Belleza y monstruos

Muere Alain Dellon, viejo misógino y fascista. La mancha se extendió por las redes y su cara hasta desvelar a un monstruo de facciones perfectas y moral reprobable. Alain, ese oscuro objeto artístico y natural. Para algunos, la perfección junto a Paul Newman, un goce estético que perdurará en las humedades de millones de personas. Para otros, está bien que esté muerto porque, de esta forma, las ganas de vomitar (generadas por una emoción) se diluirán como lágrimas en la lluvia. En cualquier caso, la mancha sobre el personaje nos hace cuestionarnos si, a partir de ahora, podremos disfrutar de sus películas.

La belleza causa un placer difícil de explicar. Se encuentra en Night Ride Home de Joni Mitchel (que abandonó a su primera hija) o en cada solo de Miles Davis (maltratador confeso). Hay belleza en los fotogramas de Roman Polanski (presunto violador) y en la Jane de Joan Crawford (abusadora infantil). Lo bello nos hace pensar en algo bueno, verdadero y simétrico. En definitiva, combina los pensamientos, los sentidos y los símbolos y supera el día a día, es decir, nos conecta con nuestra intimidad. Sin belleza no podríamos sentirnos bien. Todo sería indiferencia, el antónimo de la cara de Alain Dellon.

Entonces, el día de su muerte nace el monstruo. Y ahí, en esa capilla ardiente, renovamos los votos por el arte y la belleza. Se trata de una experiencia única, intransferible a pesar de los intentos de la industria por congregar a las masas. O sientes que Alain Dellon era una criatura irrepetible o escupes sobre su cadáver tibio. Me cabrea que Alain fuera un indeseable, pero también que mucha gente no vea lo que yo vi en su cara aquella tarde. Estaba solo y triste en una habitación iluminada por la pantalla de un portátil. El actor interpretaba a Jef Costello. Sentí amor hacia un hombre. Entonces, no era un monstruo. Hoy, de manera consciente, decido guardar ese recuerdo. Que nada lo empañe. Ni siquiera la mancha. Los demás pueden hacer lo que les apetezca.

Ilustración: Ibrahim Rayintakath

Las tardes de verano

El verano regresa, como siempre lo hacía siendo niños. Si uno se detiene a pensarlo, no hay nada bueno en la estación más cálida. La gente se viste con chanclas, sus playas de táperes y turistas, el calor del tiempo y los paseos de noche hasta la nevera. Cierto, algunos tienen vacaciones, pero las vacaciones impuestas dejan siempre una sensación amarga, traen el miedo a ser como los otros. De lo contrario, nadie necesitaría un descanso tras las vacaciones. Solamente las tardes de verano cumplen su promesa. Si se esconde el sol, vendrá la lluvia, si llueve habrá aire fresco para todos. Las tardes de verano se repiten, duran poco, como todo lo bonito de la vida lejos del invierno.

Nos enamoramos en las tardes, cuando la arena deja de quemar o quema poco, cuando las cigarras se cansan de querer aparearse. En ese momento, muchos doblan las toallas, las mareas se retiran y, en los pueblos, los niños montan en bicicletas heredadas. El blanco de la ropa brilla, los campos de cebada son las olas de los campesinos, el mundo, sea lo que sea, nos da tregua, nos prepara para dormir envueltos en sudor y sombras. Puede que la vida sea fácil en verano. Sería imposible vivir sin esas tardes.

Fue hace muchos años. Eran las siete de la tarde. La luz chocaba de perfil contra las piedras de un monasterio a las afueras. Ella vestía de blanco. Yo quería quitarle todo lo que llevaba encima. Ella miraba el cielo entre las ramas. Hicimos cosas de adolescentes bajo una higuera, tumbados encima de sus frutos. A eso no se le puede llamar sexo. Besos y descubrir lo que vendrá más tarde. Inocencia. Le conté mi hazaña a los amigos. Nadie me creyó. Así son las tardes de verano, un sueño interrumpido, la única razón para seguir viviendo hacia delante. Disfrutadlas.

