Esas parejas que hablan de la muerte

Pasa el tiempo y el amor cambia. El sexo en cualquier parte da lugar a la costumbre. Después hay una tregua y, luego, inevitablemente, la rutina. Han pasado varios años y la pareja mira hacia delante como si hojeara un libro a cuatro manos que se resiste a terminar. La muerte tiene poco de romántico, pero hay algo profundamente íntimo en pensar en ella: no se trata de morirse o del miedo a la muerte, sino de quién se queda, de existir sin el otro. Así, sin darse cuenta, a veces bajo el ventilador, otras cerca del mar, comienzan a hablar de ello con la misma naturalidad con la que antaño planearon irse a vivir juntos, tener hijos o qué comer.

Hablar de quién se irá primero es también una forma de prometer algo más duradero que el amor: la presencia futura en la ausencia. «Yo me muero antes, ¿vale?», dice uno bromeando, como si pudiera elegir o ahorrarse el drama de ver morir al otro. «No soporto la idea de estar sin ti, mejor yo primero, como mi padre», responde él, aunque ambos saben que la voluntad se queda al margen. Hay en en sus palabras una forma de ternura que no cabe en los abrazos. Es el reconocimiento de una dependencia desprovista de posesión y adolescencia, algo suave como una manta vieja. «Si tú te vas, ¿quién me va a entender sin que yo hable?».

Aunque lo obvien, también está el deseo secreto de ser el que se queda, porque morir antes es no saber qué será del otro. Esas conversaciones, en apariencia sombrías para cualquier persona ajena a la pareja, representan una de las formas más puras de complicidad. Porque cuando nos cansamos de mostrar nuestra mejor cara todo el tiempo, cuando la pasión cede ante los gestos más invisibles, la risa y los silencios, lo único que queda por compartir es el miedo a dejar de seguir compartiendo una casa o una vida. Y ahí, justo ahí, el amor se convierte en la única razón para salvar el mundo.

Ilustración: Alex Colville

Las cosas que nunca decimos

Hay cosas que no se dicen porque uno no sabe cómo decirlas sin que raspen o hagan daño. Quizás se trate de una forma de ser un poco antigua típica de hombres reprimidos. Quizás se trate de una forma de respeto, un pacto silencioso entre el afecto y el pudor, otra manera de salvar lo nuestro. La última opción: un acto de cobardía. Sea lo que lo fuere, nos sucede con los amigos de siempre, con algún hermano, con gente a la que queremos y queremos tener cerca. Ellos no lo mencionan; nosotros pasamos de hacerlo. Los fantasmas existen, están por todas partes, dan miedo debajo de una sábana de indiferencia. Por eso nadie dice nada. Por si acaso.

También sucede con conductas que uno ve en los demás: decisiones incomprensibles, comportamientos de pareja… Se ven. Se cuestionan. Se apagan. Hasta mañana. Así durante meses, incluso años o toda una vida. Sugerirlo o comentarlo implica cuestionar al otro, colocarse en un posición de juicio, terminar con una pelea seguida de un silencio peor porque jode y hasta embruja. Resulta preferible tener un amigo equivocado o una familia a no tenerlos. O eso decimos.

Lo que separa a las cosas que nunca decimos del silencio puede resultar confusa. Pero hay un matiz, de la misma forma que se siente la tensión en el aire al entrar en un habitación donde se acaba de hablar de alguien que aparece de repente. Las palabras nunca pronunciadas esconden un propósito, señalan en una dirección, esperan su turno ahora o más tarde. Lo omitido conserva las amistades y el amor igual que se barniza un mueble viejo. Decirlo todo es un lujo. Así avanzamos mirando hacia otro lado, como quien no ve nada, y las noches siguen a los días y después las noches, con unas palabras o una frase atravesadas en mitad de la garganta.

