¿Todo bien?

Te preguntan «¿todo bien?» (escrito en las paredes del gimnasio) y algo te dice que debes ser sincero, pero nadie ni en la forma ni en el fondo busca una reacción honesta. Así, una fórmula de aproximarse al otro se ha ido convirtiendo en un saludo más que en una inquietud real. «Todo bien». El que lanza el acertijo no parece interesado en desvelarlo; el que debe responder (qué menos) prefiere evitar entrar en detalles por miedo a parecer un plasta. «Todo bien», mentimos ante una pregunta prefabricada con su propia respuesta, envuelta en un misterio irresoluble. El flujo se mantiene; la vida sigue su curso a toda hostia.

Cuando se pronuncian estas dos palabras entre dos signos de interrogación se abre una rendija hacia lo íntimo. »¿Todo bien?»… algo podría no estarlo. Hay una carga emocional de todo lo que se calla, y ahí, en ese cruce, las dos partes fingen; una dando entender que existe una probabilidad de que algo vaya mal, la otra se defiende al advertir que es posible entablar una conversación, una posibilidad de mostrarse vulnerable, un rato para decirse las cosas que, inevitablemente, van como el culo. A llorar a la peluquería.

De esta forma, lo funcional reemplaza a lo emocional. Tiene que estar bien, ¿cómo lidiar con la verdad? Imposible. Cuánta violencia, cuánto desinterés en lidiar con los problemas ajenos. La pregunta, en principio abierta, clausura, una forma de empatía impone una particular forma de bienestar, la preocupación manifiesta por la felicidad ajena da lugar a una contradicción y un drama: preguntar sin querer saber. La paz de la ignorancia, la tormenta de la verdad. «Sí, todo bien, vete a la mierda».

Ilustración: Giselle Dekel

Pensar

He pensado en mi casa, en lo que será de ella cuando no esté aquí. Quizás sea adquirida por una familia con niños y un cactus, quizás será la casa de alguien con un piano y música en los dedos. He pensado en mí cuando sea un recuerdo, un recuerdo breve, menos incluso, solo frío olvido. Porque llegará el día en el que nadie piense en mí ni en nada de lo que yo hice, que vendrán otros más jóvenes que harán lo mismo más deprisa. He pensado en los discos y en los libros, en las palabras y en el cenicero azul. He pensado en todo sin querer, igual que sale el sol después de la lluvia. He pensado en lo poco que somos y lo mucho que vivimos esperando.

He pensado en el jardín de debajo de mi casa, en las flores que nacerán cuando el calor ascienda hasta el octavo. He pensado en el ciclo del tiempo y las mareas, en todas las cosas que quise hacer y nunca hice. Quizás fue el miedo o la pereza, quizás fueron las ganas de querer hacerlo todo. He pensado en mis errores, en el valor que tiene equivocarse. Es bonito saber que somos leves, que nos tomamos tan en serio hechos de aire y pétalos. He pensado que pensar nos vuelve locos. Mejor sentir algo, aunque sea la respiración de otro.

He pensado en el cielo de encima de mi casa, en los pocos pájaros que vuelan. Al pensar me di cuenta de que pensar es un trabajo, de que pensar mal de uno mismo es costumbre. Quizás debí haberme quedado en Londres, quizás debería dejar de creer que lo que mas duele es añorar aquello que no ocurre. La gente que piensa poco parece más feliz, lo veo en sus ojos, sonríen y duermen siete horas. He recorrido todo el planeta pensado que volaba y por esa razón regreso a casa. Mi casa ni me piensa ni me juzga, es un estuche de felicidad al que regreso. Pienso en lo que queda enterrado bajo tantas capas de pensamiento; ternura, un colchón, canciones. Llegará el día en que ya no piense más en ella.

