El milagro de Jero Romero

Hay canciones que son secretos a voces. Pero a veces, los secretos son menos secretos, se cuelan en el aire y entran en tu casa y en tu vida, te desvelan al verte un poco reflejado en ellos. Sucede con la música de Jero Romero. Primero la escuchas y te paras. Al fin y al cabo esto va de letras, melodías y algo indescriptible. Después sigues andando como los caballos que no saben que han perdido. El secreto queda a salvo lejos de la meta, va contigo a todas partes. Por esa razón hay que escucharle, porque solamente otros pueden hablar de otros y contar cosas de ti haciéndolo mejor de lo que tú lo harías. De ahí la sensación tan rara al escribir sobre canciones. De ahí la importancia de llamarse Jero.

Estás en tu habitación, hace frío. Alguien canta que pasea cerca de la catedral. Entonces, el tiempo y el espacio se confunden, los niños juegan y los viejos miran a otros niños que saludan. Tú estás solo, en otro sitio. También acompañado en la canción. Otro milagro de la física lejos de la física y Toledo. Luego, la voz de Jero, sin melismas ni esas mierdas que estropean todo. Contar es otra forma de cantar. Él, a lo suyo, a sus afinaciones y con ese gesto grave lleno de ternura. Y uno no puede evitar sonreír a pesar del frío. Las canciones, las buenas, sirven para calentarnos. La velocidad trajo el invierno.

¿Por qué escuchar a Jero? ¿Por qué no?, respondo. A veces la inteligencia y la emoción hacen piña. ¿Se puede tener sentido del humor y no ir de gracioso? Se puede. Ayer se averió la furgoneta después de su concierto de Sevilla. El equipo esperó varias horas en la avenida Kansas City y Jero, mientras los músicos comían pastas de almendras, se hizo un vídeo delante de la grúa ya cargada. Resulta que es posible seguir andando a pesar de una brida en el motor, que ir despacio también sirve para combatir el miedo. «Toda pulgada cúbica de espacio es un milagro». Los caballos, el amor, la música de Jero.

Ilustración: María Rodrigo y Susana Blasco

¿Quién coño es Íñigo Quintero?

«Mi nombre es Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir», decía aquel espadachín con bigote y ganas de vengarse. Pues bien, los tiempos siguen matando, las princesas pasan por la academia militar y las canciones —120.000 al día— resultan cada vez más intrascendentes, no porque sean malas, sino porque no nos da la vida. Si antes formaban parte de la banda sonora de los cursis, ahora ocupan dos o tres segundos, se hacen líquidas en la pantalla y a otra cosa. Menos mal que, de vez en cuando, aparecen músicos capaces de revertir la tendencia y crean la suya a base de algoritmos y euros. Se llama Íñigo Quintero, escribe canciones mediocres y lo peta con una particularidad: nadie sabe quién coño es. Y eso es la hostia.

Dogma de la modernidad: el famoso debe mostrar todas las facetas de su vida. Así, eliminando el misterio, humanizándose, obtiene una audiencia que ve en la música la excusa perfecta para conocer a gente y formar parte de algo más grande, más informe, menos raro. Para encontrarse a sí mismas, las audiencias necesitan referentes que se desnuden, que digan lo que comen, que a ratos están mal, que van de compras, que pasan de maquillaje, gordos, naturales, guardianes entre el centeno mecido por la fama. Al final, el artista es su audiencia (a la que no soporta, pero a la que necesita) y la audiencia quiere hasta los repertorios. En otras palabras, solo cuenta lo que el artista muestra; adiós a lo que el artista hace o calla. En cuanto a las canciones, ¿lo qué?

Íñigo Quintero se viste con sudaderas con capucha, pasa de hacer entrevistas y podría ser un candidato ideal para el equipo de esgrima. Está en todas las listas y los números, arrasa a Bad Bunny y toca el piano con dos dedos. El talento lo reparte Dios y la fama es una cosa fieramente humana. Con las canciones debería ser suficiente, sobre todos si están bien escritas, y en eso está este chico. Yo escuché el hit, lloré un poco y luego me entraron ganas de matar. Es bonito hablar de música. Lo triste es aceptar que las canciones son mudas. Y odio cuando estoy lleno de este veneno. Y oigo truenos si no estás.

Ilustración: David Shrigley

Searching for Sugar Man

A todos nos gustan los cuentos de redención. Un músico que trabaja en una obra, la actriz del bar, el escritor en la Administración que, después de años de penar, alcanzan el reconocimiento. De alguna forma, la imposibilidad de vivir de una pasión es algo tan humano que estas historias nos conectan con anhelos enterrados bajo la gravedad del día a día. Le sucedió a Sixto Rodriguez en dos ocasiones. La primera gracias al documental «Searching for Sugar Man»; la segunda… la noticia de su muerte. Entre medias, su música pequeña, acústica, hecha de colores para una vida en blanco y negro. Nos deja una enseñanza: debemos hacer lo que nos late, como si no hubiera gente esperando, como si fuéramos a morir sin público asistente.

