Los años nuevos, mi vida vieja

Los años nuevos. La primera parte de la serie de Rodrigo Sorogoyen me ha dejado pfff. Pero admito que el problema es mío. Sorogoyen, faquir de las primeras veces, los silencios y la lírica orgánica (con Benjamín Prado fuera de plano), rueda un mundo que, dicen, rezuma verdad. Sin embargo, soy incapaz de distinguirla de un paseo por los pasillos del super, como si hubiera filmado mi vida (o la tuya) a lo largo de los años (con una cámara carísima) y la expusiera dentro de un cartón de huevos. Reconozco la humanidad y el pulso del artista. Reconozco que me da grima mirar. Pues ahora hay parte 2.

La cotidianidad que propone Sorogoyen está cargada de intenciones esencialmente humanas, monstruosas. Todo avanza como la erosión de una piedra, con la sensibilidad del poeta de lo mínimo que observa el milagro de la vida en la espuma del fregadero. «El tuyo es un problema de sensibilidad», me dijo mi amigo Pablo. Será eso. Aquí, el tedio nace con el primer polvo con condón, crece con la pareja, metáfora del aburrimiento, y muere sin clímax, en una acumulación de momentos leves que amenazan con disolver la nada. Y nada de explosiones. Como mucho un lamento.

No he sido capaz de ver la belleza en gris Full HD, en lo apenas perceptible. Sorogoyen me pide que me quede quieto y deje el móvil, que me deje hipnotizar por el goteo constante de los seres humanos, ahora tristes, ahora contentos. Y yo, paleto y obtuso, necesito que el mundo susurre algo que debo descifrar solo y sin ayuda. Los años nuevos me enfrenta a mi manifiesta incapacidad para aceptar mi vida vieja (o la tuya): rutinaria, diaria, sin garantías de trascendencia, y también a algo peor: la certeza de que el problema no es lo que veo, sino mi resistencia a querer verlo.

Ese número de teléfono que nunca borras

Imposible. Desde que murió eres incapaz de borrar su número. Sigue en Favoritos o en el fondo de los contactos que crecen por latidos. Es más, ni siquiera compruebas si el número sigue en tu memoria. Conoces la respuesta, nueve cifras. Eliminarlo de su urna física, un móvil en el siglo XXI, supondría enterrar el cordón que os unió una vez y todavía aprieta. Y es que ese hilo invisible entre las arrugas y la tecnología es una forma de amor que ama en vida y través de la ausencia. Duele, cierto, pero aún más tirarlo como el que tritura fotos, documentos, cáscaras.

Durante meses marcaste su número, normalmente ebrio o de noche. Su voz respondía y tú colgabas, quizás consciente de que son los vivos los que hablan con los muertos, nunca al contrario o vía Movistar. Era la fuerza de la costumbre convertida en duelo. Con la reconstrucción de los días desgarrados, la línea quedó fuera de servicio. Entonces te aferraste a lo único mundano que se origina en el más allá para volver como una mancha en el sol, como una raíz: los recuerdos.

Ya ha pasado mucho tiempo desde aquello. Ni siquiera te aprendiste el número de tu pareja, de tus mejores amigos. En cambio, el suyo se hace presente al saquear el pasado, te concede la duda y por lo tanto el deseo de seguir viviendo. Es extraño, pero el móvil representa todo aquello que quedó por decir, hace las veces de camposanto entre tanta pieza china. En su falta celebras la suerte de poder contarlo. Está en ti y respira en todas partes… menos en la guía de teléfonos. Porque casi todo pasa.

Ilustación: Marco Melgrati

Nunca me gustaron hasta que vi ‘Antidisturbios’

Es muy probable que la mejor serie de la temporada no le haya gustado nada al gremio policial y esa es, precisamente, la razón por la que uno la disfruta tanto. Y es que en las manos de un cineasta cuanto menos audaz, estas bestias de carga ocultas tras protecciones, cascos graduales y botas «Inmortal Warrior» cobran vida, muestran las vergüenzas de un cuerpo amoratado y justo de presupuesto. Son ellos, los que están a pie de bengala y litrona, quienes se encargan de hacer el trabajo sucio mientras los otros, mejor situados en la cadena de mando, mantienen sin mácula sus trajes de Cortefiel. Así se obran los milagros, en el cine y la vida y, en pleno 2020, puedo expresar sin complejos que me caen bien los antidisturbios… al menos los de la ficción.

La culpa la tienen unos intérpretes magistralmente dirigidos que dispersan la mala fama (también) arrastrada por el actor patrio. Así Vicky Luengo (descomunal), Raúl «Bestia» ArévaloRoberto Álamo, Raúl Prieto, Álex «que me pille en el baño» García, Hovik Keuchkerian (pluscuamperfecto) y Patrick Criado son capaces de emanar tanta violencia con una porra en la mano como con una mirada y, sin llegar transmutarse en víctimas, son retratados como lo que parecen: chicos duros con talones de vidrio, personas.

Resulta que en tiempos de penuria todavía es posible hacer buen cine en un país con forma de visera. Sobre todo cuando nos olvidamos del escudo y el humo, miramos hacia dentro y rascamos la piel del toro mecánico. Nos sorprenderá comprobar cómo caminando juntos y en línea podemos avanzar hasta rompernos, pero tampoco importa. Será porque todo va a ir bien mientras el mundo estalla a nuestro alrededor.

Ilustración: Rodrigo Sorogoyen