Ese niño

Ese niño soy yo. Y ya no existe. La foto evidencia que puedo ser tan viejo como las piedras de la catedral, que aquella fue la era del Simca 100 y el Talbot Horizon. Hoy, en cambio, la densidad capilar se difumina, ojeras, el gusto a la hora de vestirme ha mejorado. Creo. Por su parte, el tiempo se encargó de enterrar muchas de mis aspiraciones: ser médico, alto, vivir en América. Porque crecer se parece poco a hacerse viejo. Quizás no deberíamos crecer; quizás deberíamos aprender a morir antes. En todo caso, la vejez conlleva un dolor que los niños desconocen. De ahí la sonrisa. Lo más extraño es mi deseo de no mirar atrás. Prefiero mantener mis rodillas intactas y hacer ruido al agacharme. Ese niño fui yo. Y todavía existe.

Nunca entendí a los mayores que desean volver a ser niños. ¿Para qué volver a lo que nunca dejamos de ser? Observo a los adultos y solo veo en ellos rasgos de niños que se parecen a sus padres. Le sucede a madre cuando se sienta en la silla del hospital y habla con sus hermanas. Las tres son viejas, las mismas niñas que iban juntas al colegio. Todas son bellas de una manera incomprensible. Vivieron y, a pesar de la soledad y el dolor omnipresente, se levantan de la cama, preparan café y salen a la calle. Las tres sonríen cuando miran a la cámara. El sol calienta sus envejecidos rostros.

Lo más difícil de hacerse mayor consiste en aceptar lo que nos pasa, pero sobre todo lo que nunca llega a suceder. Estar en paz con nuestro mundo —el mundo es otro— cuesta. Y uno insiste en los mismos errores, y el horror parece perseguirnos allá a donde vayamos. Pero uno insiste. Solo aspiro a no convertirme en un viejo cascarrabias, de esos que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esos viejos ni siquiera recuerdan sus manos manchadas por las alas de una mariposa ni el sabor de las moras. Si fuimos niños entonces podremos seguir siéndolo, como ese niño, el mismo que seré dentro de muchos años. «Crecer o no crecer», me digo. Esa es la única pregunta que importa.

Piscinas

Las piscinas son una forma de vida rara en la Tierra, más las públicas, siempre con bañistas buscando sombra, siempre refrescando a falta de mar o ríos cerca. Porque ir a la piscina tiene algo de triste, no necesariamente malo, como si conformarnos fuera la norma de este calor piedra. En la del barrio sólo dejan meter crema, pareo (enorme) y chanclas; las bolsas, el bocadillo y los caballos están prohibidos. En cambio, hay niños y los guapos se juntan con los guapos y los viejos con otros viejos guapos. Todo gira alrededor de un agua azul cloro sin cloro, sin barcos ni monstruos en el fondo. Los naufragios se concentran en un borde ocupado por chicos monos mojándose las rodillas. Les llamo «las sirenas». Los demás, hacemos lo que podemos medio en bolas.

Hay algo extraño en las piscinas: la gente lee. Bueno, al menos sostiene un libro hecho de páginas. Yo llevé uno de Bolaño y casi me lo quitan en la entrada por ocupar lo que un caniche. Leí dos minutos y observé a otras mujeres que leían. Los hombres leían bañadores finos entre líneas. El socorrista parecía sediento bajo la sombrilla. «Tenemos buena piel los españoles», me dije mientras un señor de ochenta años hacía estiramientos en tanga a dos metros de mi toalla. También hay esquizofrenia en las piscinas. Pero preferimos ignorarla antes que pasar calor.

Me gustaría tener una piscina en casa para llenarla de libros. También para educar a algunos respecto a la desnudez. Es más, la ciudad debería ser una piscina llena de gente con historia y cicatrices, con sus colgajos y sus bíceps sobredimensionados, gente que es poca carne y mucha agua, gente vulnerable a pesar de su empeño en parecer feroz. Quizás eso sea lo bueno de las piscinas, su democracia al aire, la promesa de un mar inalcanzable, un bañador que se seque rápido, más rápido. Prefiero la ría de Arousa, por esa razón veraneo en la piscina. A veces, la humedad abre grietas en la superficie. Será que el mundo necesita vacaciones.

