Ya no sé quién eres

Sucedió de repente, tras años de tardes y mañanas con sus madrugadas al borde del colchón. Creímos intuirnos, saber lo que pensaba el otro en otra lengua. En algún momento prescindimos de sujeto y predicado, incluso de los actos que los acompañan, tal es la manera de latir de cada uno, muy juntos, cuerpos flacos en espacios separados por tabiques: yo tras las ventana con vistas a un muro de cal, ella en la habitación de la escalera, un invento que sirve para colocar la ropa. A veces, comíamos pronto, poco, tomábamos el sol por puntos cardinales, el este y el oeste en una casa del centro de Madrid. Con la noche, ella abría una botella. A mí me gustaba ver cómo es posible vaciarla sin ayuda. La felicidad es eso que no sabes que pasa.

El tiempo sutura a los números pares, aunque viene mal para la piel, es cierto. Entonces todo tiene una razón que se comparte. Un viaje a Suecia, dar vueltas alrededor de la manzana, regresar pronto y reconocer su olor en los cajones, el desorden nuestro. Como siempre, todo cambia cuando lo damos por sentado. Si el amor tiene algo de accidente, la ruptura es el lugar por donde sangras. Y la distancia ahoga lo que va hacia dentro, disuelve vínculos inoxidables.

Ahora ya no sé quién es, o eso me digo. Los silencios tienen otro volumen, implican decir en alto lo que preferíamos guardar al otro lado. Eso fue antes. De nosotros queda lo vivido, más tarde un recuerdo de dos que apoyaban los codos en la mesa y veían al mundo despertarse. Sé que volveré a reconocerla, en el movimiento de las estaciones, en el rumor de esos años que me enseñaron a agradecer sin pedirles nada a cambio. Tampoco importa. Tuve la suerte de romperme frente a ella, de espaldas a un verano en el que todo arde.

Ilustración: Guy Billout

El sacrificio

Toda relación amorosa implica una forma de humillación. Nada de gloria o recompensa, más bien un ir haciéndose que, a veces, da sentido a todo. Otras, las menos, conduce a placentas oscuras, cristales cóncavos, ángulos muertos. Es precisamente ahí cuando surge el sacrificio, pero no el de la atadura de Isaac y los gimnasios, sino una vida que implica la supervivencia de la pareja, también la ruina con vistas a cargar agua entre las manos del otro. El caso es que siempre podemos soportar más y un poco más, incluso ir a favor de la primera ley de la conservación de la materia sin tener carrera: «La masa consumida de los reactivos nunca es igual a la masa de los productos obtenidos». Química humana toda ella.

Entonces llega el miedo a querer, a dejar de ser amado o a una equis de combinaciones por pares, variable de carne y zonas comunes con forma de desgaste. Y llega el deterioro. Sorprende comprobar que surge de repente, ¡entra!, con algún indicio previo entre los más cercanos. Es cierto, saben más ellos de nuestra relación que nosotros mismos, precisamente porque la pareja se percibe desde fuera como un accidente. Dentro todo sucede tan deprisa que ese movimiento se intuye al correr, nunca pasa por delante del escaparate. Ese es el miedo del que hablo, lo llaman soledad y los otros la ponen a la venta.

Sufrir o no sufrir, sacrificarse, ponerse en lo más alto de una cruz tallada por si acaso, que decore solamente. ¿Hasta dónde llegar en el empeño? Solo espinas y una herida en el costado, venga. Y sudas, y como esto no va de éxito tampoco sabes si el límite lo marcas tú o el tiempo. La duda de saber si el otro haría lo mismo acecha en sueños y con el café de la mañana. Resulta que da igual. Insistes por amor, oxígeno que enciende el aire de las noches cálidas, la única razón por la que vivir ardiendo.

Ilustración: Guy Billout

El manual del buen comedor de coños

Mucho se habla de la dieta mediterránea, de los fantásticos restaurantes desperdigados por Madrid, San Sebastian y Barcelona, mesas ricas en colores y sabor, paraísos perdidos bajo un sol pintado en los que la cultura del «buen comer» alcanza cotas totémicas, siempre acompañados de digestiones eternas envueltas en nubes de humo y aguardiente. En cambio, a pesar de la proliferación de guías, menús-degustación para carnívoros, alérgicos, veganos e intolerantes a la lactosa, ¿por qué resulta tan difícil encontrar el manual para comer un coño como Dios manda?

Y antes de introducir mi lengua en un tema tan «es(c)abroso» hago un llamamiento a todos aquellos a los que les da asco: el ignorante, si calla, será tenido por erudito, y pasará por sabio si no abre los labios. Pues eso.

Descartado el egoísmo del arte del cunilingus, y tras una ronda de preguntas entre mujeres —de la que excluí a mi madre por razones evidentes—, he llegado a varias conclusiones que, como siempre, están sujetas a interpretaciones subjetivas, pero que arrojan algo de saliva sobre el tema. Y es que chupar una vulva correctamente implica olvidarse del ruido de ahí fuera y convertir los genitales femeninos en el centro de un universo con forma de colchón y bragas en el suelo, alternar lengua y succión, paciencia y soplidos, escribir las letras del abecedario sobre la c del clítoris y convertirlo en una fruta, una pera dulce, un plátano o un mango lúbrico, tú eliges, generando (en movimiento) humedades en todas las regiones de la cara del emisor, barbilla, pestañas y frente incluidas.

Los dedos son siempre bienvenidos —despacio, que esto no es un túnel de lavado—, y junto al ritmo del mejor taquígrafo del Congreso, supervisado por algún juguete que imite a un conejo, risas y comunicación verbal en el epicentro de unas manos firmes sobre la nuca, llega el deshielo. Siempre con tiempo, el suficiente para que la cena se enfríe y ella explote varias veces en nuestra lengua porque ¿no es acaso el orgasmo femenino el sonido más bonito del mundo?

Qué curioso; hablamos de sexo oral y aquí nadie ha abierto la boca salvo para decir ¡me corro!