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Ilustración: Claire Gastaud

La primera vez que tus padres se miraron

Nos empeñamos en conocer a nuestros padres cuando ya están muertos. Antes, el parto, los paseos de la mano, un viaje en coche, las comidas con mantel y migas. Después, la primera vez que les negamos un beso a la puerta de la escuela, el primer «te odio». Durante la infancia conocemos a los padres como padres, figuras que, en el mejor de los casos, están a un golpe de vista, en otro barrio, separados por una ciudad a cientos de kilómetros. Su ausencia permanente implica una herida. Su pérdida implica otra, quizás menos profunda, más limpia. Cuestión de orden y de afectos. Nunca conoceremos del todo a nuestros padres. Muchos de los que los que creen conocerlos bien ignoran la primera vez que padre y madre se miraron.

Los padres que quieren mucho a sus hijos también pensaron en abandonarlos. Fue un pensamiento fugaz, una salida hacia otros mundos. Muchas tardes llegaban a casa buscando paz. En cambio, había ruido, voces de niños por el suelo, juguetes fuera de sus cajas. Hay que ser muy buen padre para conocer a sus hijos y quererlos sabiendo que muchos de ellos serán unos futuros gilipollas. El amor ignora los detalles. Yo siempre miré a los míos sintiéndome querido. Les echo en cara que me dejaran a mi aire. Es la forma en la que los hijos no asumimos responsabilidades. Resulta más fácil señalarlos que considerarnos hijos imperfectos. Recordad esa salida hacia otros mundos…

Como hijos, nunca podremos ver la primera vez que padre y madre se miraron. Madre estaba en una feria. No era madre, tan solo una niña. Padre estaba frente a ella. No era padre, fue un hombre bueno de ojos verdes. Madre mordía una manzana de caramelo. Padre sonreía. La noria daba vueltas a su espalda. El mundo giraba en otra parte. Madre le tendió la manzana a padre. Padre siempre fue más de chocolate. No volvieron a verse hasta años después. Décadas más tarde, yo entendí que vengo de una feria en la que nunca estuve. Eso son padre y madre, una mirada cotidiana que cambió todo para siempre, latido en la distancia, vida a buen recaudo. Preguntadles a los vuestros antes de que sea demasiado tarde.

Ilustración: David Shrigley

Ese niño

Ese niño soy yo. Y ya no existe. La foto evidencia que puedo ser tan viejo como las piedras de la catedral, que aquella fue la era del Simca 100 y el Talbot Horizon. Hoy, en cambio, la densidad capilar se difumina, ojeras, el gusto a la hora de vestirme ha mejorado. Creo. Por su parte, el tiempo se encargó de enterrar muchas de mis aspiraciones: ser médico, alto, vivir en América. Porque crecer se parece poco a hacerse viejo. Quizás no deberíamos crecer; quizás deberíamos aprender a morir antes. En todo caso, la vejez conlleva un dolor que los niños desconocen. De ahí la sonrisa. Lo más extraño es mi deseo de no mirar atrás. Prefiero mantener mis rodillas intactas y hacer ruido al agacharme. Ese niño fui yo. Y todavía existe.

Nunca entendí a los mayores que desean volver a ser niños. ¿Para qué volver a lo que nunca dejamos de ser? Observo a los adultos y solo veo en ellos rasgos de niños que se parecen a sus padres. Le sucede a madre cuando se sienta en la silla del hospital y habla con sus hermanas. Las tres son viejas, las mismas niñas que iban juntas al colegio. Todas son bellas de una manera incomprensible. Vivieron y, a pesar de la soledad y el dolor omnipresente, se levantan de la cama, preparan café y salen a la calle. Las tres sonríen cuando miran a la cámara. El sol calienta sus envejecidos rostros.

