tanto, el resto, un poco menos risueños y algo más viejos, vuelve a recorrer el cortijo, se frota los ojos por culpa de la claridad extrema y levanta la cabeza. De pronto, «un apretado bando de zuritas bate el aire rasando la copa de la encina en que se ocultaba». Sí, yo tampoco soy capaz de entender este final.