En lo inesperado está el regalo

Esta noche, como cada enero, tres hombres se inclinarán ante un recién nacido. Así comienza la infancia, vida idolatrada que huele a mandarinas e insomnio. Esta misma noche, los niños recibirán una muñeca, el libro que no querían, la esperanza de desenvolver regalos. A los mayores les entrarán las prisas. Así pasan los años, nada cambia. Los niños se hacen mayores, dudan entre la falta de ilusiones y el deseo débil, rompen juguetes, intentan repararlos sin saber cómo. Todo es juego, como es juego inventarse que los reyes son los padres. Nada más serio que jugar despierto.

Los mejores regalos son los que no se compran, un dicho de viejo que los adultos olvidan fácilmente. Ahí están ellos, más canosos, con alientos condensados por el frío y manos cargadas de promesas. Se detienen en el escaparate, observan su reflejo y se preguntan qué ha pasado. Desearían ser sus hijos, revivir aquellas noches en las que padre era inmortal, madre tenía algo de Dios y los villancicos no presagiaban una guerra nuclear. Si los niños representan el futuro, ¿por qué ese empeño en mirar atrás, tan lejos? Unos nacen por primera vez; los otros creen en la memoria.

Entonces ocurre. Puede ser el resplandor de las luces disuelto en el invierno; la voz de hermana al otro lado de la puerta; un autobús dirección Sol; lo perdido que aún nos late; el fin del miedo; aquello que esperamos, que nunca sucedió y ahora sucede; pasos perdidos en la nieve; una mancha de vino en el mantel; esa noche que atraviesa el espacio desde el 89 y amanece en enero de 2023; barbillas sonrojadas por dentro del abrigo, un gesto de él en otra cara, de ella entre otras ellas. En lo inesperado está el regalo, siempre. Y también la magia.

Ilustración: Hiroshi Nagai