Morir joven

Morir joven, a los cuarenta y dos años, tiene algo de ofensa contra el orden de las cosas. La noticia se recibe con incredulidad, «no me lo puedo creer», alguien ha roto un pacto escrito en las paredes del tiempo. Porque, acostumbrados a biografías cada vez más largas, donde la muerte protagoniza un largo adiós, la muerte precoz se convierte en una anomalía a la contra, un tajo de guadaña. Así termina el mundo, no con una explosión, sino con un gemido.

Hay algo vengativo en esas muertes, como si la vida, incapaz de soportar la luz, decidiera extinguirla cuanto antes. Se habla de azar, de enfermedad, de accidentes. Pero lo que cala en nosotros es otra cosa: la impresión de que la muerte se comporta con un ensañamiento cabrón, con prisa en señalar que el destino no respeta el talento ni las promesas de futuro y mucho menos el presente y la juventud. Ese último latido queda registrado con la palabra RENCOR en la pantalla de un encefalograma plano. Se le paró el corazón muy pronto. El nuestro necesita ayuda.

Quizás por eso morir joven duele tanto, aunque la fallecida sea una desconocida. Nos recuerda sin quererlo que hay gente que elude el deterioro, la transformación paulatina del rostro y el color del pelo, las arrugas, una mancha de orín en la ropa interior. Ella ya no está y los demás nos detenemos frente a su féretro, un espejo de lo que fue y nunca más será. Las flores, sus películas y el sol seguirán recordándonos lo frágiles que somos, lo frágiles que somos.

Esas parejas que hablan de la muerte

Pasa el tiempo y el amor cambia. El sexo en cualquier parte da lugar a la costumbre. Después hay una tregua y, luego, inevitablemente, la rutina. Han pasado varios años y la pareja mira hacia delante como si hojeara un libro a cuatro manos que se resiste a terminar. La muerte tiene poco de romántico, pero hay algo profundamente íntimo en pensar en ella: no se trata de morirse o del miedo a la muerte, sino de quién se queda, de existir sin el otro. Así, sin darse cuenta, a veces bajo el ventilador, otras cerca del mar, comienzan a hablar de ello con la misma naturalidad con la que antaño planearon irse a vivir juntos, tener hijos o qué comer.

Hablar de quién se irá primero es también una forma de prometer algo más duradero que el amor: la presencia futura en la ausencia. «Yo me muero antes, ¿vale?», dice uno bromeando, como si pudiera elegir o ahorrarse el drama de ver morir al otro. «No soporto la idea de estar sin ti, mejor yo primero, como mi padre», responde él, aunque ambos saben que la voluntad se queda al margen. Hay en en sus palabras una forma de ternura que no cabe en los abrazos. Es el reconocimiento de una dependencia desprovista de posesión y adolescencia, algo suave como una manta vieja. «Si tú te vas, ¿quién me va a entender sin que yo hable?».

Aunque lo obvien, también está el deseo secreto de ser el que se queda, porque morir antes es no saber qué será del otro. Esas conversaciones, en apariencia sombrías para cualquier persona ajena a la pareja, representan una de las formas más puras de complicidad. Porque cuando nos cansamos de mostrar nuestra mejor cara todo el tiempo, cuando la pasión cede ante los gestos más invisibles, la risa y los silencios, lo único que queda por compartir es el miedo a dejar de seguir compartiendo una casa o una vida. Y ahí, justo ahí, el amor se convierte en la única razón para salvar el mundo.

Ilustración: Alex Colville

Lo extraordinario

Esperamos cosas extraordinarias. Y nos equivocamos. Porque cumplir un sueño consiste en dormir ocho horas, solo o con alguien que te gusta cerca. Ya es mucho. Nuestras aspiraciones representan una forma de negar la realidad. Lo importante consiste en abrir los ojos por la mañana, cepillarse los dientes, masticar un puñado de anacardos, vestirse bien, salir a la calle y mirar el sol a través de las copas de los árboles, regresar a casa, tocar las teclas blancas del piano y esperar a que anochezca. El simple acto de vivir es, en sí mismo, algo extraordinario.

