Nuestras imperfecciones

Con la tiranía de las imágenes de nuestra imagen (aquí sólo cuenta lo que se mira en un segundo y se comenta) apenas queda tiempo para (de)mostrar todo el potencial de las imperfecciones. Y no se trata de una cara libre de polvo suelto, es decir la verdadera faz que nos despierta tras el sueño sin ser luna llena. Tampoco de los defectos que señalan la cadera o restan partes a la anatomía, una pierna más corta, la imposibilidad de ver más lejos sin recurrir a las puntillas, el amarillo del esmalte o la forma convexa de la boca, grasa, cicatrices, piel de desconchón y todos los supuestos males que lastran el cuerpo-cárcel, por dentro y también por fuera.

Porque esas trampas o camisas de fuerza mustian frente a la imperfección que nadie observa, excepto uno. Son ganas de encontrarnos con lo otro, eso que falta, de pegar los trozos de nosotros cada vez menos nosotros, hacer énfasis en ocultar lo que define a las especies. Ignorando las fracturas del tuétano damos a aire a esqueletos con la consistencia del vidrio recién nacido. Ser perfectos, ¡qué aspiración tan hueca, tan terriblemente perfecta!

Logros, esguinces,¡levántate y corre, Lázaro!, sueños, dietas y coronas de flores y espinas. De esta forma tan extraña marcamos el paso propio frente al infierno de la mirada y la aceptación, aquella que se nos niega al originarse en ojos de un extraño. La perfección existe al convertirnos en inadaptados a lo defectuoso, a la tara, al vicio y la falla. En ese punto, alcanzaremos a ver «más allá de lo que nos muestran, a escuchar más allá de lo que nos lo dicen». Y la imagen, de pronto, nos descubre lo que somos por primera vez.

Ilustración: http://www.cecile-gariepy.com

La vuelta a la normalidad olvidada

La fuerza de la costumbre es poderosa, tanto que incluso aquello que molesta, suda o pica se echa en falta cuando llega el momento de la despedida. Así, la mascarilla, ¡oh fiel aliada de los feos!, comienza a perder su influencia en la calle y los garitos. Se quedará entre nosotros un tiempo, lo justo para que se pase el susto que llevamos en el cuerpo, y luego tendrá una presencia testimonial en el carrete. De pronto, entrar en una sala de conciertos a cara de perro —un gesto repetido en el pasado con toda naturalidad y algo pedo— se parece a desnudarse en una piscina pública llena de madres hastiadas, padres fofos y niños a punto de ahogarse. Esta es mi impresión de un sábado noche a pelo en Madrid.

¡No me lo puedo creer! Con esta frase silenciosa van entrando, sin excepción, los asistentes. Hay miradas de extrañeza, alguno se pellizca fuerte, y a juzgar por la cara de felicidad del DJ podría tratarse de una ilusión óptica, un sueño bajo los satélites o directamente la muerte. Pero una agridulce porque resulta inevitable tocarse la barbilla y palparse una comisura, compartir el aliento con desconocidos (¿vacunados?) sin echar de menos algo. En fin, que de tanta precaución y lavado de manos ahora vamos por la noche como un conejo al que le dan las largas.

La sensación vuelve una y otra vez, ¡estoy en bolas! Venga, me pongo la mascarilla para ir al baño a hacer pis solo y me la quito para bailar el limbo rodeado de humanos con cara; tiro de ella para pedir en la barra y después la lanzo al aire porque hoy nos graduamos, superamos una prueba, nos rendimos a la evidencia de que la normalidad tampoco es que sea la repanocha. Eso sí, no huele a encía. A las cuatro, y como siempre, regreso a casa en bici con la mascarilla bien prieta, la lavo con ternura y la dejo secándose en el alféizar de la ventana. El cable está tan enredado que cuesta regresar a lo de antes. Mucho. Un lío.

