No vendrán tiempos mejores

Vas a perder a tu padre. Vas a perder a tu madre. Perderás a tu perro, a tus hermanas. Vas a perder los sueños de cuando eras niño, el dinero que ahorraste con esfuerzo. Perderás el pelo, la salud, los bíceps, la casa que perteneció a tu familia durante generaciones. Y te perderás a ti, sin querer, un día de verano. Es más, la gente a la que quieres te hará daño. «No fue a propósito», dirá la mayoría. «Fue para perderte», dirán otros. En ambos casos no sabrás qué hiciste mal. Te limitaste a amar como sabías, a entregar lo bueno en ti. Todo esto sucederá (en el mejor de los casos) porque estarás vivo. Y si lo estás puedes sostener el luto, elegir el dolor que mejor te representa.

Asúmelo; la idea de que vendrán tiempos mejores es mentira. Se dicen esas cosas porque las palabras crean oasis dentro del tiempo. Los buenos momentos se convierten en recuerdos gratos, los malos… lecciones aprendidas que parecían innesarias. Esperar que algo bueno suceda tiene algo de frase de gimnasio. ¿Cómo conseguir que te vengan cosas buenas? Los monjes budistas tienen la respuesta. Al escucharles hablar pienso en esas banderitas de colores mecidas por el viento. Al fondo, el Himalaya. El mundo no se creó a tu imagen y semejanza. Pero te pertenece. Los monjes tibetanos están solos.

Existe una grieta por la que se cuela un perfume, una forma de redondear las aristas del drama. Ganarás algún amigo, ganarás años cada vez más cortos, ganarás mucho si no quieres ganar demasiado. Ganarás otro libro en la mesilla y una canción que cambiará tu vida. Ganarás arrugas por culpa de la risa, ganarás otro país, otra lengua, otro cuerpo, mirarás hacia delante con la certeza de que ni delante ni atrás sucede nada. No vendrán tiempos mejores, pero no importa. Pasaste por aquí, dejaste un rastro de cristales y pétalos. Puede que todo esté perdido; que todo vaya bien. Con eso basta.

Ilustración: desconocido

Esa tendencia nuestra al suicidio

«Ama y haz lo que quieras». Lo dijo un santo. Después amamos teniendo en cuenta el mal rato. Despojado de su parte de vida, de vuelo y complacencia, el enamoramiento expone esa tendencia nuestra al suicidio. Porque uno puede ahogarse, saltar desde un octavo y tragar cianuro sin hacer ninguna de las tres. Basta con enamorarse de la persona equivocada, esa que, desde el primer parpadeo, da sentido a nuestra existencia sabiendo que acabará con ella o una parte. Sí, a veces, el enamoramiento es la peor forma de maltrato en todas partes.

Porque sólo los mediocres se conforman con vivir un enamoramiento sin épica. Queremos caballos salvajes, sexo que convierte el sexo pasado en deporte, latidos de casa con piscina, mar y hasta un perro, traslados en taxi que equivalen a una vuelta al mundo, electricidad, ruina. El resto, más lento y viejo, está muy bien, pero ¡qué importante es perder la cabeza y sentir sabiendo que la muerte espera! Amar como deceso, morirnos como vivieron los románticos: llenos de vida.

Imitar a un kamikaze, rendir homenaje a Thich Quang Duc sin gasolina, nunca ponerse de lado, saber que uno se hace un flaco favor cayendo en la trampa… y disparar. Eso sí, no confundirlo con el amor lejos del ser amado. Eso va de estar cerca, muy cerca, en cuerpo y mente, todo el rato, de comer sabiendo que lo mejor sería pasar hambre con el otro en los huesos y en la cama. Perdemos la cabeza y el pecho porque alguien rebela lo mejor de nosotros, nuestro soplo de vida en esta Tierra. Resulta que el planeta era eso, un corazón sin freno. Y estalla con nosotros dentro.

Ilustración: Eric Petersen