Ver amamantar a un bebé

El bebé sorbe de la teta. La madre, sentada en el sofá de una sala de espera, fija su atención en algún punto invisible. Sucede en todas partes con otros bebés, otras madres y otros pechos, mismas reacciones: grima o asco, incomodidad, juicio, incomprensión y, por encima de todo, ignorancia, nada que ver con el calostro o un bebé con hambre, sino con los pliegues morales y sexuales que atraviesan el cuerpo femenino. Registro en mí el cortocircuito cultural y tardo en el encajar otro intercambio más profundo, el de un pecho lejos del sexo y convertido en un medio para el alimento. El erotismo en la boca de alguien que acaba de nacer.

Todo lo que sucede en público adquiere una dimensión política. Las piernas al aire, los cuerpos tan cerca y tan lejos de otros cuerpos, la mirada ante la desnudez ajena ahora en medio de la calle… Y todo estalla en un pezón de madre seguido de un eructo. Tanta vulnerabilidad —la de la madre mostrándose, la del bebé hambriento—, tanta incomodidad para la los viandantes. Quizás, el drama de crecer sea olvidarse de que seguimos siendo vidrio a punto de romperse, niños incapaces de asumir lo que el tiempo nos devuelve en el espejo.

Hay una última capa alrededor del tríptico madre, pezón, bebé. Se trata del amor sin permisos ni hombres que lo explican todo, algo tan esencial que simplemente ocurre. En una sociedad donde casi todo se compra o está en venta y el talento se mide y se programa y la gente se expone entera en nombre de un sueño para uno y para todos, una madre que amamanta a su hijo en la calle representa una escena radicalmente libre. Y lo libre —sobre todo lo que no pide permiso— dio miedo, da miedo, dará miedo.

Ilustración: Alev Neto

Parar

El miedo se parece al ruido. Contra el ruido, movimiento. El sistema, la ciudad, las redes, quieren su dosis de flujo diario, de ganas y expectativas, es decir, de lo que creemos que nos pertenece. Cuando todo se va a la mierda nos quedan dos alternativas. Una, recoger los trozos por el suelo y señalar a los otros. Y dos (la más difícil), parar, ese miedo más antiguo que la humedad porque implica ir contra el instinto de supervivencia. Si no te movías, el tigre de los dientes de sable te devoraba. Si no te mueves, la gente se olvida de ti. Es posible el olvido, sí. Más importante es la salud.

Observo a la gente que para. Está agotada de intentarlo. Le resulta muy difícil saber en qué momento dejó de divertirse. Simplemente ocurrió, se dedicó a hacer para estar, a componer para exponerse, a vender para propulsarse hacia un no lugar. Nada peor que conseguir tus sueños. Nada peor que renunciar a ellos. Hay muchas formas de borrarse, pero la mejor es decir: ¡que os follen! Luego sigues, más despacio, por un camino hecho por y para ti. El fuego es movimiento hacia los otros. Parar es movimiento alrededor de uno y la gente que te quiere.

Nunca tuve valor para dejar de tocar música a pesar de haber diseñado un orden lógico nunca consumado: escribir, grabar, salir a dar conciertos y ganar dinero. Bien las tres primeras. Las cosas están vivas si se mueven, le repetía a mi guitarra. El tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes, decía el sabio. Los dos teníamos razón y, sin embargo, nos olvidamos de lo importante: estar tranquilos, ver el mar una vez al año, rodearse de gente maja, limpia y elegante a poder ser, cuidar de las plantas, dormir hasta las diez, llamar a madre, ver películas, hacer el amor y compartirlo, trabajar en algo para vivir en todo. El resto es facultativo.

Ilustración: Jeffrey Smart

Y tú, ¿de qué etapa eres?

Todo nace al salir del vientre de la madre. Aquella habitación de hospital, las visitas y las flores, el primer traslado en coche a casa, la infancia. De un golpe, los granos y el espejo, el ansia por conocer provincia y mundo, las primeras noches con amigos, las resacas, la imposición de decidir qué es lo que queremos hacer sin tener ni puta idea de quiénes somos. Erasmus, condones, títulos y orlas, la búsqueda de un trabajo, cierta sensación de agobio, una pareja. Quizás niños, canas, algunos miles de euros en la cuenta y la maldición del tiempo perdido. Adultos. ¿Qué queda? Nada más que dejar de reaccionar ante la aparente falta de novedades. Surgen las etapas: ¿Pilates? ¿Bicicleta y traje de ciclista? ¿Crossfit? ¿Cerámica? ¿Pádel? Aquí no se libra ni Dios.

Nunca pensamos que podría sucedernos a nosotros. Observábamos a madre desde el otro lado. Se ponía un chándal y se iba a yoga, regresaba a casa y mojaba el pincel en la acuarela. Padre replicaba la inacción con cientos de kilómetros campo a través en una bicicleta, ¡las rodillas, Javi, las rodillas! Nosotros no caeríamos en esa trampa, encontraríamos la forma de vivir sin perder fuelle. No fue así. Hace meses me uní a un grupo de pádel. Fui solo un día porque disfruté mucho con hombres desesperados por llenar el tiempo con algo novedoso. Pero hay tantas cosas viejas que desconocemos…

Estas etapas absurdas incluyen microdosis y volar drones desde el jardín, limpiar con vinagre, pedir torreznos contra el ayuno intermitente, bordado y diseño de bisutería, quizás pasar por todas a la vez e incluir la lectura del Tarot, la producción de licor casero y un interés desmedido por el sexo sin penetración o directamente eliminarlo porque cansa. En definitiva, quemar etapas suple la falta de colágeno y convierte el envejecimiento en una consecuencia de ver el mundo desde lejos, de creer que podemos conocernos mejor con una sucesión de actividades programadas. Así dejamos de sufrir por el pasado, así nos reímos del miedo.

