No eres clase media

El emperador desfilaba en cuadriga por las calles de Roma. No había nubes en el cielo. El populacho le recibía con gritos y desmayos. El emperador sudaba acompañado de su esclavo. El populacho tenía hambre, pero ver al emperador se la quitaba. El esclavo aceleraba el paso, se acercaba por la espalda de su amo. Entre el estruendo, le susurraba al oído: «Recuerda que eres un hombre». Más tarde, el esclavo terminaba siendo pasto para los leones. Pues bien, de cara a este domingo es importante repetirlo: «No eres clase media». Y poco tienen que ver las sartenes en todo esto.

Porque la clase media ha dejado de existir, ya no interesa. Esto va de Suiza, de la tecnología y la gula, y los curritos interfieren en los planes de unos pocos. ¿A cuánta gente conoces con ahorros? Unos miles de euros en la cuenta no es ahorrar. Hay mucha gente con salarios fijos incapaz de dormir por la noche. Adiós a las vacaciones si se rompe la lavadora, a rivederci a la confianza en el futuro, hola a que las cosas vayan a peor. Sin embargo, cada vez hay más que creen ser clase media. Esos que lo creen votan a derechas, precisamente el león que se comía a nuestro esclavo.

La clase media trajo paz social, un vínculo en una sociedad de polos. A un lado, el bien, al otro, el dinero; entre medias, trabajadores con vacaciones en agosto y unos días para ver nevar, un huerto, hijos con estudios y el cielo como límite. Sin la clase media la temperatura sube, el conflicto pudre, el maltrato se hace crónico. El emperador quiere más esclavos, más leones y una cuadriga con más caballos negros. Votar a derechas implica optar por un modelo de cuatro o cinco frente al mundo y su retrete. Este domingo recuerda que no eres clase media, aunque alguna vez lo fueras. Tu voto es el susurro del esclavo. Y a veces, el emperador tiene miedo del pueblo.

Ilustración: Molly Bounds

Estoy agotada

«Estoy agotada». Esta frase es el mantra de los viernes. También se escucha «no me da la vida». Distintas formas de quejarse para un mismo fenómeno. Y es que ahora se trabaja para trabajar más, autoexplotados o en régimen de esclavitud con sueldo y canas. Estamos por todas partes: consumidores, emperdedores y reproductores porque toca, todos a la búsqueda de una tranquilidad perdida por aquello de mejorar, mejorar y mejorar. Pero ¿qué se mejora? Queda claro que de piel y pelo mal y que nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto en vida. Algo no funciona cuando cargamos el peso del mundo sobre los hombros y el mundo gira y gira… a peor.

Quizás todo se trate de una estrategia para escapar de la felicidad. ¡Que levante la mano el que quiera ser feliz! Mientras, observamos la distancia creciente entre cómo deberían ser las cosas y cómo son en realidad. Y corremos y la vida se aleja por cansancio y aparecen nuevos desafíos y saltos en paracaídas. Nadie quiere cosas simples porque cansan. Llega la duda. Un abrazo, un café doble, una playa sin italianos cerca, otro abrazo, vacaciones en Roma, el sueño de la lotería o todo junto. Dios, qué agotamiento.

Este cansancio es más el grito de una decepción. Porque el que está cansado de verdad descansa, igual que el hambriento come cuando tiene hambre o el ciego dispara a las estrellas para apagar la luz. Pocas cosas quedan de aquello que esperábamos y, sin embargo, seguimos esperando algo distinto. Desencanto contra verdad, inercia contra un cambio al alcance de casi todos, grandes gestos contra la belleza de lo invisible. Es cierto, «la vida es una larga preparación para algo que nunca ocurre». Y a veces, sólo a veces, se nos ocurre vivirla plenamente.

Ilustración: Guy Billout