Mucha gente, pocas personas

Hay mucha gente sola. Quizás por esa razón aprovecha la luz para juntarse, para no escuchar el ruido en su cabeza, para sentirse un poco menos sola. Gente que se reafirma en seguir estando sola al rodearse de más gente. Ahí, siendo enjambre, desea con más fuerza regresar a casa y contar que, entre otros miles, había muy pocas personas. Hay gente sola blanca, gente negra, gente pobre y rica aislada para sentirse menos sola. No tengo claro quién es más esclavo, si el que acude a una calle abarrotada o el que necesita huir de la masa para criticarla. En una cosa coincidimos: el infierno son los otros.

Miro a las gentes solas en familia. Tiran del carrito del niño y arrastran el peso de los que no tuvieron casi nada. Debe consolar formar parte de una inmensa mayoría, de gente que compra cosas feas y pide un chocolate para calentarse las manos y el pecho. Hay mucho miedo a ser como los demás. por eso, al evitar serlo, volvemos al origen de esta soledad congénita, un invento que duele y sirve para crear belleza. Al nacer estábamos acompañados por madre. Luego crecimos y la sensación de ir alejándose creció aún más. Padre murió acompañado de madre sentada en una silla. No querer sentirse solo es estar solo. Le preguntaré a la muerte. Debe de estar sola; siempre vuelve.

En todas las manadas hay un perro al que la loba mata. Lo hace para garantizar la supervivencia de los cachorros y lanzar un mensaje de advertencia a los que nunca quisieron ser ovejas. El problema no es la gente, ni la gente convertida en moscas, ni siquiera los pastores que se pagan una puta para sentirse menos solos. El problema consiste en elegir un mismo lugar para reunirse mientras el mundo, al otro lado, se vacía, como si compartir calor nos hiciera olvidar nuestra condición de solitarios. Solo los que no alcanzan a hablar con su corazón estarán solos. Y la muchedumbre sigue andando a oscuras, iluminada por las luces más brillantes de toda la galaxia.

Ilustración: Simon Bailly

Cuando alguien te gusta

Cuando alguien te gusta suceden cosas. La primera, y quizás la menos importante, es que uno se quiere un poco más. Por fin puedes hablar de todo lo malo que hay en ti, que es mucho y recurrente, del miedo a estar solo y al dolor. También de lo bueno. La otra persona te mira con ternura, «podrías ir a terapia», sugiere. Y te acepta. Lo sé porque una tarde, con la luz oblicua entrando por la ventana de la habitación, ella colocó su mano por dentro de la manga de mi camiseta. Y así, respirando un aire de siesta, los dos, dormimos sin saberlo. Por eso pareció soñado. Al despertar supimos que todo lo que necesitamos era ser solo nosotros, sin prisa, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta la ciudad de siempre parece nueva. Reconoces las calles, sus cristales llenos de luz, la gente sin orden en bicicletas con las ruedas deshinchadas. En cambio, surgen detalles que la hacen irreconocible. Sí, se puede ser extranjero en el barrio que conoces como nadie. Depende de la compañía. Incluso la Puerta del Sol, tan llena de gente, tan falta de personas, recupera su pasado de uvas por el suelo y te recibe, despeja la ruta hacia la siguiente plaza, hacia ninguna otra parte más que hacia nosotros. Ser feliz entre desconocidos que compran de forma compulsiva. Solamente hace falta alguien al lado que lo viva a su manera, sin prisa y sin luces de Navidad, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta te asaltan las dudas respecto a cómo sería la vida juntos, peor por separado. Porque sabes que después de un mal día vendrá ella, que podrás mirarla y borrar el ruido de sus ojos, abrir una botella y dejarla casi entera. Todo tan banal, todo extraordinario. El tiempo pasa entre los dos, un edificio al fondo o por detrás de su perfil mediterráneo. Quizás lo más importante de que alguien te guste sea la incapacidad de no poder ver lo que tenemos delante, de inventar un mundo a nuestra medida, en la buena dirección, que se sostenga en la oscuridad del firmamento, sin prisa, sin deslumbrar, sin deslumbrar siquiera.

