Del orden en tu vida

Al divorciarme perdí mi orden. Los amigos hablaban raro; madre cerca, me sentía lejos; las hermanas miraban al hermano con la ternura de las madres y Madrid… Madrid estaba lleno de fantasmas, de motos sobre la acera levantada, de una luz pintada e inservible. Los divorcios traen riadas porque barren el significado de las cosas, cosas de siempre, cosas de dos carentes de sentido, el final de una vida sin su muerte. Y el caos lo aplasta todo. Me hundí en esa placenta, estuve mal, hasta que, una mañana de septiembre, decidí pintar las habitaciones de colores. Gris, verde enebro y mostaza sobre blanco. Encontré un primer estadio de orden en mí, el de la casa. Si hay orden, entonces hay carácter. Cuanta menos tristeza, más acomodo. El proceso dura meses, año y medio o más y sigue.

Después de las paredes vino el cuerpo. Había que sudar cristales, escupir sangre por los párpados. Concentrarse en las repeticiones evita hablar del divorcio un rato, simplifica el tiempo. Eso por las tardes. Al levantarse, agua y jabón, ir a la peluquería a que te peinen. Cada detalle limpio cuenta. Comer es obedecerse por horas. Y del músculo a la casa de nuevo: adiós, pasado; vaciar y vaciar la vida. El salón estaba lleno de tumbas, en las paredes, relicarios. De aquella época sobreviven cinco plantas y varias bolsas de semillas para pájaros destinadas al consumo humano. Será lo próximo que termine en la basura. Ya tiré sus zapatos y su alisador. Sobra casi todo en una casa. También en la cabeza… menos pelo.

Después del vaciado llega otro tipo de orden: el de los cajones y armarios. Los calcetines doblados 2×1, nunca en bola. Eso es, precisamente, lo que se queda en la garganta. Lo último ha sido comprar cajones para las cajoneras, como si hacerle caso a un ruego diera más gusto que obedecer una orden bien dada. Arte, orden, fuego. Los vasos por tamaño, ¡dales un fregao!, pensó María, tazas, copas de vino para el tinto, nada que ver con dejar las cosas haciéndose a sí mismas. Con todos estos cambios uno es capaz de sentir que se ha curado. La otra es un psicólogo o un rezo. El orden del universo está más cerca de lo que parece. Búscalo dentro, más dentro. Si estuvo en mí tiene que estar en cada casa, en la cáscara del limón, en la piel del que aspira a ser feliz muy poco a poco.

Ilustración: David Shrigley

Lo que nos dice la ropa tendida

«Se sabe mucho de la gente tan solo mirando la ropa tendida». Escuché el comentario en voz baja de madre, se levantó una ráfaga de viento. En mitad del verano, al fondo del jardín, entre hortensias, azaleas y un muro envejecido por el mar, se agitaba la colada todavía húmeda. Las camisas parecían barcos, las bragas palomas y el aire se llenaba del olor a bañadores limpios. Entonces comprendí a qué se refería. En esa casa habría al menos dos niños de siete u ocho años, dos mayores, alguien encargado de doblar la ropa, de colocar una pinza por el borde interior de las costuras, para no dejar marca, para prolongar la vida útil de aquello que nos cubre. Madre desnudaba el mundo, un mundo invisible ahora suspendido.

Desde entonces me fijo en la ropa tendida en el patio de vecinos, la misma que da sombra a los del bajo. También inspecciono las terrazas que rodean mi ventana. Porque los tejados están llenos de historias de gente que no está y en cambio vive cerca, que descuenta el tiempo por la ropa que mancharon. En aquel edificio tiene que haber un oficinista, en el otro una corredora y un fanático del rock. La ropa que cuelgan normalmente es blanca, de ahí que el negro aporte notas de color. Cualquier ciudad es una bandera por la tarde. Lo único que se necesita es agua, jabón y algo de viento.

Observo la ropa todavía húmeda, el poco esmero con el que doblo calcetines y camisas caras. Si alguien me viera pensaría en un vecino solo, fascinado por los colores de tobillo para abajo, con una tendencia suicida por las sábanas recién lavadas. El recuerdo de la voz de madre vuelve, de pie frente a la colada del jardín, bajo un sol jugando a hacernos viejos. «Debemos seguir sorprendiéndonos por los detalles más pequeños, ¿verdad, madre?», me digo. Pronto tendremos que secar la ropa dentro de las casas y algunos seguirán buscando un sueño. Otros, en cambio, seguiremos a lo nuestro, mirando tendederos y señales lejos de la nieve y el invierno.

Ilustración: Jeffrey T Larson

Una patata frita

Hay que estar preparado para limpiar debajo del sofá. Ahí, en esa franja a la vista de nadie, se acumula vida inútil, ácaros y algún que otro tesoro. Empuñar el plumero y la escoba nos enfrenta con nuestro yo más falto de higiene, también con ese pasado que regresa en forma de partículas de polvo. Quizás por esa razón la gente odia limpiar y resulta imposible establecer mínimos: los que limpian todo el rato están locos y los que limpian poco son unos cerdos. Eso sí, todos, sin excepción, limpiamos para acrisolar la mente. Pues bien, ayer, encontré una patata frita debajo del sofá. Y me puse a llorar arrodillado.

