Una separación

Cuando murió mi padre pude entender el significado de la pérdida, realidad que lo consume todo. Su lado de la cama quedó intacto. Había fotos de él en nuestra casa, también la estela de una guitarra en el sofá y sus ojos verdes amarilleándose bajo el sol. Aquel silencio invadió las noches, las mías, también algunos sueños, fue extendiéndose como el cáncer que acabó con él. Asistí al entierro como los pájaros del tendido eléctrico, fui testigo del calor de los amigos y alguien de la funeraria me preguntó si quería despedirme. Apenas pude mantener la mirada. En el féretro había un rostro frío lleno de todo lo vivido, de todo lo que no pudo vivir. Pensé que no podía haber algo más triste. Estaba equivocado. Con la separación se reproducen los síntomas, misma ausencia. La diferencia se encuentra en el asombro.

Aceptarlo consuela más bien poco. Ella se ha ido, pero sigue respirando en otra parte. Y está bien, precisamente porque ya no está conmigo. Puedo intentar acabar con aquel rastro. Pelo, zapatos debajo de la cama, un trozo de jengibre que guardo en la nevera como si de un relicario se tratara. ¿Qué hay de los lugares que eran nuestros? El restaurante de la plaza del Descubridor Diego de Ordás, la acera de la izquierda, la mirada de sorpresa de los que te preguntan cómo está. «Pues mejor», respondo delante del espejo. Óscar, el peluquero, me está mirando como yo miraba a padre el día de su entierro.

Lo sé, todo lo que necesito es tiempo. De padre me acuerdo cada día y ella volverá como la lluvia. Será fugaz, luego mi mente pasará a otra cosa, aunque nunca deje de asombrarme: mismo dolor con resultados tan distintos… Donde hubo costumbre ahora hay anhelo, donde hubo amor una forma extraña de estar lejos. Mientras tanto, ando despidiéndome de Tokio, de sus calles llenas de gente sola y el gemido de los trenes. Ella se lo llevó todo en una maleta azul. Resulta que yo también estaba dentro.

Ilustración: Guy Billout

Una historia de amor sobre el divorcio

Muchas veces nos toca asumir papeles para los que nada ni nadie nos había preparado. Ser hijos ausentes, (indecisos) padres e incluso esposos no entraba dentro de los planes de muchos y, sin embargo, día a día le vamos dando forma al personaje, casi siempre de manera torpe; otros, los menos, rozando la victoria con los dedos y el sueño acumulado. De entre todos esos momentos hay uno particularmente duro, incluso violento: el divorcio, la pena que conlleva la pérdida del otro.

Porque no hay nada más profundamente humano que aceptar que las cosas llegan a su fin, y al romperse el cristal somos plenamente conscientes de lo mucho que quisimos al primate que calentaba cada noche el lado derecho de la cama, la que dejaba el cenicero lleno de colillas, el principal causante de los atascos en el sumidero… que ya no está. Meses después, sobre todo en las frías noches de solsticio, llegan las preguntas, los dardos y el ardor: ¿por qué no accedí a irme a con él cuando le propusieron aquel trabajo en Nueva York? ¿Es posible no renunciar a la vida que creemos merecer mientras compartimos gastos e hijos? ¿Por qué duele tanto ahora si en el último año no soportaba tenerla a menos de un palmo?

Todos estos interrogantes desfilan ante nosotros en «Historia de un matrimonio», recordatorio vital en el que se muestra como, a pesar de la aparición de abogados sádicos, la geografía adversa, las infidelidades y el sobre nominativo, a veces el amor permanece en su forma más pura, casi mística, agazapado en los segundos que ella invierte en atarle los cordones de los zapatos. Ya lo decía la canción: «Estar solo es estar solo, no estar muerto». Y el amor nos sigue hablando, incluso después de que la película se acabe.