Ilustración: Guy Billout

La primera vez que tus padres se miraron

Nos empeñamos en conocer a nuestros padres cuando ya están muertos. Antes, el parto, los paseos de la mano, un viaje en coche, las comidas con mantel y migas. Después, la primera vez que les negamos un beso a la puerta de la escuela, el primer «te odio». Durante la infancia conocemos a los padres como padres, figuras que, en el mejor de los casos, están a un golpe de vista, en otro barrio, separados por una ciudad a cientos de kilómetros. Su ausencia permanente implica una herida. Su pérdida implica otra, quizás menos profunda, más limpia. Cuestión de orden y de afectos. Nunca conoceremos del todo a nuestros padres. Muchos de los que los que creen conocerlos bien ignoran la primera vez que padre y madre se miraron.

Los padres que quieren mucho a sus hijos también pensaron en abandonarlos. Fue un pensamiento fugaz, una salida hacia otros mundos. Muchas tardes llegaban a casa buscando paz. En cambio, había ruido, voces de niños por el suelo, juguetes fuera de sus cajas. Hay que ser muy buen padre para conocer a sus hijos y quererlos sabiendo que muchos de ellos serán unos futuros gilipollas. El amor ignora los detalles. Yo siempre miré a los míos sintiéndome querido. Les echo en cara que me dejaran a mi aire. Es la forma en la que los hijos no asumimos responsabilidades. Resulta más fácil señalarlos que considerarnos hijos imperfectos. Recordad esa salida hacia otros mundos…

Como hijos, nunca podremos ver la primera vez que padre y madre se miraron. Madre estaba en una feria. No era madre, tan solo una niña. Padre estaba frente a ella. No era padre, fue un hombre bueno de ojos verdes. Madre mordía una manzana de caramelo. Padre sonreía. La noria daba vueltas a su espalda. El mundo giraba en otra parte. Madre le tendió la manzana a padre. Padre siempre fue más de chocolate. No volvieron a verse hasta años después. Décadas más tarde, yo entendí que vengo de una feria en la que nunca estuve. Eso son padre y madre, una mirada cotidiana que cambió todo para siempre, latido en la distancia, vida a buen recaudo. Preguntadles a los vuestros antes de que sea demasiado tarde.

Ilustración: David Shrigley

La gente que besa mal

Hay gente que besa mal. Pero ¿qué significa besar mal si nadie nos enseña? Todos nacemos con boca; aprender a usarla es cuestión de instinto y ganas. Besar mal tiene que ver con el movimiento, con cómo, de repente, la lengua desaparece o solo nos llega el vértice de otro humano perdiendo el control de su vida dentro de nosotros. Esa lengua parece un trozo de entraña poco hecha y, claro, uno abre los ojos para entender qué está pasando. Y está pasando. El beso convertido en túnel de lavado, casi asco, el beso como prueba irrefutable de que el amor puede destruirse con un gesto.

«Todo iba muy bien… hasta que me besó». Eso me dijo Laura mientras utilizaba la lengua para colocar un donut de chocolate entre los molares. No quise saber más de su encuentro. El tío estaba buenísimo, tenía onda y sentido del humor, olía bien… pero besaba como el culo. Es más, parecía que estuviera chupando uno. No sé si volverán a quedar por culpa de ese «no beso». Ahí no había ni dientes de por medio ni mal aliento. Ni siquiera exceso de baba o la cabeza ladeada hacia la derecha para ver el viento entre la hierba. No. En ese beso hubo esperanza, el largo plazo reducido a un «ni de coña». Joder, ¡qué importantes son los besos!