Ilustración: Guy Billout

Los años nuevos, mi vida vieja

Los años nuevos. La primera parte de la serie de Rodrigo Sorogoyen me ha dejado pfff. Pero admito que el problema es mío. Sorogoyen, faquir de las primeras veces, los silencios y la lírica orgánica (con Benjamín Prado fuera de plano), rueda un mundo que, dicen, rezuma verdad. Sin embargo, soy incapaz de distinguirla de un paseo por los pasillos del super, como si hubiera filmado mi vida (o la tuya) a lo largo de los años (con una cámara carísima) y la expusiera dentro de un cartón de huevos. Reconozco la humanidad y el pulso del artista. Reconozco que me da grima mirar. Pues ahora hay parte 2.

La cotidianidad que propone Sorogoyen está cargada de intenciones esencialmente humanas, monstruosas. Todo avanza como la erosión de una piedra, con la sensibilidad del poeta de lo mínimo que observa el milagro de la vida en la espuma del fregadero. «El tuyo es un problema de sensibilidad», me dijo mi amigo Pablo. Será eso. Aquí, el tedio nace con el primer polvo con condón, crece con la pareja, metáfora del aburrimiento, y muere sin clímax, en una acumulación de momentos leves que amenazan con disolver la nada. Y nada de explosiones. Como mucho un lamento.

No he sido capaz de ver la belleza en gris Full HD, en lo apenas perceptible. Sorogoyen me pide que me quede quieto y deje el móvil, que me deje hipnotizar por el goteo constante de los seres humanos, ahora tristes, ahora contentos. Y yo, paleto y obtuso, necesito que el mundo susurre algo que debo descifrar solo y sin ayuda. Los años nuevos me enfrenta a mi manifiesta incapacidad para aceptar mi vida vieja (o la tuya): rutinaria, diaria, sin garantías de trascendencia, y también a algo peor: la certeza de que el problema no es lo que veo, sino mi resistencia a querer verlo.

Todo el mundo cree que folla bien

Apoyan el vaso medio vacío sobre la mesa, toman aire y lo reconocen sin despeinarse, casi con pesadumbre, fácil, simple. Así, en general, todo el mundo piensa que folla bien. Todo el mundo menos mi amiga Elena, que lo dice para llevarme la contraria y porque es muy buena actriz. Pero no hace falta criticar a nadie por semejante perogrullada. En mi diálogo interno, ese que nunca debe exteriorizarse y ahora comparto por escrito, yo también lo creo o al menos lo creía cuando follaba estando pedo. En realidad, lo que importa no es la cantidad ni la calidad, ni las posturas ni la falta de práctica, sino saber de qué hablamos cuando hablamos de follar bien. Y sobre todo, ¿durante cuánto tiempo?

Se trata de una pregunta sin respuesta. Algunos van a correrse, otros, en cambio, buscan una chispa, un látigo, olvidarse de lo que hacen de ocho y a tres y descubrir un tiovivo en el cuerpo de un novio, una desconocida o un equipo de baloncesto. Quizás la palabra bien signifique otra cosa en este contexto horizontal (en vertical es más cansado) y sea la forma más placentera de pasar el rato moviéndose al ritmo de la noche, sin caer en el pozo de «¿lo habré hecho como Rocco?» o «¿se lo habrá gozado?». Si uno lo piensa después de ducharse, la historia del sexo está llena de historias asimétricas, con uno de los partenaires en una nube y el otro de lo más decepcionado. La vida.

En medio de todo este lío están aquellos que tapan la ansiedad a base de orgasmos, la peor manera de intercambiar placer por dopamina. Otros fingen para ir tirando, porque mejor seguir que verbalizar algo que otro podría tomarse como un ataque a su yo sin profilácticos. Una gran parte de los que afirman que follan bien pasan por la superficie de las cosas y las pieles, utilizan la carne como un algodón para la mente. Cuando el placer deja de ser algo compartido para ser cosa de uno y sus circunstancias aparece la tristeza y el sexo se convierte en la peor forma de engaño y engañarnos. Joder. Follar. Amar. Y volver a empezar.