Ilustración: Hopper con mascarilla

Gente que sonríe al mirar el móvil mientras camina

Ahora que la vida comienza a recuperar su bullicio y la mascarilla ya sólo representa el peligro limitado al interior, irrumpen las caras; y con ellas ciertas costumbres de la calle. Hay muchas, una reina: gente que sonríe al mirar el móvil… mientras camina. Pero no se trata de un gesto cualquiera, sino más bien de una mueca perfectamente intercambiable entre viandantes de doce a cuarenta y pico años. Ahí están ellos y ellas —me incluyo los días de paga—, agentes del caos cortocircuitando el flujo natural de las aceras, y todo al tiempo que muestran piñata y acercan la nariz a la pantalla. Pero ¿por qué sonríen si andan perdidos en el Whatsapp?

En principio podría ser que reciben mensajes divertidos, alguna foto-video-GIF de su versión más humana marchando por la calle sin el iPhone, anacronismos que les vuelve tiernos y por lo tanto seres felices. Descartado. Quizás se deba a que la cercanía de la muerte inspira la sonrisa, una manera de asumir el fin por atropello o el impacto contra una farola como la mejor manera de despedirse del mundo virtual —el otro hace tiempo que desapareció—. Tampoco cuadra.

Tras varios días de intenso debate y extrañamiento por la epidemia del rictus (muy agradable por otra parte) se impone la razón. Cuando uno mira el móvil en movimiento reduce la velocidad de paso, anda como un zombie, se rebela contra una sociedad idiotizada por los luminosos y los edificios altos, por fin se conecta con los suyos haciendo desaparecer a la inmensa mayoría nazi. Sucede que todo dura lo que dura el gesto y, al volver a caminar erguido, vuelve el mohín, ese de la realidad fuera de los márgenes del móvil. Ahora se sueña de esta forma, y uno echa de menos hacerlo dormido, quizás durmiendo.

Ilustración: http://www.nhungle.com

La pregunta que nos deberíamos hacer

Su cuerpo forma parte del subsuelo y los gusanos y, sin embargo, Michael K. Williams sobrevive en la memoria. Porque algunos dejan cicatriz, y son a esos a los que volvemos cuando la duda se hace costra. De alguna manera un poco extraña sabía que escribir sobre su muerte el día del deceso no le hubiera hecho justicia. Eso hubiera supuesto añadir una esquela más en la lista de este mundo-cementerio siempre en búsqueda del titular que intercambia verdad por oportunismo. Hay que dejar a la gente marchar en paz, sin palabras que sólo hacen ruido y entierran el silencio. Precisamente, gracias a ese tiempo prudencial, ahora descubro la pregunta que Michael hacía al inicio de cada temporada de “The Wire”. Así se desvela a la persona cuando el personaje muere.

¿Por qué hacemos esto?, espetó a un perplejo David Simon, responsable de la serie. Podría parecer que simplemente respondía al interés del actor por acaparar líneas para Omar Little, el maleante que robaba a otros maleantes que robaban a personas decentes. «Corre la voz, querida. Omar ha vuelto», decía antes de desaparecer entre las sombras. A medida que el hilo de la conversación se estiraba, Simon se dio cuenta de las verdaderas intenciones de Williams: pensaba en la historia en su conjunto, en la generosidad como ofrenda que uno se hace a sí mismo olvidándose de uno.

Es curioso que la pregunta que todos deberíamos hacernos (en algún momento) parezca condenada a un olvido consciente. Será porque tendemos a apartar del camino todo eso que cuesta, será porque la vida es «la mierda que ocurre mientras esperamos momentos que nunca llegan». Es verdad, da miedo descubrir que lo que hacemos carece de sentido. Levanto la mirada. Dejo de escribir. Miro dentro de los ojos de Michael. Regreso de las profundidades para apuntalar el último párrafo. Desconozco por qué hago lo que hago, pero ando cerca, lo intuyo. Y sonrío bajo un cielo plomizo que anticipa el fin del verano, el fin del mundo tal y como lo conocimos.

Fotografía: Jesse Dittmar

Todo da pereza

Si el virus ha hecho estragos en nuestra realidad, últimamente, invisible pero implacable, la pereza hace acto de presencia. Está por todas partes. Sólo hace falta levantar la cabeza y escuchar las bocas de los otros, ese descuido en las cosas a las que estamos obligados. Si antes costaba mucho trabajo construir puentes, congregar masas o simplemente sacar adelante cualquier proyecto, ahora compensa aún menos. ¿Para qué? Se echan el doble de horas, se cobra la mitad y el resultado decepciona, no porque lograrlo haya perdido su sentido original, ese de sentirnos útiles, sino porque después de tanto tiempo inerte aspiramos a vivir tranquilos. El único problema es que hacerlo supone renunciar a parte de la vida tal y como la consumíamos, al movimiento, a la falta de tiempo para no hacer nada.