Lo más difícil de hacerse mayor consiste en aceptar lo que nos pasa, pero sobre todo lo que nunca llega a suceder. Estar en paz con nuestro mundo —el mundo es otro— cuesta. Y uno insiste en los mismos errores, y el horror parece perseguirnos allá a donde vayamos. Pero uno insiste. Solo aspiro a no convertirme en un viejo cascarrabias, de esos que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esos viejos ni siquiera recuerdan sus manos manchadas por las alas de una mariposa ni el sabor de las moras. Si fuimos niños entonces podremos seguir siéndolo, como ese niño, el mismo que seré dentro de muchos años. «Crecer o no crecer», me digo. Esa es la única pregunta que importa.

El número de teléfono de la casa de tus padres

Tenemos una relación complicada con los números. Por un lado simplifican una realidad llena de grietas, de amor y días largos. Por otro dan una ida exacta de lo que nos rodea, hablan de lo que hace y no dice la gente: ¿cuánto mides?, ¿cuánto queda? Sin embargo, de entre todos los números, hay una combinación que nunca llegamos a olvidar, como los afluentes de los ríos o las capitales, algo así como el camino de vuelta a la infancia. Se trata del número de teléfono de la casa de tus padres.

Los padres van un poco por libre. A veces, padre muere y madre rehace su vida a partir de sus cenizas. Otras, madre se adelanta, incumple su promesa de ser omnipresente. Padre se queda muy solo, mueble al fondo incapaz de freír un huevo sin pensar en aquel perfume por el aire. Hay padres que eligen desaparecer juntos, que compartieronn lecho, tumba y estrellas porque el destino así los trajo. Otros padres mantienen su costumbre de andar por el monte los domingos o sentarse en el sofá hasta que reciben una llamada de los hijos. En cualquier caso, el número de teléfono de su casa sobrevivirá a los padres y a la casa.

Puede que dentro de unos años, por culpa de la tecnología y el futuro, no haya un número de teléfono de la casa de tus padres. Los padres tendrán pantallas o dispositivos mucho más sencillos que recordar nueve cifras. Muchos continuamos con esa costumbre de vivir y ser incapaces de olvidarnos. Si lo hiciéramos, entonces no sabríamos de dónde vinimos, no sabríamos lo qué sucedió cuando éramos pequeños y todo era fácil o al menos todo tenía menos peso. Perder ese número supondría perdernos, asumir que el tiempo ha ganado. 921 43 34 88. Quiero que me entierren con esas nueve cifras a modo de obituario. Podéis dejar un mensaje dentro de la tierra.

Ilustración: Giselle Dekel

La niñez distorsiona el verano

El verano está sobrevalorado, trae una ligereza de entretiempo, como si el resto de estaciones fueran sólo un espejismo. Los que esperan a diciembre lo hacen para librarse del sudor, pero quieren sol en la estación de ski. Y es que en agosto el aire se mueve de otra forma, imita a las canciones y los viernes, enreda las horas en las noches, los días en las tardes. Será el calor, esa sensación perenne de que acabará antes de que empiece. Todo nace y muere en este verano, también los recuerdos en la playa y una familia al completo. El verano de ahora es el mismo de todos los años, la niñez lo distorsiona.

No hay nada peor que regresar al verano de la infancia. Apenas quedan restos de aquel lugar que nos vio ser felices, sin embargo todo nos recuerda a él. Hay un edificio de diez plantas en mitad del horizonte, el mar debe de estar ahí a lo lejos, ¿verdad, mama? ¿Y nosotros? ¿Quė queda de nosotros? Aquí estamos, llenos de vida, rodeados de muerte. De niños estábamos a salvo cerca de la orilla. De mayores, recurrimos a ser niños en verano, echamos de menos las medusas, los malos olores y las quemaduras. Tiene algo de frío hacerse viejos, un poco de agua muy fría.