Ilustración: Vin Zzep

Yo te quiero por los dos

La gente habla y las personas se dicen cosas. Entonces, ahí, en ese cortocircuito de la pareja en ciernes, a uno le surgen las dudas. «No me importa. Yo te quiero por los dos». El receptor se bloquea. ¡Joder!, ¿cómo salgo de aquí? ¿Corro sin moverme del sitio? El emisor lo tiene claro. Le basta con sentir lo que siente por los dos. El otro, en cambio, preso entre las garras de una mantis amorosa, espera el siguiente movimiento. Seguirán viéndose. Y nadie le come la cabeza.

El amor no correspondido vale mucho. De alguna forma, compensa los días que uno se detesta, que son muchos. Se trata de una posesión donde el objeto de la posesión es libre. Lo tiene claro, no siente lo mismo o no siente nada y, a pesar de todo, los días pasan y siguen follando cada vez mejor. El sexo como construcción de la pérdida, pura asimetría. Uno lo vive como un romance infinito. El de al lado con incredulidad. «Quizás me quiere tanto al invitarme a saltar y no saltar», dice, «al saber que nunca seré suyo», piensa. Todos somos unos guarros. «Yo te quiero por los dos». Pues arreglado.

Esa es una respuesta recurrente. «¿En serio que te ha dicho eso?», pregunto. Varias personas en varios países lo afirmaron y pidieron otro vino para explicarme un fenómeno idéntico con distintos protagonistas. Ahí siguen, tienen una relación con alguien al que no quieren, pero como ese alguien quiere todo lo que no recibe… En el fondo, verbalizarlo ayuda. A veces, el centro del amor coincide con la palabra no. Cortamos el hilo para empezar de nuevo. Cuando te das cuenta, el hilo te ha enredado. Sucede también con la luz de la mesilla. Al apagarla, nos deslumbra más que al encenderla.

Ilustración: Manchen Lo

Nadie me mira como ella

Nunca me habían mirado de esa forma. Puedo verlo en el pecho de otros que me miran, una forma de evitar o huir, como si mirar consistiera en fragmentar la luz. Ella, en cambio, me mira entero, sin interrupciones, convierte el iris y la pupila en un silencio para dos palabras. Entonces, le devuelvo la mirada tímida, consciente de estar desnudo ante sus ojos verdes. La miro para que nunca me vea desaparecer, para hacerle ver que somos una mirada, solo una, en el tiempo y hacia el espacio, la única forma de verse sin dejarse atrás. Nadie me mira como ella. Ella me mira como a mi me gustaría verme.

La primera vez que la vi no pude verla. Yo andaba hojeándome por dentro, mirando a todos lados y a ninguna parte. Había más gente aquel día. Ella me miraba sin saber que yo buscaba cuerpos, cabezas con dos ojos, dos ojos con los párpados cerrados. Ser invisible para uno mismo empuja a los demás a querer verte, a tocarte con la mirada del deseo. Ella no había visto nada más triste en su vida. Mi rostro no era mi rostro, sino el lugar predilecto de mis manos. Ella me miró sin límite. Lo sigue haciendo.

Su mirada ocupa un hueco dentro de mis ojos, sirve para entender la importancia de mirarse cada día. Algunas personas se miran como si no fueran a volver a verse y, al verse debajo de casa, renuevan los votos de la vida. Hay un legado en la mirada, una forma de entender que todo lo que existe existe al ser visible. Si es invisible y todavía puede verse, entonces es amor. Ella me mira, yo la miro desde abajo. Ella me ve, yo la veo sabiendo que otros miran. Y nadie me mira como ella.

