La gente delgada

La gente delgada también flaquea. Y lo hace desde 2016, año en el que, oficialmente, la gente gorda superó en número a los con bajo peso o escuchimizados. Porque ser delgado, a pesar de considerarse normativo o saludable, trae consigo una constante crítica en forma de «cómete un bistec» o un «se le ve muy delgao, estará enfermo». Cualquier comentario relativo al peso cae mal. Las palabras parecen sostener la dieta de aquello que no se come, pero marca. Así vive la gente delgada, entre la imposibilidad de encontrar pantalones de su talla y la sensación de que una mujer nunca puede ser ni demasiado poderosa ni demasiado delgada. Al final, nadie está conforme con su cuerpo. Y los delgados aún menos.

Sorprende ver cómo la corrección política elimina las palabras del plato. Ni negro, ni gordo, ni facha ni un «joder» por censurar en la pantalla del móvil. En cambio, al delgado se le señala y el delgado calla, se escurre entre el supuesto privilegio de la falta de grasa y la suerte de comer todo lo que quiera. Les pasa lo mismo a los solteros. «Es una suerte poder vestirte en la sección de niños cuando tienes 40 años». Será eso. Por favor, madres y abuelas, dejad de rellenar el plato del hijo más delgado. La escasez de comida pertenece al pasado y lo que falta es comprensión hacia aquellos que, coman lo que coman, nunca ganarán peso. Pero perderán amigos.

El peso marca. Lo hace porque sin cuerpo uno se queda en las raspas. Con el peso vas a todas partes, como si se tratara de la carta de presentación de las personas gordas, flacas, altas, bajas o hijas de puta. Venimos deformados al mundo y por esa razón juzgamos: el gordo es vago, el flaco tiene que ser yonqui. Alto y delgado… el animal perfecto. En el colegio me decían que era un mierda, no por serlo, sino por pesar lo mismo que un gato abandonado envuelto en un periódico. Yo escuchaba música, que tampoco ocupa nada y me decía cosas bonitas sin abrir la boca. Dejemos a los delgados que lo sean. Hay cierta belleza en parecer un bastoncillo entre las hojas del otoño, un hueso entre las fauces de los animales más salvajes.

Ilustración: David Shrigley

El peso de los otros

Me pregunto si no cargaremos con el peso de todas las personas que conocimos. Sobre nuestra columna se construyeron sus columnas, vértebras en el paisaje. Así vamos andando, cada vez más despacio, con cuerpos inmóviles sobre nuestros hombros, cuerpos que pesan más estando muertos, como si la vida aportara ligereza, un alto en el camino hecho de mañanas y noche, de dunas y vidrio soplado. Me pregunto si no volveremos atrás por miedo a encontrar otra vez esos cuerpos tan perfectos, vida al fondo. El peso pesa tanto a veces.

Algunas tardes, esos cuerpos nos sirven para descansar los párpados. A veces no nos dejan levantarnos. Tal es el truco de la memoria. Recordar como sinónimo de huida hacia delante. Eso somos, la carga de una carga, puro peso, huellas y más cuerpos. Entonces nuestro cuerpo se duele de otros dolores de antes de haber nacido, dolores que nunca atestiguamos y que, en cambio, viven en nosotros. Tiene que ser un cuerpo equivocado el nuestro.

El peso de padre, el peso de los abuelos. el peso. Todo nos trepa hasta casi ahogarnos. Somos hijos y nietos de esos cuerpos que no reconocemos, que vamos olvidando cada vez un poco. La tragedia es que nunca nos pertenecieron, pueden sostenerse lejos de la gravedad de cuerpos y más pesos que caen. Quizás seamos sus sombras. Los necesitamos. Sin ellos seremos órganos fuera del tórax, sangre separada del ventrículo, vidas sin nombres ni destino. Solamente cuerpos. De las caras… ya nadie se acuerda de las caras.

Ilustración: Darek Grabus