El dinero cuenta porque compra cosas, bebés, tiempo. Mientras, la Semana Santa discurre a la espera de la muerte y la resurrección de un hombre al que nadie conoció, como tampoco conocemos a las mujeres que alquilan su vientre por dinero. Entiendo que esas mujeres apartan la mirada de su hijo al dar a luz, que lo entregan a la matrona mirando hacia su cuenta. Hay que ganarse la vida, aunque sea dándosela a alguien que puede permitírsela. Dicen que Jesús lo hizo por amor. Las mujeres replican ese gesto por necesidad. Gracias a los euros se puede tener un hijo y no ser madre.
Mientras tanto, todo el mundo opina. Los feligreses siguen los pasos conmovidos. Ellos se sienten hijos de un padre de madera allí en lo alto, de una madre virgen, obras todos ellos de un espíritu que no puede ser santo. Los hombres se encargan de que así sea al comerciar con material humano. Y la Dolorosa se paga con billetes, sale un miércoles en portada. El mundo llora, un mundo de negro con peinetas. Los bebes siguen mamando.
Cuando sea niño querré tener una madre. Esa madre puede vivir lejos, en el cielo o en la tierra, puede trabajar limpiando suelos. Las madres lo son por el hecho de ser dignas, por querer a sus hijos más allá de la muerte. La vida es eso que no sabes que pasa y se gesta en nueve meses. Luego, la semana vaciará las calles y lloverá para que no queden rastros de sangre. Resulta que una vida cuesta 120.000 euros que solamente los ricos pueden permitirse. No bajarán los ángeles a enjuagar sus lágrimas. No bajarán.

Ilustración: http://www.joancornella.net