Sixto lo hubiera hecho de todos modos. Daba igual si había poca pasta o no contaba con músicos de fama. Se trataba de encontrar una razón para levantarse y caminar despacio con la guitarra a cuestas. Las gafas le protegían del resplandor del éxito. Tuvo que alegrarse al saber que su música había sido popular en Sudáfrica, quizás en Marte. Pero daba un poco igual, estaba escrita, el sueño eran canciones, la vida fue aquello para lo que estuvo preparándose y nunca llegó a suceder. Le llegó tarde. Cuando se dio cuenta, Sixto era otro hombre, con otras aspiraciones de letra, melodía y ritmo. La paciencia le sirvió para cantar. Los demás queríamos creer.

Cuesta tanto llegar a una conclusión como esta. Volamos alto, todos, queremos ver el mundo desde arriba y desplegar las alas hasta que una mañana recibimos un disparo. De fracaso en fracaso, así se labran las carreras, también aquellas de las que nadie oyó hablar, ni siquiera en las mesas de mus y carajillo. Dicen que nos quedan sus canciones, pero no es cierto. Nos deja la posibilidad de ser lo que queramos, aunque nadie lo sepa. Tú lo sabes y eso es lo único que cuenta. Sixto lo canta. Y así siempre, sin encontrar apenas, apenas sin buscarlo.

Ilustración: Michele Marconi

Las Noches del Botánico

En el jardín botánico de la canción había una estatua y peces en el agua. En las Noches del Botánico hay tanta música que la luz da vida imaginada a las copas de los árboles. Porque si existe un resquicio de verano que dure todo el año este es tu sitio. Aquí podrás perseguir enigmas y beber cerveza, vino, agua o cubalibres, escuchar el lenguaje de las plantas, tumbarte a ver estrellas o seguir con la cabeza el movimiento de Rubén Blades, Moderat o Rodrigo Cuevas. Nada de eclipses, solo tardes al borde de las noches y la sensación de que es posible hacer un festival para todos, en Madrid y al que llegar andando, en coche o con un cigarro en la mano. A la ida es cuesta abajo, al volver te vienes muy arriba.

Puedes ser metálico en un campus universitario, ser lo que tú quieras ser mientras los músicos toquen con ciudad de fondo. La gente que trabaja por las noches también puede ser amable, incluso sonreír y ponértelo muy fácil. Por aquí hay muchos que encadenan días, meses, mañanas, otros saben producir y programar conciertos cuidando los detalles, todos transforman la música de masas en algo íntimo. Al compás de las horas se acaban los veranos. Este festival, en cambio, da la vuelta al mundo.

Todo empezó con Bob Dylan; se terminará con Damien Rice y algunas lágrimas. Entre los dos, cuarenta y cinco conciertos con sus respectivas postales de una playa sin playa. Si fuera posible elegir un sitio de Madrid en el que morirme sería una noche del Botánico, más que nada porque uno se siente más vivo que nunca al aire, libre, con amigos, solo entre un público que escucha y mantiene la fe en el poder de la música tocada. Al igual que Santiago Auserón, me quedaré entre el sol y el ventrículo de este lugar hecho de canciones, dibujando una elipse sobre su césped púrpura, al ritmo de un verano que será silencio porque fue nuestro y todo nuestro.

La sala El Sol

Madrid es una ciudad grande que nunca será una gran ciudad. No importa. En el epicentro de la gente fea, cerca de la Puerta, encontrarás la sala El Sol. Y es que, al igual que las estrellas lucen, «la Sol» nutre. Es más, brilla desde 1979, año en el que UCD ganó las elecciones. Sí, la democracia se fabrica con música en directo, de lo contrario nace con defecto en su absoluta imperfección. La música, en cambio, es perfecta, te gusta o no te gusta, más en vivo, todo bajo una luz roja, en un sótano entre la noche y la siguiente madrugada. Madrid lo sabe: su corazón bombea en Jardines 3.

¿Fue antes Fernando o la sala El Sol? No se sabe. A Fernando lo encontrarás en la puerta, peinado y serio, nunca amenazador, quizás porque hace de portero, aunque no ejerza. A partir de él todo es música. Música en las paredes y el aire, música de fondo por las escaleras, música cuando la banda deja de tocar y la pista se llena de piernas y besos y más música. Nada cambia. Los mismos camareros, José tras la mesa de sonido y la sensación de que nuestra memoria está a salvo bajo la tierra. Será porque la música embalsama el tiempo y el espacio, construye pirámides en el núcleo de una ciudad pueblo.

