Searching for Sugar Man

A todos nos gustan los cuentos de redención. Un músico que trabaja en una obra, la actriz del bar, el escritor en la Administración que, después de años de penar, alcanzan el reconocimiento. De alguna forma, la imposibilidad de vivir de una pasión es algo tan humano que estas historias nos conectan con anhelos enterrados bajo la gravedad del día a día. Le sucedió a Sixto Rodriguez en dos ocasiones. La primera gracias al documental «Searching for Sugar Man»; la segunda… la noticia de su muerte. Entre medias, su música pequeña, acústica, hecha de colores para una vida en blanco y negro. Nos deja una enseñanza: debemos hacer lo que nos late, como si no hubiera gente esperando, como si fuéramos a morir sin público asistente.

Sixto lo hubiera hecho de todos modos. Daba igual si había poca pasta o no contaba con músicos de fama. Se trataba de encontrar una razón para levantarse y caminar despacio con la guitarra a cuestas. Las gafas le protegían del resplandor del éxito. Tuvo que alegrarse al saber que su música había sido popular en Sudáfrica, quizás en Marte. Pero daba un poco igual, estaba escrita, el sueño eran canciones, la vida fue aquello para lo que estuvo preparándose y nunca llegó a suceder. Le llegó tarde. Cuando se dio cuenta, Sixto era otro hombre, con otras aspiraciones de letra, melodía y ritmo. La paciencia le sirvió para cantar. Los demás queríamos creer.

Cuesta tanto llegar a una conclusión como esta. Volamos alto, todos, queremos ver el mundo desde arriba y desplegar las alas hasta que una mañana recibimos un disparo. De fracaso en fracaso, así se labran las carreras, también aquellas de las que nadie oyó hablar, ni siquiera en las mesas de mus y carajillo. Dicen que nos quedan sus canciones, pero no es cierto. Nos deja la posibilidad de ser lo que queramos, aunque nadie lo sepa. Tú lo sabes y eso es lo único que cuenta. Sixto lo canta. Y así siempre, sin encontrar apenas, apenas sin buscarlo.

Ilustración: Michele Marconi

La insistencia

Insistir no ya como modo de vida, sino como norma o plegaria sin dioses de por medio. Persistir, mantenerse firme. Instar reiteradamente. Repetir o hacer hincapié. Hacerlo muchas veces mucho con la intuición de que, detrás de la puerta, no habrá nadie, que estás solo y, sin embargo, algo se despierta en ti si la golpeas. Cuidado. Repetir un mismo acto esperando diferentes resultados supone jugar con la locura. Esto es otra cosa y además es muy cansado. Ayuda el prescindir de expectativas, castillos en el aire, sueños a lo ancho de un trayecto en el que te crecen amapolas en los nudillos y la dictadura de lo imprevisible acota y noquea. Es así, nada sucede a nuestra voluntad, más bien todo lo contrario.

Cuesta verlo. Alguna cosa se le concede al que insiste bien y ama mejor, casi nunca al que se la merece. Hay en ese movimiento cíclico y hacia delante un elemento de perseverancia que en ocasiones pasa por obstinación. Se observa en la naturaleza y la falta de talento, única garantía de que continuar con la práctica diaria, escalas, versos, bocetos, brochazos, conduce al fracaso en sus múltiples formas y colores. Seguir, seguir y seguir. Y luego sigues.

Nada puede intimidarnos, quizás ese amigo íntimo que nos mira con pena por continuar en el error. ¿Quién acierta? ¿Cómo saber que los demás lo hacen bien respecto a uno? Hay que compararse con el que fuimos ayer o hace dos días, diez años, un segundo. También con una hormiga. Quisimos incendiar el mundo y, sin embargo, cuesta tanto encender una cerilla… Reitero: de tanto porfiar encontramos la manera. Hacer un poco más, recuperar el trazo y saltar desde el alambre. No se vive, se insiste. Y así.

Ilustración: Guy Billout