¿Cómo termina lo que no empieza?

Este año —por llamarlo de alguna manera— todos nos hemos enfrentado al problema del tiempo y su paso. De pronto, una dimensión borrosa parecida al viento no se conforma con hacer desfilar grupos de días grises encajados en sus consiguientes estaciones, sino que, al intentar forzar su flujo —siempre alentados por el advenimiento de una vacuna que tampoco parece que vaya a solucionar nuestro futuro a corto plazo— termina achatada por los polos. Vamos, un desastre. De ahí que pensar en 2019 implique adentrarse en la prehistoria, e ir más allá de las Navidades de 2020 adquiere tintes de triple mortal de necesidad. Y menos mal que este año lo íbamos a petar…

Los mayores de treinta habrán comenzado a percatarse de que, desde hace relativamente poco, las horas cunden menos. Unos porque están desbordados por el estrés y las deudas, otros porque la exploración del mundo les lleva a querer abarcar otras galaxias, tal vez dejar un legado antes de palmarla. Y así el metabolismo se ajusta a una frecuencia cardíaca más baja, a la caída del pelo de la coronilla y a una capacidad pulmonar muy lejos de la gaita de Carlos Núñez. De los menores de veinte no hablo porque tienen la culpa de todo lo malo.

El problema, y también la excepción, radica en que, habitualmente y por culpa de la segregación de tsunamis de dopamina, las circunstancias inusuales y traumáticas que nos rodean a cada segundo han dejado de “fabricar” ese famoso efecto de cámara lenta. Al contrario. De esta forma, la escala logarítmica asociada al discurrir de nuestra vida se ha ido al traste, y todos —con esto me refiero a 7.000 millones de personas— hemos acabado dándonos cuenta de que se está terminando lo que nunca llegó a empezar. Rarísimo.

Ilustración: Prince Hat, aka Patrik Svensson

No se le roba a un músico

En el mundo del arte todos somos libres de robar (y no copiar). Es más, sin esas supuestas libertades, ‘préstamos’ y licencias que músicos y compositores se toman no sería posible sorprender a oyentes y ‘haters’ por la misma razón que decorar el mundo no se concibe sin una mirada previa al pasado, en su forma más acuosa y aventurera. Sin embargo, acostumbrados a tanto foco y gloria efímera, y ahora que las Navidades nos desvalijan un año más con sus estrellas fugaces, peones disfrazados de reyes y algún regalo con olor a mandarina, es el momento de dejar bien clara una cosa: no se le roba a un músico. Repito; no se le roba a un músico.

Y con esto hago referencia a los desfalcos que cada dos por tres sufren las bandas cuando cargan o descargan durante el concierto de marras. Ahí, en esa intersección entre la calle y la rampa —de acceso al local de ensayo o la inmortalidad—, este colectivo dislocado representa el ideal democrático al que la audiencia aspira. Y da igual si ésta la conforman papá y mamá o agotan las entradas en el Wizink porque todos ellos — Taburete incluidos— han invertido ahorros, tiempo y esperanzas en un equipo que, de pronto, se desvanece para desplegarse a los pocos meses en el escaparate del Cash Converters, justo al lado de la leyenda «¿Eres ganador o perdedor?».

Es gracioso porque los músicos siempre pierden, incluso cuando el paso del tiempo les homenajea. Infancias solitarias, incomprensión familiar por dedicarle más horas de lo recomendado a la “dichosa guitarrita”, buitres con traje de representantes, descargas ilegales, promotores aprovechándose del entusiasmo a coste cero, liquidaciones de las ‘multis’ de un dígito y medio y mucha diversión… así es su vida. Por favor, ladrones de instrumentos, ténganlo en cuenta antes de adueñarse de lo ajeno y salgan del país lo antes posible. Jorge Ilegales les busca, les encontrará, les triturará y les incluirá en su colección de casetes piratas.

El silencio: ese momento que fuimos postergando

Siempre y por estas fechas, oscuras para unos e iluminadas con trineos tirados por ciervos para otros, nos acordamos de los que ya no están, pensamos en aquellos a los que vemos más bien poco (porque la vida es un poco eso), realizamos promesas que la mayor parte del tiempo no cumplimos pero que de alguna manera nos redimen de esa angustia vital… y así año tras año.

Porque si uno lo piensa fríamente, ¿de verdad nos importa la gente a la que vemos una vez cada lustro o a la que enviamos un mensaje para felicitarles el año?

Las respuestas son múltiples, tantas como las circunstancias que nos rodean, y sin embargo estoy seguro de que todos nosotros albergamos esa duda (¿o es esperanza?), la misma que imposibilita que no veamos con regularidad a nuestros amigos de siempre (cuatro o cinco nada más —siendo esto mucho—), que llamemos a nuestras hermanas o a madre para preguntarles si están bien aunque ya sepamos las respuesta porque el no hacerlo implicaría que la próxima vez podría haber una silla vacía, un cubierto menos, un mensaje no leído, un silencio.

Incluso el tamaño del silencio que rodea a las personas es distinto: unas representan una simple pausa, unas cervezas, un orgasmo, a lo sumo unas vacaciones, otras un punto y aparte, una relación sentimental, un receso, un plan de vida y otras, las menos, conllevan un vacío que da miedo.

Quizás es a eso a lo que tememos, a ese momento que fuimos postergando y que acabó convertido en una mano invisible que tapa nuestras bocas, la afasia de la ausencia, la vida guardada en la memoria de aquellos que más nos quieren, el espíritu de la navidad los 365 días de un año que nunca acaba…