Cuando parece que ganan los malos


Últimamente, la mayoría de la gente que conozco quiere desaparecer, plantar un huerto con naranjos y alejarse de un mundo deforme lleno de hijos de puta saliéndose con la suya (en apariencia). Trump, Musk, Mazón, el dueño del restaurante de debajo de mi casa… la lista da la vuelta al planeta y termina en un agujero negro. Entre las uñas de ese mal vulgar y la piel de las naranjas se esconde la esperanza de que, tarde o temprano, los malos caerán sobre la hierba dejando un rastro de nada en el aire. El tiempo es el aliado del bien porque el mal solo necesita que los buenos se queden cruzados de brazos. Esperad y ved. 

Los malos ocupan más de lo que desalojan, van cuesta bajo y blanden motosierras, llegan antes. Los buenos normalmente molestan poco, pasan de líos, prefieren leer un libro antes que ponerse delante de estas bestias. Y es que cuando un bueno mira a un malo se abre un abismo en el que el amor va más allá del bien y el mal, se termina acostumbrando a un villano que a su vez duda de las buenas intenciones. La sangre nos salpica. Puede ganar la injusticia, sí; el bien prevalecerá siempre, aunque no se vea. 

Lo sé porque las cosas buenas se acaban. Las malas también. La diferencia se encuentra en el asombro. Lo bueno tiende a reclamar un espacio necesario en la memoria y el cuerpo. Lo malo deja atrás lo peor y se arrincona donde más nos duele, sin embargo, nunca recurrimos a él en momentos de necesidad. Mientras tanto, recordemos la tarea invisible de la gente buena, sus ganas de tratar y tratarse bien sin esperar nada. Quizás esa sea la única religión en la que merezca la pena creer. En eso y un huerto con naranjos a lo lejos. 

ilustración: Jamie Perry

¿Cómo estás?

«¿Cómo estás?», pregunta envenenada. La pronunciamos muchas veces sin pensar, sin que nos importe. Porque en un «¿cómo estás?» está la excusa para comenzar la charla. Tal es así que podemos sustituirlo por un ¿qué tal?, un ¿cómo has estado?, un ¿qué hay?, un ¿oye, cómo vas? y hasta un horrible ¿bien o qué? y la respuesta nunca convence. Imposible encontrar una contestación sincera entre tanta prisa. «Bien», decimos casi siempre. Pero bien, lo que se dice bien, no estamos.

Por otro lado, nos gusta escuchar un «¿cómo estás?» sentido y con pausa, por mensaje o en el iris. Se trata de un cliché y la forma más antigua de alivio, dos palabras insuficientes para sanar, aunque suponen el inicio de una cura. Al fin al cabo los otros son parte fundamental de uno y el altruismo permite poseer lo único de verdad nuestro: los nuestros. ¿Cómo explicar la reacción de cualquiera cuando un amigo escucha la pregunta, toma aire, ladea la cabeza, mira los adoquines y responde «mal»? Ahora estamos hablando. Por fin.

«Bien» viene sin estridencias, ni buenas ni malas, normal sin las tres últimas letras. «Mal» implica todo un mundo que, de pronto, sale a la luz en el interior de una palabra corta y el »¿cómo estás?» pasa a convertirse en la pregunta más relevante del año, mucho más que el ¿quiénes somos?, el ¿de dónde venimos? y el ¿a dónde vamos? Tendremos que estar acompañados en la galaxia. Queda excluido de las respuesta el «ahí vamos» por considerarse ambiguo, más cuando se acerca el verano. La próxima vez que preguntéis «¿cómo estás?» hacedlo con ganas, con un poco de aire y con la certeza de que el alivio se parece un poco al miedo. Estamos de fábula y es lunes.

Ilustración: John Wesley