Ilustración: Alex Colville

Curiosidad, te espero a la salida

No hay aburrimiento en la vida del curioso. Es más, cada miércoles trae la posibilidad de un encuentro, quizás una canción horrible, otra ráfaga de aire. El curioso no puede aburrirse porque carece de talento para ello. De noche, cuando todos duermen, sube al desván, ese lugar prohibido. De día se conforma con descubrir un continente. Su miedo no es el miedo al lobo: aspira a saberlo todo sabiendo que todo es una palabra inabarcable. Por eso insiste. En el fondo, el curioso percibe su curiosidad como un acto de rebeldía. Podrán quitarle la vida, pero nunca le quitarán la curiosidad.

Gracias a la curiosidad el niño se hace hombre y, el hombre, mujer. Lo mismo le sucede a los viejos. Si mantienen la curiosidad intacta pueden ser esos niños al final de una cometa y un cielo más viejo, encontrar la forma de morir para seguir viviendo. Se trata de rascar. Así el aristócrata acaba pareciéndose a un salvaje y el salvaje recuerda a un emperador desnudo. Porque la curiosidad consiste en echar un último vistazo cuando el mundo oscurece. Eso que brilla a lo lejos tiene que ser la curiosidad. Tiene que serlo.

La curiosidad baila con la felicidad. Comparten letras y aspiraciones. ¿Somos felices porque somos curiosos o somos curiosos porque somos curiosos? Estamos vivos. El curioso avanza haciéndose preguntas: ¿cómo funciona esto? ¿Por qué? La respuesta importa menos que la pregunta, y a la pregunta le sigue otra, otra y otra. Queda claro que la curiosidad mató al gato y al ratón. Al curioso no lo mata nadie. Curiosidad, qué bonito nombre tienes… aunque a veces duelas por correr tan rápido. Te espero a la salida.

Ilustración: Guy Billout

Anatomia del miedo

Ansiedad, pánico, horror, cerote, espanto, temor… tantas palabras para referirse a la dilatación de una pupila, al sistema endocrino saturándose de hormonas, a la frecuencia cardíaca convertida en un púgil zurdo. Lucha o huye, enfréntate a la bestia, y si aún te queda algo de valor mueve las piernas; ¡izquierda, derecha, izquierda, derecha!, la cadencia imperfecta para alcanzar el árbol más cercano.

Y es que en ese intervalo de tiempo dislocado, fracciones de segundo en las que sentimos miedo de manera consciente —lo que nos diferencia del resto de animales—, nos olvidamos de comer o hacer pis; todo es ruido; la piel adquiere la textura del film alveolar; y el que teme sufrir ya sufre temor.

Al desaparecer la amenaza «terrorista» —presente o futura, siempre al acecho— podemos pensar con claridad, localizar aquello que nos paraliza: ¿volvernos invisibles a los demás, perder la memoria, quizás no ser capaces de aguantar el ritmo impuesto por los más jóvenes, dejar un clavel rojo sobre el ataúd de nuestro pequeño, darle la razón a aquellos que sabían desde el principio que no funcionaría? Un violador anda suelto en nuestra cabeza.

Mientras tanto la fascinación por lo desconocido espera agazapada y algunos, dotados con la capacidad de temblar frente a un mar en calma pero propensos al naufragio, observan la trayectoria del que salta desde el balcón a la piscina, ese buscador de novedades con el poder de inyectar la dosis justa de adrenalina y leyenda en un torrente sanguíneo que también es carretera, superación, reto, serotonina para el alma.

Resulta que el miedo se hereda, precisamente para garantizar la supervivencia del que rompe todos los obstáculos, del que es roto por todos los obstáculos, del sicario y el condenado a muerte, de los que sienten la angustia de Jorge Marazu por vivir bajo las luces de la oscuridad, del miedo en las tripas del miedo.

Los fusilamientos de la Plaza de Colón

Estas dos imágenes están separadas por 131 años. Mismo día nubloso, mismos contrastes monocromáticos con algún elemento de color, mismos semblantes serios, valientes, resignados mirando a la muerte, al futuro, al centro derecha y al fascismo.

Jose María de Torrijos y Uriarte y Pablo Casado, Francisco Perez Golfín y Santiago Abascal, Flores Calderón y Albert Rivera. Hay otros pero podrían tener un nombre cualquiera o simplemente existir en el momento de la instantánea.

Los de abajo, perdedores y condenados a morir abajo las balas; los de arriba, ganadores, del lado del capital y gravitando en torno a esa idea rara que es la bandera, la patria.

Estas dos imágenes, tan alejadas en el tiempo y en el espacio, una en la plaza de Colón en Madrid, la otra en las playas de Málaga, comparten muchas similitudes y un detalle macabro: ambas son escenas de un fusilamiento. Por un lado el de los cuarenta y ocho personas que se rebelaron contra el absolutismo de Fernando VII y por otro el del resto de la población española, testigos involuntarios del momento, que no entiende muy bien qué está ocurriendo, por qué miles de personas se congregan en un punto y pronuncian las palabras ¡traición, democracia, unión, España! de tal manera que suenan a todo lo contrario: a crispación, a ruptura total, a totalitarismo casposo, a falta de entendimiento.

Estas dos imágenes están separadas por 131 años y representan la misma realidad: España parece condenada a no entenderse en la foto, en el cuadro y en la vida.

Carguen, apunten, fuego.