Tal vez se trate de una racha. O puede que todo haya cambiado tanto que no haga falta volver a lo de antes. Total, tampoco es que fuera la hostia. Sorprende la capacidad de adaptación y la desgana con la que nos enfrentamos a las mismas rutinas mientras el mundo gira en sentido inverso al esperado. Puede que la inacción sea un arranque, nuestra particular forma de seguir caminando sin bajar los brazos. Al fin y al cabo, alguien tiene que hacer el trabajo sucio, uno lejos del reloj y la prisa.

A un inglés se le ocurrió que debíamos de ser productivos 24/7, desayunar fuerte y arrojarnos al trabajo sin medida. Necesitamos un poco de quietud en horizontal y vertical, disfrutar del vacío en plenitud de facultades, un poco como los muertos pero inspirando el aire hasta el fondo de los pulmones, igual que un vacilo visto al microscopio, inmóviles, sonrientes y callados. De hecho, estoy faltando a mi palabra y con cada frase me alejo un poco más de mi propósito. Feliz lunes de pereza.

Ilustración: http://www.francescociccolella.com

Sólo nos preocupa el fin de las vacaciones

A estas alturas todos lo habremos sufrido de manera directa o de perfil: las vacaciones se han acabado. No contentos con asumir el drama, parece que estemos abocados a compartirlo, como si eso supusiera un consuelo. Y así pensamos en lo poco que nos apetece volver a una vida elegida, al menos en parte, pero que se aleja considerablemente de la idea original. Porque así funcionan las cosas del afán. Empeñados en alejarnos del presente, ahora el futuro se cubre de nubes y resurge el mar del mes pasado, ese tiempo muerto entre dos siestas de arena. Lo hace como una maldición, con cada paso de zapato en la calle, en un metro refrigerado mal aposta, en la oficina con compañeros que pierden el moreno al segundo café. ¿Cómo va a importarnos que el precio de la electricidad alcance cada día un máximo histórico? Que nos dejen con nuestras mierdas.

La razón para este trauma poco a nada tiene que ver con las responsabilidades del mundo viejo. De hecho, somos capaces de lidiar con ellas todo el año y durante décadas a base de ojeras y ardor de estómago. Sólo el asueto posee la rara capacidad de retrotraernos a la infancia muerta y enterrada, el único atisbo de vida libre. Ahí están papá y mamá cogidos de la mano, tu hermana con la cara cubierta de Frigopie y las tardes en las que mirar el atardecer frente al océano se parecía extrañamente al dedo de tu hermano señalando el cristal del acuario.

A los seres humanos nos interesa volver cuando queremos, nunca por imposición, y eso sucede de manera escalonada, inevitable. Y claro, uno se pregunta si nos sentimos mal porque se acabó el descanso o si se acabó el descanso porque nos sentimos mal. Curiosamente, el precio a pagar por el regreso es el mismo, tanto si lo gozaste al máximo como en el caso de desprenderte de racimos de lágrimas frente al agua salada. Resulta que la mayor parte del tiempo queremos estar en otro lugar; el fin de las vacaciones viene a confirmarlo.

Ilustración: Tracey Sylvester Harris Bliss

Echo de menos irme sin decir adiós

Durante todo este tiempo hemos hecho la vida de siempre excepto la que dependía directamente de los demás, es decir, la vida misma. Ahora que se vislumbra un final de ciclo que dará paso a la era de la electricidad cara y el embudo de conciertos y festivales, uno se siente nostálgico y echa la vista atrás. Ahí, arrinconada junto a la ropa de invierno, la vieja práctica de desaparecer de las fiestas sin decir adiós, despedirse a la francesa que dicen los españoles, o a la inglesa en boca de un parisino con peinado a lo garçon. Aquel gesto, perfeccionado durante años de aguantar chapas en grupo se ha visto abocado al olvido por una razón más que evidente: las reuniones son de dos personas; las de cuatro se consideran bukake.

