Los gatos de las mujeres con gatos

Desde tiempos inmemoriales, los gatos y las mujeres han formado parte de la mitología secreta del ser humano. Representaciones del misterio, reinas sumergidas en leche de burra, criaturas de mirada huidiza, guardianes de un espacio vital que no siempre obtuvo la visibilidad que merecía; resurgen ahora en todo su esplendor, bajo la luz de un prisma nuevo, más humano, menos raro.

Y es que allá por donde mire veo mujeres y mujeres con gatos. Están por todas partes: en las stories de Instagram, en las fotos de poetisas y directivas de empresa, sin pelo y con morros chatos, entre mantas de vivos colores y bebederos de acero inoxidable.

A pesar de ello, los hombres siguen insistiendo en que no hay manera de entenderlas. Ni a ellas ni a su relación con esos felinos imprevisibles que se alegran de verte a su manera, sin mover la cola pero contando una historia enredada entre maullidos. Dicen que están locas, que por eso están solas y encuentran en los gatos la compañía que la vida les niega.

Quizás sea una cuestión de mirar despacio, de leer los pie de página de unas señales que, a pesar de clavarse como uñas afiladas sobre la piel, terminan relegadas a los confines de reinos bajo la cama. No sé, no me gustan los gatos —tampoco los perros ni las palomas— pero observándolas a ellas los entiendo mejor. Joseph Mery tenía razón: «Dios creó al gato para darle a los hombres el placer de acariciar a un tigre.»

Y la luz de los gatos ilumina mi vida de hombre triste.