Irse de putas

Hay en la expresión «irse de putas» el eco de una tristeza, como si ese verbo de hombres no fuera más que la medida de su anhelo. Tras la preposición y tres pasos por detrás, mujeres de pupilas bajo una bombilla, pomada de palabras por dinero. ¿A dónde van los tíos cuando pagan? Lo más lejos posible, de ellos y su vida, claro, casi siempre al lado de casa y en manada, particular manera de repartir culpas o hacer biografía de duchas, condones y jabón de manos. Luego está el cliente habitual, nunca putero de tabique para adentro, convencido de que no hace daño a nadie, digno. Se limita a descargar en un reservorio de piel sin estatuto, cuerpo que se emplea. La esclavitud como forma de libertad sin cargos de conciencia era eso.

Prostitución, extraño maquillaje. Quizás la fidelidad tenga sentido en su intercambio. Porque el hombre vuelve. La puta mira con ojos de otra parte, por eso cobra lo que corresponde. A cambio, otro nombre escrito en otra almohada. Carne sin labios de por medio. Después la charla para encontrar el calcetín y las razones que la llevaron a ensuciar sábanas por horas en compañía de extraños. Con una puta el presente se deshace, sucede igual con los amantes. Mientras, el futuro abre un sueño de semen encharcado.

Estuve con dos. Fueron noches de ángulo muerto que aún me asaltan. Siempre culpé a los amigos. Yo no quería. Y no querer implica hacerlo. ¿Qué cambia en nosotros el sexo de pago? Extraña transición hacia la hombría. La primera vez, al terminar, hablé con ella. Recuerdo su olor a droguería. Me besó antes de cerrar la puerta. La segunda fue mi gran derrota. Nunca más volveré a hacerlo. Hay demasiada pena involucrada, demasiadas raíces en el fondo de una cama, de una luna.

Ilustración: Guy Billout

Calor

El calor devora el hueco entre aspas y campos de girasoles, produce monstruos. En la ciudad, todo es ausencia, conversaciones lentas añadiendo más madera a junio. Un viejo resopla, otro niño bebe a morro y la sombra deja de ser sombra para ser sonido. Así nos convertimos en mosquitos a contracorriente, todos, lejos de la luz pintada, al otro lado de un invierno que aparece en los sueños de fanáticos del frío. Llegará. Mientras, en este microondas de junio, el sudor pinta trajes bajo las axilas y empuja al refugio de la ducha, lluvia que trae recuerdos de un patio de Sevilla. Queda demostrado: el agua es vida, la canícula mata.

Con la caída de la noche creímos estar a salvo, pero se acabó su complicidad de mano amiga. Entonces las horas pasan en los ojos de las luciérnagas, libros en la mesilla abiertos por la misma hoja. Menos mal que ya no hay canciones de verano. En cambio, las peleas fluyen, ascienden por el patio como las burbujas de una olla al fuego. La sangre viene con arena, el ventrículo grita basta, la paciencia mengua hasta el punto de que se cometen más asesinatos. De ahí la tendencia a robar bajo la nieve.

En la termodinámica, el frío se define como la ausencia de calor, en cambio, poco tiene que ver el ardor con el deshielo, más bien pone de manifiesto la falta de glaciares y carácter. Entonces el cuerpo deja de ser nuestro, se dilata, cambia de estado hacia ninguna parte. A nadie se le escapa que la carne se hace gas cuando deseamos flotar en piscinas de mercurio. Calor, ese invento en el que sentirnos solos, principio de días y noches al baño María sin María cerca.

Ilustración: Guy Billout

Pide que el camino sea largo

Precisamente ahora, con la velocidad del afán diario, lejos del ritmo de las plantas, ha llegado el momento de pedir que el camino sea largo. Sea el que sea. Nada de nacer, perder un diente y besar al santo muerto. Más bien todo lo contrario. Acumular paciencia frente a éxito, alumbrar la noche con farolillos de papel, mirar el campo sabiendo que lo previsto casi nunca llega. Entonces el verde de la cebada domina el primer plano, el amarillo da sombra y, al fondo, más allá del horizonte, un cielo del color que quieras. La calma tiene esas cosas, convierte el futuro en muchos nombres.

Por supuesto, nada de lo anterior sería posible sin haberlo comprobado en las arrugas de los amigos, viejos. Error, verano, error de nuevo, cuatro estaciones que son una muy larga. Lo inevitable manda, de ahí que conquistar el mundo se parezca más a tomar la fortaleza de uno mismo… a poder ser sin cocodrilos en el foso. Sí, todos esperamos algo, claro, sin embargo, conseguirlo antes que nadie o a deshoras conlleva ciertas dosis de decepción, algo parecido a entonar el cumpleaños feliz en un entierro.