Ilustración: Lushuirou

Díselo antes de morir

Naces con un grito. Creces, buscas una conexión, algo parecido a casa en los ojos de un amigo o una hermana, tal vez en un padre inalcanzable. Se trata de un instante que reverbera siempre y para siempre en ti, en un cielo iluminado por una bombilla, en una habitación a oscuras. No es nada más que el rastro del amor, un amor que anhela salir del cuerpo y darse al otro con un gesto, pequeñas demostraciones tan necesarias como el aire. Nunca te lo guardes, convierte lo invisible en tacto de palabras. Díselo antes de morir, antes de que sea demasiado tarde.

Porque los peores arrepentimientos se originan en lo que no haces, nunca en los errores cometidos. Ten en cuenta que hay personas que no piden nada, que no anhelan vueltas rápidas ni castillos por encima de las nubes, tan solo quieren oírtelo decir, oír que fueron parte de tu orgullo, que te hicieron falta y te hicieron bien de alguna forma, que sonreíste teniéndolos cerca, aunque fueras un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. Al decirlo en alto es posible despedirse sin decir adiós del todo.

Todo lo que no se dice no existe. Todo lo que cuenta es tan pequeño que muchos prefieren esconderlo. La importancia de las cosas poco tiene que ver con el impacto en el planeta, sino con su efecto en los que más te quieren. El resto, ruido en descomposición. Algunos callan porque andan escasos de valor; la mayoría tiene poco que decir y nunca calla. Esos que callan tanto sienten de una manera tan humana que prescinden de palabras. Pues bien, este es un recordatorio para un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. La vida es demasiado corta, pero se acorta aún más si no dices «te quiero» en tiempo.

Ilustración: David Shrigley

González

Enrique González Morales, Quique. Sus más allegados le dicen González. Él sonríe y observa el mundo a través de un mechón de pelo, hace canciones. Algunas roquean, otras son pequeñas, tristes para algunos, tan bonitas. Así lleva veinticinco años. A lo suyo, cada vez más lejos de lo que sucede en festivales, cada vez más cerca de un modo de hacer música que pocos entienden. Sus versos traen ausencias, su silencio enseña el aire de la calle, la música puede decirse en voz baja y con un micro. La de Quique no se parece a nadie más que a Enrique. Por eso un jardín puede cantarla. Sucedió ayer en la noche del Botánico. El verano en Madrid viene con música.

Creo que Quique dijo que «las canciones tristes me ponen contento; las malas, tristes». Tiene razón. Hay en este oficio una forma de respeto por el barro y el tiempo de la memoria. Las canciones, en realidad, no hablan de nadie porque no son de nadie, aunque hablen de todos y las malas abunden. Quique, por su parte, inventa mareas y regala armónicas en la penúltima canción. Dentro de unos años habrá toda una generación que empezó a escribir canciones después de ver a Quique en un concierto. Niños, Quique solo hace fácil lo imposible: regresar a los sitios donde nunca ha estado.

Ayer le vi saliendo del camerino. De negro. Recorría el camino bajo las farolas y los árboles. Daba las gracias, porque eso es lo que hace Quique. La generosidad implica entregar más de lo que uno tiene… sin que te cueste. Puede que esa sea la razón para escribir «de alguna manera tendré que olvidarte, tengo que olvidarte de alguna manera». Puede que nos sigamos moviendo con su música. Puede que todo fuera un sueño, el sueño de una noche. Por eso vuelve. Como el verano, como las canciones que nunca podemos olvidar, aunque queramos.

Ilustración: Rafa Mateos

María y el silencio

María trajo silencio. Se limitaba a acomodar su cuerpo sobre el edredón, el sudor por dentro de la nuca. Luego respiraba por los ojos frente al universo. Bajito, sin esfuerzo, como esos ríos que parecen lagos, tan profundos, tan silenciosos, tan de mar. Su silencio evitaba los malentendidos, convertía las palabras en algo inútil, sucesiones de vocal y consonante que nadie necesita cuando su omisión lo dice todo. Las palabras están sobrevaloradas. Palabra de escritor, silencio de María, ese silencio nuestro.

