Cuando tu mundo desaparece

El mundo nunca fue uno, sino todos. Ni siquiera antes del primer destello. Desde entonces, los peces, las copas de los árboles y los seres silenciosos han visto desfilar universos infinitos, héroes. Creyeron que nada cambiaría. Porque ya se sabe que la juventud implica una mentira, como si lo que sucede no fuese más que un problema ajeno. Una mañana, ya adultos, reciben la noticia. Luego les invade la pena. De noche, se acercan a la ventana con el estómago vacío y observan los restos del primer destello. Orfandad siempre sin sol. Nada que ver con los vínculos de sangre. El ídolo ya no respira. El mundo es otro, suyo.

Ocurre en intervalos irregulares. La muerte tiene esas cosas, que insiste sin avasallar. Quizás por esa razón nos avergoncemos de haber pensado que Lanegan, Marías o Godard estarían siempre. Presentes desconocidos. Se dejaron escritos, también en imágenes y notas, y a ellos volvemos cuando queremos entender qué es esto que nos sucede y daña. Por su culpa supimos lo que no queríamos. Saber lo que queremos resulta inasumible. Entonces el cine, la música, los libros con arena de playa entre las páginas cumplen una promesa que nunca hicieron.

Necesitamos creer que nada cambiará, gran forma de engaño. Lo contrario implica adaptarnos a un espacio virgen, con el perfil del cuerpo, pero en una postura hecha de escorzos. Las transiciones están llenas de melancolía. De ahí que algunos opten por quedarse rezagados. La tarde, mientras, anticipa madrugadas. Después, los párpados se encargarán del resto. Sí, yo también soy copa de árbol, un pez, otro ser silencioso que añora el mundo que se va perdiendo. Por eso sigo, de otra manera sigo siendo. Y está bien.

Ilustración: Guy Billout