El pasado está sobrevalorado porque somos incapaces de comprender lo que nos sucede en el momento en que sucede. Necesitamos tiempo e hilo. Es extraño que todos lleguemos a la misma conclusión con vidas tan antiguas, tan distintas. Quizás el simple acto de vivir y caminar erguidos no sea tan simple y haya que desentrañarlo equivocándose, con paciencia, sin esperar nada. Así se forman los diamantes, sometidos al calor y la presión exactos. Así permanecen bajo tierra, hasta que un día, alguien termina exponiéndolos en una vitrina. Adiós a todo lo extraordinario alrededor del cuello.

Las personas con un aspecto extraordinario suelen tener conversaciones de lo más común y lo extraordinario consiste en superar una infancia de golpes y tristeza, una adolescencia programada, una edad adulta en la que todo lo que habías planeado se fue al traste. Y a pesar de todo, aún respiras. Amalia Bautista lo dejaba escrito: «Son poquísimas las cosas que de verdad importan en la vida: poder querer a alguien, que nos quieran y no morir después de nuestros hijos». Con las palabras se puede inventar otro mundo, un mundo extraordinario que desaparecerá, aunque mantengamos los ojos bien cerrados.

Ilustración: Guy Billout

Amar el sueño roto de la vida

La vida es aquello que perdimos. Sacamos la cabeza del agua y sentimos el sol en medio de la cara. Nadar cojos y con una receta húmeda en el bolsillo, volver a secarse ya sin ganas. Las cosas van cambiando, tu pareja te cambia cada día. De repente, no conoces un solo grupo del cartel. Los viejos se aferran al amor tranquilo y a otra cerveza. Los jóvenes huelen ácido y lo consumen. Nada sucedió como esperabas. Esa es la razón para creer en otro milagro cotidiano. «Amar el sueño roto de la vida», escribió Brines. Despertarte sabiendo que has soñado.

Todos creímos ser reyes. Y compartíamos piso. Todas esas fotos esparcidas sobre la mesa del salón, todas esas fotos del móvil… Dentro de poco nadie hablará de ellas, aunque estemos vivos. La única forma de encontrar tu lugar en el mundo consiste en recoger pedazos. Las promesas solo sirven para rellenar las paredes del gimnasio, los «para siempre» maquillan una realidad que produce monstruos. Y los tritura. Ni ganar por goleada ni la pérdida que conduce al victimismo. Vivir consiste en empatar y encontrar en la repetición una grieta por la que se cuela la luz, la oscuridad, la luz y la oscuridad.

Quise escribir una gran canción. Al pensarlo, la canción ya vino muerta. Amar la vida incluso cuando tu vida no te guste. Seguir haciendo aquello en lo que crees en contra de opiniones ajenas. La locura consiste en repetirse por razones de mercado. Aférrate a la fe que alguien deposita en ti, aunque sea tu madre. Nadie tiene ni puta idea. No hay atajos. La bondad trae resultados a muy largo plazo, a veces cuando ya estás muerto. La personas inteligentes tienen más dudas que los imbéciles. Al próximo que me llame crack, le escupo. Amar la vida por encima de todas las cosas. Amar la vida rota por un sueño. Amar el sueño de una vida rota. Que se rompa. Porque todo se acaba a toda hostia.

Ilustración: David Shrigley

El hijo muerto

Solo se puede conocer el dolor cuando se pierde a un hijo. Lo demás son aproximaciones. Fue un accidente, se le paró el corazón mientras dormía, no pudo salir de aquella discoteca en llamas. Dentro de la sinrazón existe la posibilidad, pequeña como la uña de un bebé, de que el hijo muera por culpa de un golpe de metralla, de una bala dirigida al corazón de las tinieblas. El niño de la imagen no duerme, el padre se mancha con la muerte de su hijo. Entre medias hay noticias que importan más. El mundo debería pararse cuando suceden cosas como esta. Pero no lo hace.