De ahí la necesidad de ir despacio o muy despacio, incluso frenar cuando el resto aprieta a fondo. En esa intersección es fácil comprobar que el movimiento poco tiene que ver con el progreso, que correr deprisa sirve para cansarse y perder el agua que cargan nuestras manos. Estar en el momento y lugar adecuados imita el ir tirando, ver envejecer el mundo ahí a lo lejos, perseverar en la espera y agradecer sin retroceder ni adelantar. Que sea largo. Así verás flores llover y nunca será tarde. Nunca.

Ilustración: Guy Billout

La chica de la pierna biónica

La busco cada día entre estrépitos de pesas contra el tartán y ese olor a piscina de la piel sudada. En el gimnasio sólo hay hueco para ella, y mis pectorales, claro. Chica de treinta o alguno menos, da igual, pelo de sauce regado hasta unos hombros recios por encima del tejido Thinsulate ™. En la intersección de la camiseta sin mangas, escápula y trapecio, sus alas rojas, marcas derivadas del buen uso de los aparatos. Rutina de gladiadora, viene a eso, a enfrentarse a los leones. De ahí que cuando se gira a beber agua, mi mirada de pervertido o escritor —son sinónimos— se pierde en su culo-diamante, más redondo que la Tierra vista con un catalejo, inalcanzable. Luego está su pierna biónica, la razón por la que siento algo parecido al amor, también deseo.

Y es que observarla tiene algo de fantasía ciborg fieramente humana, como si la falta de un miembro fuera la última pieza del puzzle de esa plenitud física que anhelo. Ella no oculta su exoesqueleto de aluminio con un taco de madera en lo que sería el pie, ahora unas Nike caras. Al contrario, lo muestra con naturalidad, casi orgullo, y el resto ignora la otra pierna, trabajada, de carne y rotundo hueso y, sin embargo, lejos de la perfección de la tragedia convertida en punto de apoyo, ventrículo de la física mecánica.

Así uno olvida la separación y se concentra en los logros de la ausencia. La máscara de la chica del gimnasio es un alma al aire que nos da la pista para encontrar belleza en todas partes, también en los miembros amputados, en la vulnerabilidad como origen de todo lo visible y lo invisible. Resulta que las extremidades omitidas e incompletas son marca de la casa, incluso para los que poseen todos los órganos. ¿Defectos? Sólo la imperfección del que mira sin mirar. Y ella se aleja, inasequible, corriendo a toda hostia.

Ilustración: Guy Billout

La insistencia

Insistir no ya como modo de vida, sino como norma o plegaria sin dioses de por medio. Persistir, mantenerse firme. Instar reiteradamente. Repetir o hacer hincapié. Hacerlo muchas veces mucho con la intuición de que, detrás de la puerta, no habrá nadie, que estás solo y, sin embargo, algo se despierta en ti si la golpeas. Cuidado. Repetir un mismo acto esperando diferentes resultados supone jugar con la locura. Esto es otra cosa y además es muy cansado. Ayuda el prescindir de expectativas, castillos en el aire, sueños a lo ancho de un trayecto en el que te crecen amapolas en los nudillos y la dictadura de lo imprevisible acota y noquea. Es así, nada sucede a nuestra voluntad, más bien todo lo contrario.

Cuesta verlo. Alguna cosa se le concede al que insiste bien y ama mejor, casi nunca al que se la merece. Hay en ese movimiento cíclico y hacia delante un elemento de perseverancia que en ocasiones pasa por obstinación. Se observa en la naturaleza y la falta de talento, única garantía de que continuar con la práctica diaria, escalas, versos, bocetos, brochazos, conduce al fracaso en sus múltiples formas y colores. Seguir, seguir y seguir. Y luego sigues.

Nada puede intimidarnos, quizás ese amigo íntimo que nos mira con pena por continuar en el error. ¿Quién acierta? ¿Cómo saber que los demás lo hacen bien respecto a uno? Hay que compararse con el que fuimos ayer o hace dos días, diez años, un segundo. También con una hormiga. Quisimos incendiar el mundo y, sin embargo, cuesta tanto encender una cerilla… Reitero: de tanto porfiar encontramos la manera. Hacer un poco más, recuperar el trazo y saltar desde el alambre. No se vive, se insiste. Y así.