El problema de besar mal tiene que ver con que todo el mundo piensa que besa bien. Aquí no hay jueces ni VAR, solamente sensaciones, ganas de besarse en un mercado un lunes o al despertar de un sueño donde te besaban. Puede que besar sea el mayor acto de comunicación, que a través de un beso seamos capaces de saber cómo piensa el otro, cómo respira, si piensa en otra cosa cuando separa los dientes y saca la lengua o si, por el contrario, está donde tiene que estar que es en la boca del estómago, la nuestra. Resulta que besar mal causa rupturas y besar en la frente da un poco de grima. A mí me gusta. Mientras tanto, mejoremos nuestros besos, con ellos el paisaje cambia, el mundo nace otro, borran el dolor, la espera, dan vida.

Ilustración: David Shrigley

La ridícula idea de no volver a verle

No hay nada más extraño que despedirse de alguien a quien quieres. Decir adiós o permitir que el daño sea irreparable, un daño que deja respirar apenas, que envuelve el tiempo en carne viva y prescinde de palabras. A ese dolor podemos encomendarnos una sola vez. Más de una vez se considera plagio. A veces, la única forma da atajar la enfermedad implica cortar un miembro fuera del cuerpo y dentro de nuestra cabeza, con una cadencia y un latido que creímos nuestro y para siempre. Entonces nace la ridícula idea de no volver a verle, la única manera de poder salvarnos.

La decisión de no volver a verle surge de la necesidad de abandonar la realidad como amenaza. Mucho peor perderle que perderse a uno mismo, nos dicen, pero no lo vemos. Entonces llega el momento, de noche. La oscuridad nos permite encontrar ese valor del que carecemos. Si vamos a morir un poco que sea bajo la luz de la luna y los satélites. Seremos árboles que mueren y nadie escucha. Mataríamos por volver a verle. Nos desangra mirarle una vez más entre los ojos, ese lunar del cuello.

La idea de una vida sin el otro resulta tan ridícula que seríamos capaces de volver a intentarlo… para volver a equivocarnos. Queda la duda, los futuros imposibles y su recuerdo. No volver a verle estaba descartado y, sin embargo, ocurre. La despedida deja su perfil en la ventana del autobús, en el quejido del tren y los felpudos. Después llegan los días, los meses y los años raros. La ridícula idea de no volver a verle se destiñe bajo las gotas de lluvia y un sol oblicuo. El dolor se hace tan cotidiano como el pan con mantequilla. La vida consiste en despedirse. Y todo pasa y queda, como los lunes pasan.

Ilustración: Miki Kim

Conexiones

¿Por qué conectamos? Es más, ¿qué significa conectar con alguien? La conexión, si prende, fluye hacia los cuerpos, los eleva hasta que el tiempo deja de ser tiempo y el espacio es tiempo suspendido. Algo tendrá que ver la emoción previa al estímulo, que sentir es, a pesar de todo, lo único que nos diferencia de los animales sin palabras. Primero conectar, después darle forma al pensamiento. Entre medias, algo que convierte una casa en un hogar, una cama en chocolate y esa sensación de que solo se vive plenamente cuando conectamos sin intentarlo apenas. Con eso basta, porque es todo.

En la conexión hay un rastro de empatía, los grandes defectos se diluyen en las pequeñas virtudes, en la facilidad para hacer humor de cualquier cosa (hablar como sinónimo de oxigenarse). Se trata de un movimiento de olas entre dos cuerpos que prescinden de los atributos de la civilización. Si conectas entonces querrás la cima y las orillas, el labio inferior, su saliva y la mañana siguiente. La conexión persigue un horizonte, precisamente porque así la sangre se distribuye como el cielo después de la lluvia. Luego el sexo, un sexo antiguo que nace y vuelve a nacer. La conexión es la prueba de que un milagro es la existencia de la cosa, la simple certidumbre de ser estando vivos.