Hace tiempo que los humanos dejamos de escuchar silencios. Será porque no existen. En ausencia de ruido, el sistema linfático y sanguíneo resuenan imitando a los obreros. Todo es pensamiento, coches, miedo a la desnudez que trae la calma. María descifraba el estruendo de dos que callan, parecía cómoda en un paisaje líquido porque, sin volumen, la vida recupera su dimensión casi sagrada. Shhh.

Dicen que «el camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio». No lo creo. El silencio nos permite observar lo pequeño desde el lugar que le corresponde, un espacio donde no somos en el tiempo, sino que el tiempo es en nosotros. Solamente aspiraremos a ser libres si aprendemos a no decir nada. Qué extraño. Todavía escucho a María en esa cama, mirando el techo y por lo tanto al cielo. Eran las diez de la noche de un silencio. Y comenzó a llover ahí fuera.

Ilustración: Simon Bailly

Si estuvieras aquí

Si estuvieras aquí te miraría a los ojos muy despacio

Te miraría a los ojos suavemente

Acercaría mi pupila a tu iris negro

Y con la mano libre abrazaría la serpiente de tu espalda

Si estuvieras aquí cerraría las persianas

le pediría al aire que no entre

Tú y yo nos bastamos para celebrar la vida secreta de los árboles
el vino y la luna

Si estuvieras aquí te diría algo, poco, una palabra

Acerca de un viaje sin movernos, casi un susurro

Y con la mano ocupada sentirías viento

Después no habría más palabras, porque lo que no se dice es lo único que importa

Si estuvieras aquí…
pero estás en otra parte,
y la noche es más larga que cualquier invierno

Ilustración: Guy Billout

Solertad o libercismo

No se sabe muy bien qué sucede en España, nuestro mundo. Resulta que además de traiciones e infartos de miocardio, cada mañana asistimos a un fenómeno extraño: el significado de las palabras está cambiando, se difumina hasta alcanzar niveles dignos de una ficción de Pajares y Esteso. El ejemplo más claro es el eslogan de esa mujer de mirada e intenciones espurias: socialismo o libertad. Nótese el empleo, para nada casual, de la conjunción o que expresa diferencia, separación o alternativa entre dos o más personas, cosas o ideas. O eres de uno, susto y muerte de izquierdas, o eres de otra, la pizza con piña y de derechas. Elige. Y es ese punto cuando surge la necesidad de pensar por qué.

Así nos encontramos con que el socialismo del año 2021 es sinónimo de expropiación, quema de iglesias, supresión de privilegios, revolución bolivariana y castración de la iniciativa individual. Su significado, aunque resulte impensable, es otro bien distinto y aparece recogido en la RAE. En cuanto a la libertad, y sobre todo en un país llamado Madrid, su empleo está asociado a tomarte unas cañas y una de bravas cuando te salga de los cojones, olvidando que la propia existencia es el mayor acto de rebelión conocido. Lo sé, es complejo, pero se entiende mejor en el último párrafo. Y con una escena de la película «Easy Rider«.

Billy (Denis Hopper) le cuenta a George (Jack Nicholson) que el mundo se volvió cobarde, tiene miedo de alguien que vive encima de una Harley Davidson. George le explica que no tienen miedo de él, sino de lo que representa. ¿Miedo de un tío que necesita un corte de pelo?, replica Billy. No, tú representas la libertad, contesta George. De eso se trata, ¿no?, de ser libres, insiste Billy. Hablar de libertad y ser libre son cosas distintas, continúa George. Es complicado ser libre cuando te compran y te venden en el mercado, pero nada de recordarles que ellos no son libres porque entonces se cabrearán y estarán dispuestos a matar para demostrarte lo contrario. Se vuelven peligrosos. Pues eso.

Ilustración: http://www.tristaneaton.com