Semen

La palabra semen es un hálito viscoso entre perla y pedrá, sustantivo amargo con tendencia a deslizarse desde la mano al calzoncillo formando un charco con la forma de un copo de nieve visto a través del microscopio. Su consistencia varía dependiendo de la vida del portador y la santísima estalactita de la castidad se transmuta en mosto light a partir del tercer orgasmo, algo al alcance de Antonio y unos pocos más. En cuanto al olor… ¿huele a nubes, a lujuria, a sudor y victoria? Porque no somos lo que comemos, sino más bien aquello a lo que huele este petróleo blanco, chorrazo compuesto por un 10% de espermatozoides, un 30% de secreciones de la próstata y un 60% de… mejor obviarlo.

Mientras sale a jugar, de día y de noche, nadie lo menciona en las comidas, y alguno protesta al no saber que sabe a gelatina marina, que raspa ligeramente la campanilla, tolón, tolón, como si de pronto, el torrente de la vida se resistiera a desaparecer así como así, en las profundidades de un ser humano que procura un placer altruista, esa gota de más sobre un batido.

Que quede bien clarito: tragárselo no depende de que te guste el chico, ni siquiera de si la polla en la que viaja es perfecta, ligeramente curvada o permanece semihundida estando erecta. Simplemente sucede, en el momento y el espacio, dando lugar a una acción bella, única, perezosa después.

Lo reconozco; solo he catado mi esperma por lo que no soy un experto en la materia, pero insto a todos aquellos a los que les de asco o grima que se animen, incluso que prueben a tener un Red Bull en la mesilla, y así pasar el mal trago. Solo en ese momento, frente al crucifijo y entre las sábanas con olor a sexo comprenderán que somos la materialización del espermatozoide que llegó primero… y que el “cream pie” no es una cosa de comer. ¡Abre la boca y di ahhhh, carapolla!

Axilas

Cuando me preguntan por la parte del cuerpo en la que primero me fijo cuando me presentan a alguien no lo dudo un segundo: las axilas.

Ese lugar oculto (y a la vez visible desde ciertos ángulos) me fascina y me aturde a partes iguales. Sin embargo en esa división del sexo —no confundir con género— tengo ciertos prejuicios: con o sin pelo, largo, corto o a cazuela, rubio o de un negro intenso petróleo, pelirrojo atravesado por un rayo de luz solar y castaño en la oscuridad de un jersey de lana de cabra, con ese ligero rastro de sudor o un embriagador toque de desodorante sin alcohol, salado, dulce y con esos pliegues porosos que lo separan radicalmente del resto de la piel, con la bandera LGBT bordada o como la selva vietnamita al atardecer después de un bombardeo con napalm…, en el caso de las mujeres. En el caso de los hombres no puedo soportar a los tíos que se depilan por razones estéticas, y menos aún debido a la supuesta práctica diaria de un deporte náutico o terrestre porque, ¿es que os dedicáis a batir récords mundiales en vuestro tiempo libre, flipaos?

Y es que no hay nada comparable a hundir la lengua en un sobaco, en una axila de cualquier tipo y saborear ese néctar que nos conecta directamente con nuestra alma porque, ¿acaso no somos un poco cómo olemos?

Reivindico y exijo públicamente que nos olvidemos de las uñas y de los párpados, de los ojos y del cabello, de las pestañas, las ingles y los anos, y demos visibilidad a una parte del cuerpo que hasta ahora ha vivido en la clandestinidad, que ha sufrido el apartheid y la incomprensión de una sociedad demasiado centrada en aquello que puede exprimir económicamente, que exalta la estupidez intrínseca a la popularidad.

Y no solo eso. A partir de ahora propongo que al conocer a alguien le demos un beso en las axilas, le tendamos la mano bajo el sobaco y mantengamos el dedo índice unos segundos en ese lugar invisible —igual que hacemos con un termómetro— antes de llevárnoslo a la nariz: ahí, entre el borde libre y el eponiquio de la uña se concentra la victoria total.

¡Axilas del mundo, uníos!

El reto de 2019: echar un polvo todos los días del año

Lo reconozco; siempre he sentido especial antipatía por los retos que la era viral-digital ha traído consigo. No le veo la gracia a echarse agua helada por encima —a pesar de que se haga por una buena razón—, compartir tu deterioro físico del 2009 al 2019, o aquel desafío de “la sal y el hielo” que consistía en esa combinación letal sobre la piel que terminaba con una terrible quemadura. Y, ¿qué decir del “In my feelings challenge” que consistía en bajarse del coche en marcha y hacer una coreografía con una canción de Drake? Éste también era por una buena causa y causó varios accidentes que casi les cuesta la vida a varios idiotas bailongos.

Lo admito, soy un rollo de tío y no solo no soy capaz de pasármelo bien de esta forma sino que no soporto que otras personas se lo pasen bien, lo graben y además no sean conscientes de los intereses espurios que se esconden detrás de la “cultura” de masas.

Es por esta razón que quiero proponer el verdadero reto del 2019, algo que no tenga ningún vínculo con recaudar dinero, ni con los labios de Kylie Jenner, ni siquiera con actividades al aire libre (aunque también valga hacerlo en el baño y en el bosque). Ahora que llega el invierno propongo que echemos un polvo diario, cumplirlo a rajatabla todos los días a pesar de que hayamos trabajado muchísimo y lo único que nos apetezca sea llegar a casa, abrir una lata de mejillones y ver una serie de Netflix, rebelarnos contra la gripe, los niños y el tedio diario de compartir la cama con la misma persona con la que comenzaste a salir y que ahora está sentado en la cocina comiéndose un sandwich de pavo con las lorzas al aire y un principio de calvicie en la coronilla que brilla bajo la tenue luz. Y con sexo quiero decir a que vale cualquier cosa pero que incluya coito, lo suficiente para que tus mejillas recuperen el color y tu piel la firmeza de antaño, hasta que eso que a día de hoy es un premio (el 25% de las parejas casadas follan menos de diez veces al año) se convierta en una rutina más, como ir al baño, pagar el I.V.A. y pedir una pizza los viernes por la noche.

Adelante valientes, a ver quién se atreve.