Ante la pérdida de un hijo, el sufrimiento deja de ser una opción. El padre, el de la imagen, soñará con su hijo soplando las velas de una tarta, recordará aquella mañana que le vio salir de entre las piernas de la madre. Los tres lloraban. Ahora el padre llora hacia dentro, como lloran las bestias que han perdido el ritmo de las estaciones. Nosotros, europeos, tan lejos, somos testigos de un padre frente a su tumba, también la de su hijo, carne dolorida, carne muerta. Entonces el padre, cubriéndose la cara con la mano, entiende todo, también que la gente mire hacia otro lado. Porque todo lo pierde el que pierde un hijo, aunque los hijos creamos que perder a un padre pueda doler siempre. Lo que promete el dolor siempre se cumple. Dije siempre.

El padre sigue respirando cuando todo en la fotografía es muerte. Luz blanca sobre tela blanca, luz de un corazón que deja de latir. El milagro de la fotografía radica en la posibilidad de que el padre se levante, entierre al niño con sus propias manos y se aleje caminando solo. La muerte huele a injusticia, a flores secas y a conchas hechas añicos. Lo único que debiéramos temer es la muerte de la infancia. Lo que el niño necesita ahora es un baño caliente, que le limpien la sangre y que lo olviden. Quizás lo que los demás necesitamos sean un par de zapatos nuevos, vivir en paz sabiendo que la guerra enseña aquello que nunca necesitamos saber. Da miedo tanto dolor, da pena ver a un niño envuelto en un sudario de pura indiferencia.

Ilustración: Mohammed Saber

Llegar a los cien años

Ayer conocí a un señor de 100 años. Había tres globos dorados en el salón, un uno y dos ceros de helio entre el techo y la alfombra de una vetusta casa. Todo en él, su mirada y su pijama, el aire alrededor de su nariz, los cuadros y los libros, todo tenía el aspecto de lo que dura demasiado. Este señor ocupaba un sillón sin saber muy bien cómo había llegado vivo a 2024… Así que me dio miedo preguntarle por sus ganas de vivir, si no se le hizo muy largo pasar de siglo en siglo mientras todo desaparecía. Me dio miedo hacerlo porque me sentí tan joven como los que dicen «bro», un recién nacido frente a un bosque de sequoias. La edad es un tema de la mente sobre la materia, sí, pero cien años conllevan una soledad intolerable.

Al mirarle a los ojos reconocí al que encuentra en el olvido un atajo para seguir tirando. Había viajado por el mundo, había visto cosas que nadie creería, había vivido más que nadie en el barrio. No pude más que compadecerme de él y de las 20.000 personas en España que alcanzaron su edad, sin olvidar a los vampiros de los after y a esos viejos que quieren morirse a los ochenta porque se quedaron viudos. Vivir cien años es un error, igual que morirse a los dieciséis o ponerse bótox cuando todavía no sabes la cara que tienes.

Recuerdo escuchar a mi padre decir que él prefería morir joven. Mejor eso que sufrir el deterioro del cuerpo, de la mente y de la moda. Se murió con 62 años dejándonos la sensación de haberse muerto mucho antes de lo debido. Quizás este señor de 100 años también se murió hace décadas, sin embargo sigue respirando por curiosidad, porque nunca se sabe qué se inventará la ciencia cuando seamos viejos. Queda claro que el secreto de la longevidad es la paciencia, queda aún más claro que el secreto de la juventud reside en creer saberlo todo.

Ilustración: David Shrigley

Las herencias

La tía murió y sus sobrinos la despedimos sin saber qué hubiese pensado al vernos frente a su ataúd. Cuando estaba viva, la visitamos menos de lo que se merecía. Ella, en cambio, estuvo siempre al otro lado, nos contagió su amor por el cine y la necesidad de leer para ser personas dignas. Dejó unos cientos de euros y muchos libros que valen menos que su recuerdo lleno de sonrisas y cigarrillos mentolados. Yo me encargué de repartir el dinero a partes iguales. Pensé en quedármelo y malgastarlo en un fin de semana. Fue un pensamiento que desapareció tan pronto como vino. En ese momento, delante del ordenador, me di cuenta de que las herencias, cualquier herencia, son un regalo envenenado.