Ilustración: elisabethmcbrien.com

Los prejuicios

Taylor Swift trae su empresa a Madrid y con ella una horda de molestias para los vecinos, propietarios de pisos caros con vistas a un estadio convertido en caja registradora. Los fans bien, gracias, siempre los mismos, ahora y hace sesenta años. Los vecinos con sus permanentes y su polos bien planchados. Los primeros lloran y compran pañales para no ir al baño, los segundos se quejan por culpa de los «ensayos» y la imposibilidad de vivir tranquilos con sirvientes. Taylor is rich, también Florentino. Yo debajo, lleno de prejuicios contra todos por escuchar música de fábrica, contra esos vecinos y sus reclamaciones llenas de razón y privilegio, contra la dueña del mundo siendo de pueblo.

Los prejuicios son malísimos, se construyen solos o con ayuda de lo que nos rodea, bueno o malo. Lo peor es que nos cargan de razón, «música de mierda», «aj, ricos», nos engañan al hacernos creer que pensamos cuando, en realidad, no hacemos más que centrifugar el mismo pensamiento, el mismo pensamiento, el mismo pensamiento. Preguntad a un niño sobre Taylor, sus fans, los vecinos del Bernabéu. Os mirará con restos de chocolate en la barbilla, tareará una de sus canciones, sonreirá al ver botas de cowboy con purpurina en cada paso de cebra, le enternecerá la señora que no puede mover el Mercedes del garaje. La sabiduría se parece a una canción con una estrofa y dos prejuicios.

Leo una lista sobre la manera de luchar contra los prejuicios: evitar conclusiones anticipadas al conocer a alguien por primera vez, empatía, observar las excepciones a la norma, cultivar la mente a través de la cultura… Aunque fuera capaz de aplicármelos todos seguiría pensando que el infierno son los otros, que la gente pierde tiempo y dinero al ser como los demás. Sin embargo, desde mi terreno, uno pequeño, invisible y con música de Coltrane, me doy cuenta de que estoy solo y ellos, vecinos, fans, cantantes y empresarios sin escrúpulos, se sintieron, durante dos días, un poco más acompañados.

Escuchar follar a los vecinos

A partir de cierta edad, en la vida, estar en casa proporciona un placer inigualable. Algunos le dan sentido al mundo con la aspiradora. Otros prefieren tumbarse y mirar su reflejo en la pantalla. Todos, a pesar de nuestras diferencias, queremos dominar ese lugar que nos da forma, a pesar del hormigón y del ladrillo. Entre esas actividades tan caseras como la tarta de la abuela hay una que nos convierte sin querer en testigos involuntarios y degenerados. Sucede de vez en cuando, o muy tarde o a la hora del yogur: escuchar follar a los vecinos. Y digo bien escuchar (prestar atención a lo que se oye con la mano ocupada) frente a oír (percibir sonidos con el oído bueno).

La cosa arranca con un do mayor de fondo, en el piso de abajo o al otro lado del tabique. Corrimiento de objetos. Una mesilla del Ikea. Los muelles de una cama. Comienza el desfile. Queda claro que no es un bebé con hambre. Entonces dejamos lo que estamos haciendo. «Calla», te dices. «Coge el móvil, que lo vamos a grabar», responde el gato. A ellas las escuchamos en estéreo, dan vidilla. Ellos nos recuerdan a un becerro que aspira hacia dentro. «Joder, la vecina está follando». Y todo se detiene porque la vecina, esa que no para de hablar entre semana, grita y retuerce los pies de placer. O eso deseamos. Nuestra paja depende de ello.

A mí siempre me ha gustado este espejismo del sexo al otro lado. Me saca del Pornhub y la historias a las que recurro desde hace años. Cuando los vecinos follan —o parece que follen— me los imagino con mejor piel, poco abrigados, más felices, más guarros. Además tienen flexibilidad, arriesgan, se rozan como a mí me gusta, manchando sus sábanas, pero dejando las mías impolutas. Es una pena que la cosa dure poco. De media… diez minutos. Luego hay un silencio en todo el inmueble que tampoco se corresponde con las horas, como si todos los vecinos fueran conscientes de que aquí folla todo el mundo menos ellos. El problema es que es verdad. Debería ser obligatorio escuchar follar a los vecinos. Debería serlo.