Todos quieren tocar aquí. Algunos lo hicimos varias veces. Hay otras salas, sí, pero esta tiene historia, una pequeña y firme, hecha de camisetas sudadas y de bandas que quieren volver a las canciones y al ropero. Si vienes a Madrid ve a ver a Goya, camina por la Castellana al caer la noche y asiste a un concierto sin saber quien toca. A veces, todo se detiene mientras gira. Mientras, algunos vivimos bajo la luz de un sol que suena a música. Sol, no pares nunca, nunca, nunca.

Ilustración: Vanessa Branchi

González

Enrique González Morales, Quique. Sus más allegados le dicen González. Él sonríe y observa el mundo a través de un mechón de pelo, hace canciones. Algunas roquean, otras son pequeñas, tristes para algunos, tan bonitas. Así lleva veinticinco años. A lo suyo, cada vez más lejos de lo que sucede en festivales, cada vez más cerca de un modo de hacer música que pocos entienden. Sus versos traen ausencias, su silencio enseña el aire de la calle, la música puede decirse en voz baja y con un micro. La de Quique no se parece a nadie más que a Enrique. Por eso un jardín puede cantarla. Sucedió ayer en la noche del Botánico. El verano en Madrid viene con música.

Creo que Quique dijo que «las canciones tristes me ponen contento; las malas, tristes». Tiene razón. Hay en este oficio una forma de respeto por el barro y el tiempo de la memoria. Las canciones, en realidad, no hablan de nadie porque no son de nadie, aunque hablen de todos y las malas abunden. Quique, por su parte, inventa mareas y regala armónicas en la penúltima canción. Dentro de unos años habrá toda una generación que empezó a escribir canciones después de ver a Quique en un concierto. Niños, Quique solo hace fácil lo imposible: regresar a los sitios donde nunca ha estado.

Ayer le vi saliendo del camerino. De negro. Recorría el camino bajo las farolas y los árboles. Daba las gracias, porque eso es lo que hace Quique. La generosidad implica entregar más de lo que uno tiene… sin que te cueste. Puede que esa sea la razón para escribir «de alguna manera tendré que olvidarte, tengo que olvidarte de alguna manera». Puede que nos sigamos moviendo con su música. Puede que todo fuera un sueño, el sueño de una noche. Por eso vuelve. Como el verano, como las canciones que nunca podemos olvidar, aunque queramos.

Ilustración: Rafa Mateos

Lo importante es lo de menos

Lo importante es lo de menos. Así se rige la superficie del mundo. Las cosas importantes les importan a aquellos que lo pierden todo. Es más, solo es importante aquello que se aferra a la memoria y vuelve hecho de viento. El resto, paja. Pero ¿qué es lo que importa? ¿Qué es lo que realmente importa? Ni las canciones, ni los libros, ni siquiera subir una montaña. Lo que importa es mantener cierta esperanza, abrir el pecho, darse cuenta de que la gente importante también muere. Deténte. Observa las cosas de cerca. Si las pierdes de vista entonces importan. Y mucho.

El trabajo trae desvelo a mucha gente triste. Importa poco. La fe garantiza la vida eterna. ¿A quién le importa? El dinero facilita una felicidad que viene o va. Importa aún menos. Las cosas invisibles. Esas, esas. Puede ser una mirada, un gesto, una boca o su recuerdo. Estamos ciegos si creemos que le importamos a los demás. Uno se importa a sí mismo y ni siquiera eso: el maltrato se ceba con el cuerpo. «Eres importante en mi vida», dijo antes de desaparecer de la mía. La sigo viendo en sueños.

Importa saber decir que no, importan los principios, aunque tengamos otros. Importa el porqué más que el cómo, la búsqueda más que el asesino, aquello que sucede en la intimidad frente a lo que se pone en venta. Hay que quitar y quitar para llegar al tuétano. Lo contrario implica mentirse para pasar este mal trago. Beber agua, eso importa. Lo que importa es tan pequeño, tan perfecto. Por eso yo también te ofrezco el aire de la calle. Me importas. De verdad me importas.

Ilustración: Takeshi Miyasaka

Tina, la última salvaje

La gran rueda se ha detenido y Mary sigue ardiendo. Porque no sabemos si Tina Turner era la mejor, pero sí la última salvaje en una industria donde lo que representan sus artistas empaña lo que realmente son. Tina fue Anna Mae, la hija de una madre de hielo, un rayo, un rezo, un ejemplo empapado en sudor. Y no precisamente por sus discos (si alguien recuerda el título de alguno que levante la mano), sino porque convirtió el escenario en tabla de salvación, la suya, la nuestra.

