La combinación de tu cabeza

Hay una combinación en tu cabeza, secreto con fecha escrita a mano alzada. Tú, el silencio, tres misterios. Lo que sea con tal de evitar grietas de luz que manchen bien adentro, extraña forma de mantenerse a salvo de las circunstancias, esos yos en ti y el infinito. Tú hermético, el mundo al otro lado. Mientras, los caballos arden en el monte. Algunos intentarán salvarte, abrir la caja fuerte que late cada día menos. Del libro de instrucciones: girar el dial hacia la izquierda alineándolo con el número del marcador y pasando el primer número tres veces. Así pasa el verano, el sol del tiempo, hojas de cloro sobre la piscina.

De poco sirven las palabras para darle vuelo al contenido, renglones al margen de una vida todavía útil. Le pasa a todo el mundo. Nada sucedió como previsto y uno debe contentarse con salvar algo del incendio, verlo de lejos, aunque por tu hermetismo se diría que estás dispuesto a perderte todo tú. Sí, sopla el Ábrego, el oxígeno aviva el fuego, así que lo normal sería girar el dial a la derecha pasando el segundo número dos veces. Lentamente, tampoco se trata de querer ir a ningún lado. Qué piel tan fría la de los humanos.

Átomos. Tu cifra preferida siempre fue el siete. Trayectorias curvas para resolver enigmas. Hace falta acabar con lo empezado, girar el dial a la izquierda pasando el tercer número una vez. Me detengo. Escucho algo que las ciencias exactas físicas y naturales ignoran. Espero. El cerrojo de la puerta se retrae, empuño la manija y aplico palanca en sentido contrario a las agujas del reloj. Cojo aire. La caja fuerte no se abre. Tu secreto morirá contigo, en ese eco que guardas en alguna parte. Y yo te seguiré esperando.

Ilustración: Guy Billot

El idioma de la pareja

Con cada pareja nace un lengua incomprensible para el resto. Pequeñas inflexiones de tonos y jergas, nombres inventados, la posibilidad de entenderse sin que nadie más aspire a descifrarla. A veces, incluso se prescinde de la ley y la gramática, y un binomio crea una historia que anuda el Oeste con el Sur, el Norte y el nacimiento de otro Sol, alumbrando un punto cardinal habitado en minoría. A veces el idioma va directo, otras a la luz de la pupila, símbolos compuestos de promesas y algo que escapa a la razón. De ahí el vínculo, pálpito.

En contra de aquellos que afirman que ese idioma desaparece con la separación, creo a ciegas en su permanencia, como si esos telegramas en braille pasaran de la casa al aire, se hicieran humo y regresaran en forma de lluvia sobre otros amantes dispuestos a inventar sintagmas, puro juego. Porque una lengua a dúo reverbera en cada cuerpo, tal es la naturaleza del secreto, tal es el ciclo del amor y su cadena trófica.

Sucede igual con el silencio, ventrículo de la comunicación más intima. Cada pareja tiene el suyo propio, lleno de subordinadas que suenan a afecto, a una ventana abierta al mar y a aquello que vence al tedio, los días. Extraña forma de conversar tienen los pares, sin mover la boca o moviéndola lo justo, con un mensaje encriptado, más enigmas. Reencarnándose en neologismos, así sobrevive el lenguaje de los que una vez se amaron, así morimos. Pero fuimos felices dentro de palabras.

Ilustración: www.emilianoponzi.com

Cuando sabes que va a acabar

Hay algo que nos empuja a seguir intentándolo. En ocasiones pasa por locura. Otras, las más, se parece a la costumbre de dos haciéndose un poco más de menos cada noche, es decir, uno y uno en la intersección improbable del colchón. Entonces el día a día no es más que una sucesión de tiempo deshilachándose, de nosotros en él y mangas cortas. Sucede de repente. Porque las cosas van bien hasta que ya no y, como es imposible localizar ese instante que torció el devenir de la pareja, intentamos enderezarlo hacia detrás, regamos una planta con raíces y sin hojas. De tanto indagar en el fondo de la memoria, terminamos sumergidos en la ausencia y la añoranza de nosotros sin nosotros. Bienvenidos al presente.

Recuerdos que valen más que la pareja, preguntas cuya respuesta imita las peores formas de indiferencia, silencios rotos por la posibilidad del llanto. A veces, compartimos un rato delante del televisor. Mirarse a los ojos implicaría volver a la primera vez que nos miramos, un START despojado de dudas y temores. GAME OVER. Sabíamos que podría suceder, que borrarnos era una probabilidad tan firme como las arrugas del iris, el ruido al recoger las migas y el roce con el aire. Había que vivirlo, de ahí el vacío que precede al adiós como principio de algo que se muere.

¿Por qué este empeño en saltar juntos desde lo alto del puente? ¿Cuándo llegará el impacto? Sería mejor cerrar los ojos y aguantar, eso hacían los viejos. Les fue bien. ¿Qué tal un tajo limpio y rojo sangre y a por la otra mano? Si sabemos que todo llega a su fin, ¿de dónde procede esta insistencia de animales acorralados? A fin de cuentas, el amor sigue siendo el único síntoma de vida humana en la Tierra, antónimo de lucha, creador de todo lo visible y lo invisible. Y tú y yo ya no nos vemos.

Ilustración: Guy Billout

Cuando te enteras de que tu ex va a tener un hijo

De entre todas las sensaciones que implica el hecho de ser fieramente humanos, y por lo tanto complejos hasta decir basta, hay una que es, sin lugar a dudas, la más difícil de precisar porque en ella se dan cita los pasados vividos, niveles residuales de hormonas con cierto extravío atávico y la incertidumbre de saber qué sería de nosotros si hubiéramos tomado la decisión de aguantar. Por supuesto, cada uno la experimenta a su manera, pero tras encuestar a mi entorno más íntimo — Tinder y Tik Tok— debo reconocer que enterarse de que nuestro o nuestra ex ha tenido (o va a tener) un hijo con una pareja que casi siempre nos recuerda a nosotros es raro, precisamente porque escapa a cualquier definición. Y digo raro… ¡Qué coño, rarísimo!

Para añadir más incógnitas a esta ecuación da igual si hace años que no pensábamos en el ex en cuestión (ni siquiera para tocarnos); si estando juntos lo único que hacía era contarnos sus mierdas, proponer visitas sorpresa al pueblo familiar o empeñarse en exprimir el finde cuando a uno lo que le apetecía era quedarse en casa (que para eso la pagamos)… Da igual, alguna vez le quisimos y es verle con el niño en brazos y sufrir un retortijón de entrañas, sentirnos malas personas porque sí, compartimos su felicidad y, sin embargo, no salimos en la foto: ¡hemos sido expulsados de una vida que aborrecíamos!

Así somos, volátiles, satélites alrededor de una órbita fiel y Lowenstein, presos fuera de un mundo perfecto en su concepción y terriblemente imperfecto en su devenir diario. También es cierto que el trauma dura poco, y aquel residuo umbilical que nos unía termina volatilizándose como una aspirina efervescente, sobre todo al advertir lo que ahorramos en pañales y dolores de cabeza. Ese niño, además de representar una oportunidad extranjera, viene con un adiós desprovisto de amargura. Por mi parte espero que les vaya bien, siempre. A todas.

Ilustración: Flore Gardner