La lejanía solo se entiende cuando podemos conectar con alguien. Cierto que tenemos el cine, también a Bill Evans, comida al otro lado de los ventanales… sin embargo, solo en el otro encontramos un instante que abarca todos los instantes pasados y futuros, un instante que es principio y fin en un mundo de siempre, sucesión de días sin sus noches, sin sus desayunos. Poco tiene que ver la poesía en todo esto. Hablo del latido y su latido en el tiempo, de todo lo que podemos ser cuando alguien nos acepta en nuestra infinita imperfección. Solo a través del contagio emocional podemos ser humanos, aspirar a ser todo menos troncos huecos. Después… da igual después. La puta conexión, la vida.

Ilustración: David Shrigley

Leer en la playa

Aprender a leer es lo más importante que nos haya pasado nunca. A partir de ahí la vida es otra, viene con defecto por escrito y es posible pensarla desde el otro lado, como lo haría un sudafricano blanco o una inglesa de Kensington. Leer representa el pasado y el futuro en un gesto inofensivo y poderoso. Puede practicarse en la cama, en el metro muy temprano, incluso andando. Sin embargo, hay un lugar en el que el libro encaja, se moja y se arruga un poco por los bordes, refleja la luz en cada una de sus páginas: la playa. Si no os gusta leer hacedlo frente al mar, mientras el sol dibuja una trayectoria sobre los hombros del mundo. Y por fin no estaréis solos.

La lectura en la playa cambia el libro, se impregna de niños que juegan con la arena, de polos y sed de otra cerveza. La orilla es otro personaje, real o imaginado, recurrente porque las estaciones la atraen un año más a nuestros párpados. Palabras, una estrella de mar muerta, promesas de barcos hundidos y bruma. De pronto, nuestra historia se completa con la pausa y las mareas, discurre en algún lugar secreto a la vista de todos. Una playa puede ser nuestra biblioteca preferida.

Cada vez que veo a alguien con un libro en la playa quiero quitarle el bañador, formar parte de su verano. ¿Por qué elegiría uno de color amarillento? ¿Qué querría descifrar en los días que comienzan tarde? La sal justifica cualquier lectura, avala a un lector entregado a la ignorancia. De alguna manera un poco extraña, todos recordamos los libros que leímos en la playa, como si hubiera sido un sueño de palabras, de brisa, de océanos imaginarios que vuelven y vuelven y vuelven.

Ilustración: Tom Wesselmann

Calor

Todas las cosas buenas vienen del calor. El frío sirve para vestir bien y no sentir las manos. Al calor hay que recibirlo contra el pecho, con las ganas de matar intactas, con la certeza de que las noches sirven para estar despiertos. Así los humanos imitan a las bestias, permanecen a la sombra la mayor parte del día. Será el miedo frente a lo invisible, ese rayo de sol que sirve para cocinar huevos, salchichas. Nada puede detenerlo. El calor asciende desde el cielo, transforma la ropa en algo redundante. Hay sudor, marcas de agua en esa página que son los cuerpos. Si de algo hay que morir que sea de calor, de fuego y la promesa de un mar que gana espacio a un azul triste sin nubes.

Todo el mundo habla mal del calor, pero todos lo desean en silencio. Las glaciaciones extinguieron a los dinosaurios. El calor acabará con este mundo. Si hay Dios tendrá que ser verano. La nieve también arde un 12 de julio. Lo saben los pocos valientes que caminan por la acera, también los pájaros. El calor enciende nuestros sueños, los hace arder en mil pedazos. El calor es sexo, ganas de no hacer nada excepto hacerlo. Calor, camina conmigo. Calor, quédate a dormir despierto.

Este calor permite pensar mal, hacerlo como si todo dependiera de una ráfaga de aire. Pronto llegarán las tormentas de arena y polvo. Con ellas podremos darle forma a una estación incomprendida. Nada mejor que venerar el verano en la ciudad, lejos de las piscinas y los montes. Apaguemos el ventilador, encendamos una hoguera con los ojos y observemos el mundo arder al fondo. Seamos herejes esta noche, ardamos. Pero ardamos juntos, tan juntos que no quepa nada más que lumbre.