Era una patata fea, con la forma de esa fruta que nadie quiere, una patata que se come de dos o tres bocados, nada especial a pesar del milagro de su suciedad tan cotidiana. Esa patata, en realidad, no era una patata cualquiera, sino una patata perdida perteneciente a la que fue mi mujer durante años. Ella —mi mujer, no la patata— pasaba las tardes en el sofá. Abría dos botellas de vino para principiantes, colocaba patatas en un cuenco y desaparecía en la bruma del que bebe sin saborear. Yo recogía sus restos.

Me incorporé. Coloqué la patata frita en el recogedor, junto al polvo y el envoltorio de un condón. Entonces odié a Marie Kondo por ser japonesa y decir aquello de que «el objetivo de la limpieza no es solo limpiar, sino sentirse feliz viviendo en ese ambiente». En el trayecto del salón a la cocina recordé a una pareja enamorada que se divertía comiendo patatas fritas en los bares y regresaba a casa por la acera de la izquierda. Abrí el cubo de la basura y vacié el contenido del recogedor. «Si quieres una casa limpia, mejor apaga la luz», pensé. Pero es mentira.

Ilustración: Vittorio Giardino

He limpiado debajo de la cama

Si hay otros mundos ahí fuera están debajo de la cama. Nada que ver con monstruos o ventanas de tobillo para abajo. Porque entre la niebla, como si de un puente lejos del sueño se tratara, aparece el desperdicio, ese que va por dentro y no hace ruido, el importante. Bolígrafos de punta fina, monedas fosilizadas, parte de la tarima que sobró, piel, pendientes, pilas. Y sobre todo polvo, uno sin estrellas cerca, jerséis tejidos con ruecas sin memoria. Y ventilas. El portero saca la basura, pero el polvo se queda a vivir dentro del polvo, resiste las corrientes y el empeño de los hombres por dejar correr el tiempo. De la montaña a la casa, de la casa a un lugar de noche siempre.

Nadie vino del polvo acorralado, animal granítico. Las heridas son primas hermanas. Distinto tuétano, misma resistencia el paso de los días y el plumero. En polvo escribes, a sus dominios vuelves porque todo era y será polvo, incluso lo que ya dejó de ser, más polvo. Al sacudirlo, ¡dale, dale!, vuelve a la vida, se dispersa bajo la luz de canto donde la magia opera. Extraña trayectoria, arriba, a un lado, más abajo. Luego recupera su rincón como los gatos. Nada se puede hacer para evitarlo. Bueno, observar su trayectoria de copo de nieve sin épica, un truco.

Así he pasado toda la mañana, peleándolo. En unos días volveré a mirar debajo del colchón, comprobaré que el polvo avanza como el fuego, rueda a mis espaldas. Él se resiste, me escribe cartas desde un pasado de pelo y manchas de vino. Cada día nos parecemos más, de ahí mi empeño en hacerle frente con jabón y dolor en los riñones. Olvidaos de Marte y la conquista del espacio. Limpiad debajo de la cama, la mejor manera de admitir una derrota. Gana siempre. Y con su vida extraterrestre me ilumino el rostro.

Ilustración: Guy Billout

¿Te lavas bien las manos?

Ahora que se ha desencadenado la alerta mundial por culpa de una criatura tan invisible como el miedo es el momento de repasar —con la ayuda de la tecnología más puntera— uno de los gestos menos valorados en nuestro día a día, caballo de batalla de madres, carteros y cirujanos, y que comienza con una sencilla pregunta lanzada al aire: ¿te lavas bien las manos? Es muy probable que creas que sí, pero a continuación te dejamos un método infalible para evitar cualquier contagio… sin tener que cortártelas.

  1. Aplica el gel Glo Germ, sensible a la luz ultravioleta y disponible en farmacias. Cuanto más blancas estén tus manos, más sucias. Cuanto más negras, mejor.
  2. Utiliza jabón, agua tibia y un lavabo (limpio). Tiempo invertido de media: 6 segundos.
  3. Comprueba que tus manos siguen más o menos igual de infectadas. Eso sí, las cutículas brillan.
  4. Los médicos recomiendan una segunda pasada o el equivalente a 15 segundos bajo el grifo, tiempo invertido en cantar «Cumpleaños feliz». Solamente el 5% de la población se decanta por esa melodía. Será porque la muerte acecha.
  5. 30 segundos es el tiempo estipulado por los expertos para que tus manos queden más negras que el corazón de Álvarez de Toledo bajo la luz ultravioleta, exactamente cuatro «Cumpleaños feliz»

Por último y fuera de competición, surge la polémica de utilizar toalla, papel o secador. Y es que el 85% de los microbios se contagian con las manos húmedas. Libertad total. En cuanto a lo de no tocar el picaporte al salir nadie se pronunció al respecto, sin embargo, lo mejor para conservar la salud es comer lo que no quieres, utilizar cuchillo y tenedor y cruzar los dedos. De nada.