El verano arrastra nostalgias antiguas, también aquella que nunca llega a concretarse. Un universo perfecto, eso es el verano. Las ranas ladran, los marineros pierden la gracia de las olas, la luna necesita al sol para poder bañarse en mar abierto. Así sucede, un duermevela de barcos y siestas, de sal y ensaladas en un táper. Nunca perderé la fe en el verano, precisamente porque trae mentiras y distancia. Por fin somos invencibles, por fin se pliega este milagro. Esta noche dormiré con manta. Y el mundo late y late ahí fuera.

ilustración: Merija Jansen

Eso que me recuerda a ella

No puedo elegir mis recuerdos. Algunos duelen. Otros son suaves, traen paraísos perdidos y un verano. Entre todos los recuerdos hay algunos recurrentes que siguen siendo vida, aunque esa vida exista en otra parte. Los más intensos tienen que ver con ella. La recuerdo en el pelo hasta la cintura de mujeres caminando por delante de mi. También en un cigarro entre dos dedos, el aire y el humo, en los abrigos rojos, en una caricia sin apenas ruido. Es posible empeñarse en querer a alguien. Es imposible querer olvidar cuando el recuerdo da sentido al mundo. Soy yo el que gira y gira y gira.

Al principio, luchaba contra mi memoria. Se supone que para levantarte debes borrar al otro, dibujar un nuevo contorno al que añadir colores, formas y hasta una sombra. Pero es mentira. La única manera de encarar lo próximo se construye con restos del pasado. ¿Cómo es posible florecer sin otras estaciones cálidas? Los ausentes nunca dejan de latir. Los recuerdos detienen el tiempo. Nosotros en medio. Al fondo, el cielo con su abismo.

Nunca dejaré de recordarla. Sin embargo, puede que la olvide. Me acuerdo del sonido de su risa, de sus andares ebrios, de su forma de dar las gracias con cada respiración. Poco a poco, la ausencia es casi un juego. A veces está, otras veces me roza. Primero dejé de llorar. Luego, los sueños fueron desapareciendo. Algunos días, ella me trae un ramo de tristeza. Otros, petunias, geranios y prímulas. Me va acercando al mar. Encontraré mi reflejo en la corriente de los peces. Será por ella.

Ilustración: Choi Haeryung

Algunos días comíamos fideos fríos

Con la llegada del verano, abríamos ventanas. Y el sol entraba en casa, se movía con su aire lleno de futuro. El campo todavía verde. Ella cortaba verdura, yo abría vino o una cerveza en lata. El amor es un plato de comida. En la cocina se mezclaba la pared de rojo con un muro blanco. Colores, formas invisibles, el olor de recetas llenas de belleza y hambre. El amor es eso que no sabes que pasa. Una cazuela llena de burbujas, el ruido del aceite en la sartén. Y la espera. Mientras, ella fumaba un cigarrillo mirando el jardín bajo un cielo soñado. Yo observaba todo como el que sabe que nada acaba nunca. El amor alimenta tanto como la comida.

En verano, en todos los veranos, compartíamos mesa y palillos chinos. Ella en el lado izquierdo, de espaldas a la luna. Yo a su derecha, el lugar de un niño viejo. Las plantas frente a nuestros ojos, con sus flores llenas de sed, nunca marchitas. El amor es un recuerdo que regresa. Algunos días comíamos fideos fríos. Después de cocerlos, se aclaran con agua y se les pone hielo encima. La pasta adquiere una textura parecida a la del sueño. Risas. El amor entiende poco de comidas en silencio.

Los fideos fríos son elásticos, finos, casi transparentes. En el plato, amontonados, parecen madejas de lana blanca, dunas de una playa sin bañistas. Los fideos fríos no saben a nada. Pero ahí reside el truco de la felicidad. Con un poco de soja y mirin recuperan su sabor. Porque de sal están hechos la alegría y el océano. El amor es esa niebla compartida. Al terminar, ella hablaba de fideos. Yo fregaba los platos pensando en hacerme un bocadillo. Luego terminó el verano, como termina siempre. Ella ya no está. Yo sigo echándola de menos cada vez que como.