Ilustración: Guy Billout

Pajas entre colegas

¡Extra, extra! ¡Acaban de abrir un club de pajas en Madrid y por grupos, una hermandad fálica, democrática y no discriminatoria! Todos son bienvenidos a cambio de una membresía y respetar el código deontológico: prohibido golpes de calor por debajo de la cintura e introducir. Así es, las pajas son ocio y esparcimiento desde la prehistoria, una forma líquida de conocer gente y crear vínculos que nada tiene que ver con el sexo. Y añado, hay más erótica en el café con leche acompañado de churros que en la calle Sierra de Alto de León, epicentro de un mundo de hombres que copia nuestra infancia, o al menos la de una generación muy pajillera en el buen sentido del orgasmo.

Las buenas costumbres se han perdido y ahora la masturbación es cosa de uno y un móvil, dos como mucho y qué pereza. Sin embargo, hubo un tiempo en el que los amigos hacíamos melés alrededor de un «Private» con las hojas pegadas, la party comenzaba en el salón de Juan con una película porno muy alta y el juego de la galleta sustituía la merienda de los campeones. Es más, si no había plazas —algunas tardes aquello parecía el cine de verano— siempre se recurría al amigo cuentacuentos, el mismo que aprovechaba su talento para gozar y gozarse. Vamos, lo mismo sin cuotas ni cuestionar la orientación de nadie, puro amor y gracias, Pablo.

Así son las cosas del capitalismo y la modernidad, sistemas y ficciones donde un acto diario —a veces caen dos o tres— pretende adquirir cierta trascendencia. El resultado viene envuelto en un charquito de nostalgia y gotas en el calzoncillo, como si lo vivido se tratara de un sueño húmedo y el presente un día a día seco. Por esa razón quiero romper una lanza por las que nos hicimos juntos, la mejor forma de conocernos y quedarnos ciegos, un invento que no podrán arrebatarnos nunca porque congrega en una mano la física de estar vivos, «el sexo con alguien que amas y te ama». ¡Pajas de calidad y gratuitas siempre!

Ilustración: Jean-Michel Tixier

Elogio de lo pequeño

Sucede en tiempos de guerra, toda la vida, vamos, porque nunca son tiempos de paz ahí fuera. En una bolsa de Doritos ahora vienen cinco menos, es decir, un dos por ciento más de aire. Pasa lo mismo con el ColaCao, los lomos de Pescanova y el Tulipán. Mismo envoltorio, un poco menos de lo prometido al precio imbatible de siempre, particular forma penalizar a los que comen mal. Así lo pequeño encoge, se adapta a una realidad en la que la clase media baja a las alcantarillas, la primavera llega imitando a un invierno berlinés y las aspiraciones terminan siendo eso, aspiraciones.

Tampoco es tan dramático. Siempre nos dieron rata por liebre. Incluso sabiendo que hemos sido engañados seguimos practicando a diario el juego de la indiferencia. De lo contrario, saldríamos a la calle con una escopeta, y no a matar gatos precisamente. De ahí que este atraco pueda ser entendido como la enésima posibilidad para lo pequeño, aunque salga caro. ¿No son los más grandes en la vida los que saben ser pequeños? O eso dicen.

Cada vez hay menos tiempos vivos, menos palabras y más tweets, menos trabas para los superficiales, grandes causas que dependen de pequeños hombres vestidos de uniforme de combate, menos mundo al que retirarse a ver pasar aves migratorias, menos yogur en los yogures, menos pelo en la coronilla y más en las orejas, menos es menos que nunca fue más. Sin embargo, hay razones para cuidar de los placeres diminutos, de lo invisible al microscopio, de nuestro pequeño mundo pequeño. Sale a cuenta y a eso se reduce esto.

Ilustración: Guy Billout

Follas como tu cuarto icono

Supongo que será el inmovilismo crónico, o puede que un antojo de ir a Nápoles en Ryanair. Ni idea. El caso es que, entre tanto calentamiento global y lo de las macrogranjas, el silogismo me interpeló: «Follas como tu cuarto icono». Entonces se desata una reacción en cadena. Primero fue la resistencia, ese miedo a ser como los demás. Después vino el ardor derivado del autoconocimiento y los jeroglíficos de la modernidad. Por último —como era de prever—, abrí el Whatsapp. ¡Cuál fue mi sorpresa al comprobar que ahí, en cuarta posición, como si de una aparición mariana se tratara, había un tarro de miel con una cucharita! Será que tengo mucho tiempo.

Superado el shock, comencé a buscar la solución a un dilema muy del primer mundo. Más aún cuando ese icono cambia según el móvil. Hubiera preferido un pulgar hacia abajo, unos palillos, ¡incluso un montón de zetas!, algo que añada certidumbres. Sin embargo, me tocó lidiar con lo indeterminado. Más que nada porque no se sabe si ese tarro es un NFT, si la miel es industrial o de Elvish (Turquía) y lo que es peor aún: ¿alguien conoce a alguien que lo emplee?