Y no me refiero solamente a una casa a dividir entre hermanos, a coches nuevos o viejas motos, a cuentas corrientes y manuscritos sin publicar. Hay herencias peores: la alopecia, una nariz que crece y crece, el cáncer que se transmite de generación en generación o ciertas facciones de la cara. En cambio, el talento no parece hereditario, tampoco la bondad o las ganas de vivir sabiendo que, tarde o temprano, esto se acaba. Heredamos lo que deseamos, también lo innecesario. De alguna manera, mi tía habita en mí. Puedo sentirlo al verla en las fotografías. Los ojos nunca mienten. Quizás sí lo haga el corazón.

Me pregunto qué tipo de herencia dejaré delante (es evidente que detrás no dejo nada). Me gustaría que la gente al recordarme (un instante) pensara en canciones o en palabras, en una lista de metáforas absurdas y mi empeño por portarme bien con los demás sin conseguirlo del todo. No puedo legar mi cuerpo a la ciencia porque es demasiado pequeño, quizás por mi mano izquierda me darían algo. Lo mejor de mí fue lo mejor de la tía, todo alas, ni una sola raíz. Ninguno de los dos fuimos ejemplo de nada para nadie. Dejamos la ternura en vuestras manos, toda la esperanza en un mundo flotante.

Ilustración: Hasui Kawase

Los límites del horror

¿Hasta dónde puede llegar el horror? Horror entendido como sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso, una aversión profunda hacia alguien o algo. Ese horror cotidiano, de bombas en aulas y hospitales, el que se acepta como si se tratara de un cambio de estación. Horror que puede acumularse sin ocupar sitio, capa sobre capa bajo tierra y piel, horror de horrores porque va con nosotros siempre. Está en las plazas y en Ferraz, en un país que se rompe cada día sin llegar a romperse. Ese horror que se soporta agachando la cabeza, pensando que, mañana, habrá otro horror más grande. Horror hecho de banderas, horror de pocas personas y mucha gente.

¿Cuánto horror podemos soportar? ¿Cuántos monstruos y desgracias van de dentro y hacia dentro? El horror es la vida de los otros hecha costra, un número al azar que seguirá creciendo (dos millones de kurdos, miles de palestinos). Ni siquiera el fin del mundo sirve de consuelo. Esto, la vida, se acabará y, después, regresará otra vida. La yerba cubrirá las carreteras, los pájaros el aire, y el horror será un recuerdo de algo más bonito. El presente está lleno de horror, ¿sucederá lo mismo con la muerte? Quizás por esa razón hacemos la compra. Cuando comemos nos olvidamos del horror un rato.

Poco tiene que ver el horror con el miedo. Escuchar a los manifestantes, vestir a un perro con un anorak caro, el enésimo genocidio… esas cosas forman parte de una cultura del horror que asume diversas formas y posee un único fin: alejarnos del mundo, hacernos perder la esperanza y dejar de pensar por si acaso. En el fondo, el horror se vive como una broma infinita, de ahí que sintamos incredulidad primero. Luego asco. El horror conlleva un sufrimiento que se reparte entre todos lo habitantes del mundo para hacerlo llevadero y, sin embargo, el horror colectivo no es la suma de todos los horrores individuales. Horror a manos llenas. Y a otra cosa.

Ilustración: David Shrigley

Romper con los viejos amigos

Y, de repente, después de tantos años, la amistad se rompe. Aún lo recuerdas. Os entendíais con iniciales grabadas en el tronco de un árbol, sin palabras o en un idioma inventado. Ese amigo existía en todas partes, al otro lado del teléfono, de noche y para siempre. Él sabía quién eras tú, tú sabías dónde encontrarle a él. Ninguno de los dos podía imaginarse la vida sin el otro. Tan solo hacía falta una cosa: envejecer. Entonces, caíste en la cuenta de tu error. Ahora, los dos vivís en la misma ciudad a miles de años luz. Ya ni siquiera recuerdas la última vez que hablasteis. Fue hace tiempo, antes de la infancia y el ruido que hacen los adultos cuando hablan. Fue triste. Os mirasteis y no os reconocisteis.