Ilustración: Lena Fradier

El amor tranquilo

No hay príncipe. Tampoco hadas o un lago en el que los cisnes duermen. Quizás alguna de esas tres cosas pudiera aparecer en portada. En realidad, el mito del amor romántico vive de la dependencia, un lazo que ahoga o hiere, quema o mata a hierro. El amor, cuando es amor, tiene que ser tranquilo, con sexo en la parte de atrás de un autobús, bajo las sábanas con restos de la noche, pero tranquilo. Ese amor contiene todas las vidas pasadas o futuras concentradas en el otro. Y muere, como lo hacen los príncipes y las hadas, los cisnes y los fotógrafos que persiguen exclusivas. El amor tranquilo no se busca, solo crece mientras cae el sol por detrás de los árboles del parque.

Queremos todo. Se trata de una aspiración que termina mal. ¿Qué es todo? Verse de lejos, piel, vivir juntos, decir sí, una familia, el ardor sin Ada, envejecer en el salón, convertirse en polvo y que ese polvo regrese a una maceta. Alguien arrancará la flor. Quizás empatar sea el único modo de quererse bien. Conocerse poco a poco, dormir regular, llorar cuando sea necesario, perdonarse, vivir a ras de la hierba y poder contarlo sin fotografías. Ese amor se conserva dentro de los ojos; los demás lo pueden ver. Sí, el amor tranquilo siempre ofrece lo mejor de cada uno. Si no será otra cosa.

El amor del que hablo deja marchar, entiende que las cosas cambian, duelen. Es complicado. Las cosas simples, reírse, desayunar en el bar de abajo, regalar un vaso para beber sake, cuestan. Su precio es invisible. Amor tranquilo, imperfecto, lleno de arrugas y ropa dentro de la lavadora. Los fuegos artificiales se disuelven como el detergente. Oscurece. Y amanece otra mañana y todo existe bajo una luz tenue. Quiero ver películas románticas donde dos se miran a la cara, se palpan las sienes con las palmas de las manos y dicen «buenas noches« sabiendo que, quizás, serán las últimas. Amor tranquilo. Porque todo parece estar en su lugar.

Ilustración: Camille Deschiens

La gente se muestra muy despacio

La gente se muestra muy despacio. Lo hace para protegerse, también porque el misterio trae revelaciones en torno a un secreto. Si no, ¿por qué se repite el «no sé quién eres» al descubrir a la persona que creímos conocer? Oculto por ropa de marca y maquillaje hay un hueso que se roza con paciencia y generosidad, como si las nubes pudieran disiparse a base de soplidos y momentos felices. Cuanta más luz, más misterio; cuantos más claros, más resistencia. La gente se muestra muy despacio. Lo otro no es mostrarse, solo aparentarlo.

Los objetos nos interesan cuando son inalcanzables.Los ídolos son aspiraciones, «no se toca, niño». Un misterio nuevo, eso representa la gente que nos gusta y con la que compartimos tiempo y número de PIN. Así, poco a poco, comenzamos a intuir el color de sus ojos. Verdes con el sol de cara, azules en la penumbra de una habitación tan blanca. Sucede lo mismo con la ciencia. Al profundizar en sus fórmulas uno se pierde en algo inconmensurable. Llevamos siglos hablando de lo mismo: los otros. Bailamos con el misterio, follamos con el misterio, vivimos siendo conscientes del miedo que tenemos a sentir algo bonito.

Ser consciente de lo poco que conozco me da paz. Si supiera muchas cosas o pudiera predecir la lluvia sería un desgraciado. La revelación tiene algo de aventura cotidiana, un ritmo marcado por las horas en las que parece que no sucede nada. Así vamos rascando la piel que no habitamos, sin esperar algo, sin esperar siquiera, hasta toparnos con el único misterio que merece la pena resolver, aquel que se revela solo. Tiempo, amor y dudas. Eso somos. El resto, silencio y pétalos que sopla el viento.

Ilustración: David Shrigley