Sucede que nuestro cerebro es especialista en escayolar a un mundo dislocado en el que resulto zalamero, difícil de quitar cuando salpico. Además, después de comer algo tan dulce nada sabe bien, así que asumo la verdad aunque empalague. No sé, será que quiero todo lo que producen las abejas. Así me va. Entonces esta mañana recordé a aquella chica que me gritó «eres miel» antes de irse. Y ahora lo entiendo.

Ilustración: giselledekel.com

Nos vamos a quedar sin alcohol

Curva de oferta y demanda. En el cruce, un consumidor, tú, yo o los demás, millones. Sucede desde el inicio del trueque. Hace poco, el papel higiénico desapareció de las estanterías. No se trataba de una cuestión de limpieza, sino de necesidad incomprendida. ¿A quién le preocupa limpiarse el culo cuando las ucis se saturan? Por lo visto a muchos, siendo más limpios los muertos que los vivos. Bueno, pues ahora que ya vuelve a ser 2019, un periodo extraño porque le faltan dos años y la suma da 21, la demanda ha despertado. Se trata de un monstruo, motor de esa enfermedad llamada consumo. Falta diésel en China, camioneros en Gran Bretaña y en breve la escasez llegará al Absolut, el Beefeater, el Jameson y la Seagram’s.

Y aquí surge la pregunta: y si no podemos ponernos pedo para celebrar la vida de cara y barbilla, el baile de cerca y las resacas de antaño (a partir de las diez de la mañana)… ¿qué vamos a hacer? El fin del mundo se parece mucho a la ebriedad a destiempo. Porque si algo tiene de bueno beber —el alcoholismo va a aparte— es la posibilidad de hacerlo cuando uno quiere, mejor desde temprano y alargarlo tanto que se haga corto o tan largo que «pasando de volver a casa». ¡Aj!, casa. Ahora, sin embargo, el temor a tener que pedir una sin a la fuerza resulta insoportable. Además, un bar de abstemios se parece a un hospital. Peligrosamente.

La cosa apunta peor en Navidades. Escenas de terror, cenando con la familia, delante de un árbol que luce y con agua. Hasta el pavo sabe a la desazón del abstemio. Cosas del libre comercio. Para rematar la escena, la inflación se encuentra en niveles del 92, el año en que fuimos reyes y creíamos que en el futuro todo sería mejor. Bueno, pues ese tiempo ha llegado y miramos hacia atrás porque entonces había alcohol para todos y algo de trabajo. Me gusta pensar que todo esto ha sido una locura transitoria. Y para eso necesito beber, vivir, amar.

Ilustración: Yang-Tsung Fan

La vuelta a la normalidad olvidada

La fuerza de la costumbre es poderosa, tanto que incluso aquello que molesta, suda o pica se echa en falta cuando llega el momento de la despedida. Así, la mascarilla, ¡oh fiel aliada de los feos!, comienza a perder su influencia en la calle y los garitos. Se quedará entre nosotros un tiempo, lo justo para que se pase el susto que llevamos en el cuerpo, y luego tendrá una presencia testimonial en el carrete. De pronto, entrar en una sala de conciertos a cara de perro —un gesto repetido en el pasado con toda naturalidad y algo pedo— se parece a desnudarse en una piscina pública llena de madres hastiadas, padres fofos y niños a punto de ahogarse. Esta es mi impresión de un sábado noche a pelo en Madrid.

¡No me lo puedo creer! Con esta frase silenciosa van entrando, sin excepción, los asistentes. Hay miradas de extrañeza, alguno se pellizca fuerte, y a juzgar por la cara de felicidad del DJ podría tratarse de una ilusión óptica, un sueño bajo los satélites o directamente la muerte. Pero una agridulce porque resulta inevitable tocarse la barbilla y palparse una comisura, compartir el aliento con desconocidos (¿vacunados?) sin echar de menos algo. En fin, que de tanta precaución y lavado de manos ahora vamos por la noche como un conejo al que le dan las largas.

La sensación vuelve una y otra vez, ¡estoy en bolas! Venga, me pongo la mascarilla para ir al baño a hacer pis solo y me la quito para bailar el limbo rodeado de humanos con cara; tiro de ella para pedir en la barra y después la lanzo al aire porque hoy nos graduamos, superamos una prueba, nos rendimos a la evidencia de que la normalidad tampoco es que sea la repanocha. Eso sí, no huele a encía. A las cuatro, y como siempre, regreso a casa en bici con la mascarilla bien prieta, la lavo con ternura y la dejo secándose en el alféizar de la ventana. El cable está tan enredado que cuesta regresar a lo de antes. Mucho. Un lío.

Ilustración: Hopper con mascarilla