Ilustración: Jones The Painter

La tercera foto del Tinder

Tinder es un escaparate de gente sola. Perdón, de gente solitaria rodeada de más gente o al menos con un fotógrafo a mano. Todo lo demás son copas de vino con dos hielos, el sol entre los índices y los pulgares formando un corazón, campos de lavanda (tiene que ser siempre el mismo), espejos más o menos limpios, tortícolis y un halo de tristeza que se rompe cuando no tenemos wifi. Tiene que haber amor, pero no sale en pantalla. Pero lo más importante, lo que vincula a este lugar con la vida en su manifestación más fieramente humana es la tercera foto. Una, dos y se jodió la magia.

En la primera foto no nos reconocen ni nuestras hermanas; en la segunda dejamos de sentir presión, debemos pensar que si alguien nos va a querer bien se fijará en el interior o en la descripción que acompaña el perfil de cada usuario. Ahí la altura es importante. Todo va como la seda. Esa persona que buscábamos tiene cara, un cuerpo majo, escala y escruta un horizonte con espacio para dos. Deslizamos hacia la derecha, otra vez, y la tercera foto es la cola de un salmón abofeteándonos con rabia. Estuvimos tan cerca…

Sucede lo mismo en una relación de carne y gastos. La pareja se encuentra por primera vez, el ruido se apaga alrededor. Comienza el movimiento, la euforia, todo huele bien. Los enamorados quieren saberlo todo el uno del otro, incluso lo que comen. Después follan encima de la mesa. Pasa el tiempo. Mañanas sin peinar ni maquillarse, la puerta del baño está abierta, los grandes defectos arrinconan las pequeñas virtudes. ¡Zas!, la tercera foto. El amor existe, si es Amor Amor nunca se muere. Las desilusiones, a veces, nos hacen más fuertes, también nos dejan solos. Si quieres amar en Tinder comienza por la tercera foto. El desencanto conduce siempre a la verdad. Y vuelas.

Ilustración: Rutu Modan

Todo el mundo está ocupadísimo

«No me da la vida», el mantra de padres, madres y viejos a la carrera. Los alumnos lo pronuncian entre exámenes y series, entre cebos y medias canciones. Porque, reconozcámoslo, todo el mundo está ocupadísimo. Imposible encontrar una grieta en este sistema tan perfecto, tan fieramente humano. Aquí el tiempo ha dejado de volar para convertirse en un flujo de días, meses y años en el que nadie tiene tiempo para nada. Eso sí, todos comentan por teléfono lo ocupados que están, como si la ocupación extrema fuese una medalla, la demostración pública de que lo han logrado. Pero ¿el qué? Ni puta idea.

No llegamos. Nadie llega porque el desgaste reboza todos los ámbitos de la vida. Sexo rápido y hasta mañana, una ensalada de pie frente al ordenador, otro avión. Se trata de producir con vistas a algo nunca abocetado. Tiene que ser la hostia porque millones han hecho suya esta forma de estar en el mundo, sinónimo de darse prisa. ¿Profundizar? Imposible. ¿Paciencia? ¿Eh? Dadnos estímulos, ¡más luz! Tacha el blanco del calendario, Ramón. Respirar, sinónimo de rellenar el espacio y el tiempo… sin nosotros.

Atrapados fuera del mundo, así pasamos. Todo vale para ocultar nuestras aspiraciones, aquel anhelo de vivir en Anchorage, de ser libres por dentro. Si no somos nuestros, si no recuperamos lo que realmente somos, entonces solo queda la piel pegada a los huesos y un cúmulo de emociones transgénicas. Todavía sentimos, cierto, aunque lo hacemos para consolarnos. «Voy a tope». ¿Hacia dónde? De tanto apelar al sentido común perdimos el sentido propio. A la mierda la gestión del tiempo. Pasad del coaching y el personal trainer. Parad. Abrid los ojos sin haceros daño. El mundo seguirá girando.

Ilustración: Simon Bailly