Ilustración: Hiroshi Nagai

¿Arderán las calles?

Resulta conmovedor asistir a la escena: grupos de adolescentes limpiando Logroño después de las revueltas contra el toque de queda. Precisamente ellos, una generación no sólo privada de futuro, sino también de presente, se ven en la obligación de desmarcarse y poner el foco en un malestar social que corroe los cimientos y bohardillas de esta sociedad enferma. Y es que del cabreo y hartazgo nadie se libra, ni siquiera los que siguen llevando la misma vida, al menos hasta las 12 de la noche. La cuestión ahora, 24 horas antes de que Estados Unidos decida inmolarse o alejar la cerilla del bidón de gasolina, es saber si es posible, de seguir así las cosas, que terminen ardiendo las calles de todas las ciudades, pero no a causa del fuego, sino de las desigualdades internas.

Como siempre en estos casos, los gobiernos nacionales lanzan mensajes apelando a la unidad y el sacrificio, mantra repetido desde tiempos inmemoriales y que sólo tiene sentido en un porvenir que va a peor a pesar del tiempo. Porque las cosas pasan, pero mientras pasan se nos va acabando la paciencia y un poco también la vida. Poco importa si es la ultraderecha quien está detrás de los disturbios, o los negacionistas negados o el anarcoliberalismo trumpista con capuchas de la izquierda radical… Si no se toman medidas para reforzar la sanidad y los hábitos básicos de la población los siguientes en rebelarse serán los del Imserso.

Hay que reconocer que la imagen de miles de incendios recorriendo la faz de la tierra al caer la noche es muy potente, que incluso algunos puedan desear arder en un momento de debilidad, cuando el sueño se aleja de los párpados. Pasados esos momentos de calor a discreción la única idea a la que aferrarse, pequeños, grandes y medianos, es que es «algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta». ¡Evitemos a toda costa caer en la tentación de la derrota, invoquemos al agua como fuerza motriz del cambio!

Ilustración: caja de cerillas

Cuando te enteras de que tu ex va a tener un hijo

De entre todas las sensaciones que implica el hecho de ser fieramente humanos, y por lo tanto complejos hasta decir basta, hay una que es, sin lugar a dudas, la más difícil de precisar porque en ella se dan cita los pasados vividos, niveles residuales de hormonas con cierto extravío atávico y la incertidumbre de saber qué sería de nosotros si hubiéramos tomado la decisión de aguantar. Por supuesto, cada uno la experimenta a su manera, pero tras encuestar a mi entorno más íntimo — Tinder y Tik Tok— debo reconocer que enterarse de que nuestro o nuestra ex ha tenido (o va a tener) un hijo con una pareja que casi siempre nos recuerda a nosotros es raro, precisamente porque escapa a cualquier definición. Y digo raro… ¡Qué coño, rarísimo!

Para añadir más incógnitas a esta ecuación da igual si hace años que no pensábamos en el ex en cuestión (ni siquiera para tocarnos); si estando juntos lo único que hacía era contarnos sus mierdas, proponer visitas sorpresa al pueblo familiar o empeñarse en exprimir el finde cuando a uno lo que le apetecía era quedarse en casa (que para eso la pagamos)… Da igual, alguna vez le quisimos y es verle con el niño en brazos y sufrir un retortijón de entrañas, sentirnos malas personas porque sí, compartimos su felicidad y, sin embargo, no salimos en la foto: ¡hemos sido expulsados de una vida que aborrecíamos!