Los dos tenéis la culpa. O mejor culpar al trabajo y al «no me da la vida». La muerte crece con los años. Los dos habéis perdido a un perro o un padre, renunciasteis a los sueños de dos niños que miraban las estrellas. Farolas, destellos, satélites. Y oscuridad. Un amigo intenta encontrar un hueco para ver a otro, quizás la última semana de noviembre. El otro amigo insiste, pero sus prioridades han cambiado. A veces, tres paradas de metro son un mundo o una bola de demolición. Los dos encontrareis algo más importante en que ocuparos. Si algo así puede llegar a suceder, ¿fuisteis amigos de verdad? De verdad lo fuisteis. El consuelo reside en una cosa: aún no estáis muertos.

Sucede que la amistad se rompe y dos siguen andando. Duele porque las cosas que importan son herida y cicatriz. Mejor parar la hemorragia. Puede que con otra gente más afín, puede que pintando soldaditos de plomo o alejándose de todo. El recuerdo del amigo permanece y vuelve en sueños. Quizás nunca volváis a veros; de hacerlo, quizás miréis para otro lado. Tú con tus cosas; tu amigo cada vez más lejos. «Una vez tuve un amigo que era todo», te repites al otro lado del espejo. Puede que perder a tu padre y a tu madre sea lo normal. Perder a un amigo va en contra del ciclo de la vida. Será porque no lo sepultó la tierra.

Ilustración: Lushuirou

Las primeras veces

Todos recordamos las primeras veces. Es más, casi todas esas primeras veces conforman el cuerpo de una felicidad encubierta, una casa que el tiempo intenta derribar. La casa, la nuestra, se levanta sin puertas ni ventanas, y nosotros, desde dentro, abrimos huecos por los que se filtra una luz blanca: aquella primera vez en bicicleta, la primera vez que te cortaste el pelo muy corto, la primera vez que escuchaste la canción más bonita del mundo. A esas primeras veces uno llega sin querer, como si ir creciendo consistiera en prepararse para algo que sucede de forma esperada… siempre por primera vez. A esos lugares vuelves estando feliz o muy jodido. Y nunca te cansas, como nunca se pierde el rastro de las primeras veces. Hacerlo implicaría perderse mal y para siempre.

El sexo acapara muchas primeras veces. El primer tacto como motor de la convivencia. El primer olor, misterio materializado en droga. La primera vez de una primera vez hecha de amor no puede compararse con nada, como tampoco podemos comparar con nadie a la persona que nos descubre por primera vez lo conocido. Entonces comer es otra cosa, caminar por el centro de Madrid tiene su encanto. Hasta levantarse un lunes, hacer pis e ir a la ducha deja de ser cotidiano. Sí, hay un milagro en las primeras veces, precisamente porque son cosa de dos. Milagro es aquello que se repite cada día por primera vez.

Los viejos creen que las primeras veces disminuyen con el paso de los años, que faltan sorpresas, que lo vivieron todo. «¿Te acuerdas?». Se equivocan esos viejos. ¿Cómo ver las cosas por primera vez si la vista está cansada? Con ojos nuevos de viejo. Los niños lo hacen desde abajo. Arriba hay humo y cenizas, las vistas son mejores, precisamente porque muestran la crueldad del que pierde la sorpresa. Siempre recordaré la primera vez que vi un muerto. Parecía dormido. Ese primer muerto era mi padre. Gracias a su muerte pude ver a madre por primera vez. La sigo viendo. Cada vez más mayor, cada vez más niña. Ver las cosas por primera vez implica no salir ileso. Su primer grito, mi primer suspiro. Y nuestro amor nunca termina, como la primera vez, como la última.

Ilustración: David Shrigley