Estando viva dijo «esto es lo que quiero en el cielo: palabras que se conviertan en notas para que las conversaciones sean sinfonías». Nunca sabremos si voló tan alto, aunque la vida mejora considerablemente al escucharla, ella tan libre, tan de la música como milagro cotidiano. Al parecer su infancia y su vejez trajeron un daño irreparable. Entre medias una sonrisa para siempre, cientos de pelucas y la sensación de que algunos cantan mientras que otros cantan para espantar sus males lejos, muy lejos. Algo tendrá que ver el amor en todo eso. Ahora Tina está muerta. Por eso vivirá siempre.

Al escucharla es más fácil creer en la vida eterna, como si su voz desvelara los secretos más profundos. Quizás por esa razón nunca pasará de moda. Ahora volverá a las listas de ventas, sus canciones parecerán recién grabadas y el mundo seguirá a lo suyo, insistiendo en girar en dirección contraria. Cuando sea mujer quiero ser Tina, aurora indómita de un tiempo sin días y sin noches. Se acabó la fiesta, cerramos la jaula, silencio.

Ilustración: Ty Wilson

Sayonara, Ryūichi

Es cierto. La vida es corta. En cambio, el arte es largo, sobrevive a las lápidas y el paso de las nubes. ¿Cómo es posible si no que podamos escuchar a Ryūichi Sakamoto mientras lo entierran? Qué mejor forma de decir adiós a un amigo al que conocimos por esas melodías llenas de formas y colores. Sí, soñamos su sueño y todavía lo soñamos. Al despertar solo hay silencio. Bajo tierra, sus mechones blancos. Ahora está muerto y podemos verle sonriendo tras sus gafas, sentado al piano, Tokio al fondo. Tal es el milagro de la música.

Ryūichi decía que «el mundo está lleno de sonidos, pero simplemente no los escuchamos como música». A él su padre nunca le miró a los ojos hasta ser adolescente. Si quería decirle algo a su hijo, se lo contaba a su madre. Quizás eso le empujó a hacer música, para evitar el mal trago de escoger palabras, para alejar la angustia de la razón e invocar ese sentir entre las notas. Ayer, al enterarme de su muerte, apagué todas las luces de casa y puse la banda sonora de «Merry Christmas MrLawrence» muy fuerte. Hay vida al otro lado de la música. Siempre.

Es raro asistir a la desaparición de todo lo que conocimos. Ya no están ni Shorter ni Hawkins, adiós a Lannegan y Newton-John. Todo pasa como si no pasara nada. Ellos se van y dejan un rastro de canciones en nosotros, paisajes, vida útil y el recuerdo de unos años que no existen. Nunca es tarde para descubrir esa música tan oriental parida en Nueva York, formas tan humanas de contar historias sin usar la boca. La emoción no sigue un orden fijo. Simplemente vuela, cambia de postura, regresa al cuerpo cuando otro corazón se para. Y nunca podrán quitárnosla, aunque haya un músico menos en el mundo. Sayonara, Ryūichi. Te debemos mucho porque nunca nos pediste nada.

Ilustración: Andy Warhol

Ya no se hace música como la de antes

Dicen los viejos que ya no se hace música como la de antes. Pero antes, ¿cuándo? ¿La de ayer, jueves 1 de diciembre de 2022, o la de un tiempo feliz en el carrete? Porque la música de hoy, esa música, es la mejor de la historia. Música en cualquier parte, libre e imperfecta, creada en un estudio caro o en un estudio que es una pantalla, con una orquesta o las palmas de las manos. Nota: los discos de The Beatles suenan peor que los de Kendrick Lamar o Phoebe Bridgers. Otra cosa es lo que rodea al oyente, recuerdo, sus ayeres. Ahora, además, podemos escuchar música en un barco, con miles de cuerpos que bailan, al otro lado. Y eso es la hostia.

La música de antes es la música que seguiré escuchando. La de hoy es de Bon Iver y Mahler, Bach y Artic Monkeys. En realidad, nunca hubo un antes ni un después. Esto es un flujo en el que enredarse en los sonidos para ser felices. Quizás la mejor música de la historia tampoco sea la de hoy, sino la de mañana. Precisamente porque aún no existe. El futuro, un pentagrama en blanco con todas las canciones por vivir y por cantar. «Ya no se hace música como la de antes», dicen…

Ayer hubo en Madrid más de cien conciertos (me lo invento, fueron más). La mayoría prescindibles, música que se pierde entre conversaciones altas. A pesar de las audiencias, en una pequeña sala se hizo la mejor música jamás escuchada (me lo invento), música para nadie. ¿Dónde estuvimos antes? Empeñados en seguir las voces del miedo, miedo a nuevas ideas imposibles de entender, miedo que es un ancla que imposibilita volar alto. No hace falta destruir el pasado, no, ya se fue solo. Nadie puede destruir el futuro ni la música. «¿El futuro?», preguntamos. La música, lo mejor siempre.

Ilustración: Guy Billout