Así somos, volátiles, satélites alrededor de una órbita fiel y Lowenstein, presos fuera de un mundo perfecto en su concepción y terriblemente imperfecto en su devenir diario. También es cierto que el trauma dura poco, y aquel residuo umbilical que nos unía termina volatilizándose como una aspirina efervescente, sobre todo al advertir lo que ahorramos en pañales y dolores de cabeza. Ese niño, además de representar una oportunidad extranjera, viene con un adiós desprovisto de amargura. Por mi parte espero que les vaya bien, siempre. A todas.

Ilustración: Flore Gardner

¿Importa tanto perder un año?

De pronto, el tiempo importa más que la muerte. Así los padres se rasgan las vestiduras al enfrentarse a la posibilidad de que los hijos, a partir de septiembre, continúen con su formación en un año no presencial y sí lectivo, como si los niños y los adultos no lo perdieran todo el rato, en el pupitre, la oficina y un atasco. Tampoco se libran de estos miedos aquellos sin descendencia, precisamente porque la dimensión física que representa los estados por los que pasa la materia, el tiempo, ha sido desgajada de la única variable sobre la que se asienta nuestro presente. El avenir en 2020 ni se escribe ni existe, sólo se transforma. Y además a peor.

El problema al que nos enfrentamos, además del tsunami de mierda acercándose por la derecha, es que desconocemos las consecuencias de perder un año de manera consciente en el transcurso de una vida más o menos larga. Nada de estupideces, ni momentos de desconexión o eso de dejarlo para mañana. Ni siquiera el típico asueto para pensar en futuros posibles. De lo que se trata, aquí y ahora, es de suspender la existencia porque las horas en diferido se dan por perdidas, y el terreno ganado por la enfermedad nos bloquea, apaga el grito. Y ya es septiembre.

Resulta que muchos navegantes que recorren el mundo en sus veleros blancos no saben nadar, un poco como nosotros, pero con una diferencia fundamental: somos a la vez náufragos y timoneles intentando dejar atrás deseos y anhelos, negándole la comida a un monstruo acostumbrado a tener su ración diaria de contenido, esperando sin ser conscientes de que no hay nada más que esperar que este instante, único, preciso, nuestro. Historia y mar.

Ilustración: https://kirstensims.myportfolio.com/

Casas de apuestas donde juegan los niños

El 8 de febrero de 2013, el gobierno de la Comunidad de Madrid anunció que Alcorcón se convertiría en Alcortown, una versión aún más chusca de Las Vegas con capacidad «todo al negro» para reducir el paro en la región y atraer a jugadores, busconas y traficantes de toda Europa… en nombre del progreso. Finalmente, los americanos se retiraron de la jugada, muchos sentimos cierto alivio al comprobar que por una vez «Spain was different«, y dejamos el problema en manos de las futuras generaciones. Vamos, lo de siempre… pero en 3G.

Seis años después despertamos de ese sueño ludópata y las viejas continúan cantando bingo entre respiradores, los espías hacen la cola para tachar el 1, la X o el 2, y los adolescentes —desprovistos de peonzas, cines y botellones— han encontrado en los Luckia, Slotscity y Royal Crown sus particulares áreas de recreo donde invertir la paga con la esperanza de hacerse tan ricos como José Coronado, Casemiro o Ronaldo, imagen estelar de negocios con intereses oscuros.

Resulta que, además, estas casas de apuestas proliferan al ritmo del 5G por los barrios más humildes, cerca de los colegios y en los anuncios de Facebook, al tiempo que retienen a una clientela menor de edad con la oferta del día: alcohol gratis, un metro cuadrado de moqueta + «Bono de Bienvenida de 20 euros» y la posibilidad de cambiar el rumbo de sus vidas jugando, es decir, divirtiéndose. Por desgracia, el oponente al que se enfrentan no es El Gordo de Minessota ni la posibilidad de perderlo todo, sino la supuesta falta de carácter asociada a la adolescencia. Abuelos, padres, hermanos mayores, llegamos tarde, precisamente porque el juego siempre será percibido como cualquier otro medio (lícito) de ganarse la vida, una nueva ruleta rusa coleccionable en la que pierden los de siempre.