Ilustración: John Register

Una patata frita

Hay que estar preparado para limpiar debajo del sofá. Ahí, en esa franja a la vista de nadie, se acumula vida inútil, ácaros y algún que otro tesoro. Empuñar el plumero y la escoba nos enfrenta con nuestro yo más falto de higiene, también con ese pasado que regresa en forma de partículas de polvo. Quizás por esa razón la gente odia limpiar y resulta imposible establecer mínimos: los que limpian todo el rato están locos y los que limpian poco son unos cerdos. Eso sí, todos, sin excepción, limpiamos para acrisolar la mente. Pues bien, ayer, encontré una patata frita debajo del sofá. Y me puse a llorar arrodillado.

Era una patata fea, con la forma de esa fruta que nadie quiere, una patata que se come de dos o tres bocados, nada especial a pesar del milagro de su suciedad tan cotidiana. Esa patata, en realidad, no era una patata cualquiera, sino una patata perdida perteneciente a la que fue mi mujer durante años. Ella —mi mujer, no la patata— pasaba las tardes en el sofá. Abría dos botellas de vino para principiantes, colocaba patatas en un cuenco y desaparecía en la bruma del que bebe sin saborear. Yo recogía sus restos.

Me incorporé. Coloqué la patata frita en el recogedor, junto al polvo y el envoltorio de un condón. Entonces odié a Marie Kondo por ser japonesa y decir aquello de que «el objetivo de la limpieza no es solo limpiar, sino sentirse feliz viviendo en ese ambiente». En el trayecto del salón a la cocina recordé a una pareja enamorada que se divertía comiendo patatas fritas en los bares y regresaba a casa por la acera de la izquierda. Abrí el cubo de la basura y vacié el contenido del recogedor. «Si quieres una casa limpia, mejor apaga la luz», pensé. Pero es mentira.

Ilustración: Vittorio Giardino

Todos recordamos aquel coche

Todos sentimos la ingravidez del aquel coche. Por fuera era de todos los colores, rompía el aire. Por dentro olía a tabaco y a ojos de siesta. Y es que los recuerdos que perduran los trajo el movimiento, cura cuando nada pasa y todo se para siendo viejos. Por entonces, un viaje tenía algo de sagrado. Despertarse antes que los pájaros, cargar con las maletas y dejar algo atrás. Amanecía. A los padres les encantaban sus Renault 5, los Peugeot 405 con asientos de cuero, los Golf por ser la moda. A padre le gustaba la música que atronaba un campo convertido en galaxia. Madre miraba por la ventanilla.

A veces, los padres discutían. Su voces resonaban de otra forma, eran otras, como si los tendidos eléctricos deformaran contornos y sonidos, paisajes y espaldas. Después callaban, expulsaban el humo sobre el salpicadero y, como si de una coreografía se tratara, sus manos iban acercándose por detrás de los asientos. El cine era eso, una pantalla en el parabrisas, líneas blancas sobre el asfalto y dos actores. El fin de la película lo anticipaban los dedos de una madre en la nuca de un padre lleno de vida. Todos sentimos esa ingravidez, la de la infancia.

No recuerdo a nadie que no tuviera uno. El coche representaba el sueño tras la curva, de ahí que pasara la mayor parte del tiempo estacionado. Salías a la calle y lo señalabas, «ese es el coche de mi padre». Coche y padre formaban una unidad aplicable a cualquier niño. Es más, podías decir «yo soy el hijo de un coche» y a nadie le hubiera parecido raro. Todos hemos conducido aquel coche. Desde el asiento del conductor comenzamos a mirar un mundo que se fue alejando. Yo nunca tendré otro coche que no sea el de mi padre. Mi madre lo vendió. Debe de estar en un desguace. De ahí la ingravidez.

Ilustración: www.hiroshinagai.com