¿Quién no ha llorado por la pandemia?

Durante este último año, periodo de tiempo tuerto y vago, muchos de nosotros descubrimos un mundo que, o bien había pasado desapercibido, o directamente desterrábamos; hasta ahora. Así algunos se han dedicado a cocinar pan, otros han participado en webinars —probablemente la palabra más repetida junto a muerte y COVID— y la gran mayoría analizó el gotelé de las paredes para llegar a la conclusión de que la vida de las plantas es un viaje comparada con la de los humanos. Lo único que no hemos podido hacer es bailar bajo lámparas de espejos, bonanza de psicólogos, gimnasios y confesores. Sin embargo, hay algo que nos une a casi todos —quedan excluidos algunos heteros cis—: hemos llorado. Y mucho.

Ojo, que las lágrimas también van por dentro. Aquí de lo que se trata es de lamentar la pérdida a todos los niveles. Abuelos, padres, madres, hermanos, amigos cercanos o de oídas, el invierno, dos primaveras, un verano y el otoño, esos días antes de estos días. Incluso algunos han llorado por los negacionistas, quizás por pudor, quizás porque si las lágrimas brotaran nadie sería capaz de detenerlas. Por eso que ya nadie menta las sequías ni la lluvia, ni siquiera los del pueblo, y el rocío aparece en nuestros párpados.

Seguimos de pie a pesar del llanto, seguimos caminado con la vista húmeda. Porque hacerlo significa respirar con mascarilla y la rabia se confunde con la pena y la esperanza. De pronto, las canciones tristes adquieren un nuevo sentido y las alegres directamente se pasan de tristes. Resulta que todos los dolores son iguales, sin embargo, cada uno los duele a su manera. Decía Lorca aquello de «quiero llorar porque me da la gana». Después de hacerlo empieza una sonrisa.

Ilustración: anónimo

Unidos por la pérdida

Últimamente resulta imposible esquivar el tema de marras, como si todos los caminos condujeran al virus, y el día a día, con sus consecuencias y a destiempo, orbitara alrededor de una enfermedad que, poco a poco, adopta múltiples formas. Y es que por un lado, proliferan aquellos que expresan su incapacidad para acatar del toque de queda, manifestando que muchos sufrimos un ataque de ceguera, ansiando declarar la insurgencia y salir a quemar la noche en nombre de la libertad individual. En frente y con mascarilla, otros más pacientes o quizás entumecidos por la manera con la que algunos reclaman ese derecho a vivir, un verbo que roza la supervivencia, pero que implica al conjunto de la sociedad. En definitiva; polos opuestos unidos por la pérdida.

Porque mientras nos enzarzamos en discusiones sin final cierran los cines y los bares, la tienda de instrumentos y el único restaurante con menú a precio de ciudad habitable, espacios y tiempos en los que solíamos jugar. Desprenderse de ellos y su recuerdo significaría borrar un pasado que perfila este presente gris, de igual manera que siempre guardamos el número de padres y amigos fallecidos por miedo a no poder llamarlos cuando nos hagan más falta, quizás en un futuro de espuma y playa.

Así estamos, entre el duelo y la memoria, un poco deshilachados, aunque con el dedal y la aguja preparados para tejer puentes y algún que otro acuerdo que nos aproxime un poco, al menos lo suficiente para evitar perderse de vista desde la otra orilla. Es en ese punto geográfico, con el viento despeinándonos y las orejas frías cuando seremos conscientes de que lo que se pierde nunca se va y, si se va, nunca termina de perderse.

Ilustración: https://robbailey.studio/