¿Os acordáis cuando decían pero dónde se ha metido esta? ¿Y qué fue de aquel voy un segundo al baño seguido de un movimiento subrepticio hacia la calle, lejos del ruido de los cubitos de hielo, las conversaciones sobre viajes y el último restaurante abierto por Chicote? Y es que lo mejor de las fiestas era largarse cuando estaban llenísimas porque sólo de esta forma, discreta y elegante, se demuestra la buena educación del individuo frente a la masa.

Decir adiós con la mano tiene algo de insoportable, como dos gorriones que se van muriendo poco a poco; hacerlo con dos besos implica tener que dar explicaciones de por qué te piras; dar abrazos a diestro y siniestro en un campo de amapolas es el sueño húmedo de cualquier madrileño. «O te conectas al  Wi-Fi® o te vas», decía Erasmo. Pues de tanto querer irnos terminamos echando de menos quedarnos… para después volver.

Ilustración: http://www.saragironicarnevale.com

¿Por dónde nos metemos el presente?

Últimamente, y con esa sensación que tenemos todos de haber vuelto a la casilla de salida con el daño hecho bola, se detectan dos tendencias en relación a este tiempo raro. Por un lado aquellos que sueñan con la lluvia después de la ley seca, ojeadores del tiempo perdido con la agenda hasta arriba de conciertos, cenas y brindis, viajes y polvos pendientes. Son partidarios de la vida en su manifestación más primaveral, de retomar exactamente donde lo dejaron aquel 13 de marzo. Frente a ellos y suscritos a Netflix, Filmin, Spotify Premium y HBO, instalados en la comodidad de su casa-oficina-aula donde reciben clases de yoga online —sí, el espíritu también adquiere las formas del 5G—, un ejército de escépticos convencidos de que la arruga es tan profunda que vivimos veinte años en uno, y por lo tanto el día a día ha cambiado para siempre y para dentro. Ya nada será igual, incluso peor.

Entre ambas facciones, agazapado entre la esperanza y el miedo, nuestro presente. ¿El qué? Sí, el presente o ahora, bajón para la mayoría, conjunto de sucesos y acciones que acontecen en un momento cuya reputación ha caído hasta niveles inimaginables. Pues bien, y aunque parezca un cliché de gurú envuelto en aromas de incienso, es nuestra única certeza, sobre todo porque implica posibilidad. Y así, una minoría consigue amarrarlo, olvidarse del peso y la carga de las palabras, aunque sea un rato, y en ese rato no hay deseos, ni noticias, ni expectativas, tan sólo la vida en su manifestación más íntima.

Y sabemos que poco más está en nuestras manos, quizás soltar lastre, abandonar las cábalas y dejar de lanzar al espacio preguntas del tipo ¿dónde estás?, ¿qué día es?, ¿qué será de mí?, porque lo único que conseguimos es convertirlo en ruina, y ya viene arruinado de serie. Lo sé, una cosa es decirlo y otra hacerlo, sin embargo, al recuperar el presente apuntalamos el futuro, y también el pasado. Vivir aquí y ahora nunca fue tan duro, por eso merece la pena fracasar en el intento… y comerse un enorme helado de chocolate.

Ilustración: http://www.jeanjullien.com

Confíname o apriétame más fuerte

Ahora que las cosas se están poniendo peor que en marzo, quizás porque hemos avanzado en la criba, quizás porque somos un año (en blanco) más viejos y eso duele, comienza a percibirse en el ambiente otra variable hasta ahora oculta, aunque no por ello inexistente: la indignación de aquellos que hacen lo que tienen que hacer. Y es que, superado el momento en el que el mal de muchos deja de ser consuelo para nadie, comenzamos a preguntamos por qué unos continúan con su vida sin modificar rutinas sociales y otros llevan meses sin ver a sus familias, ¡comprando por Internet en las rebajas!, sin bares, metro ni revisiones médicas, en definitiva, suspendidos por una cuestión de conciencia cuyo premio parece aún lejano o, en todo caso, implica resignación.

Hay en este enigma un elemento de responsabilidad, palabro casi extinto en los cánones modernos. De igual forma que los padres prescinden del sueño por el futuro de los vástagos, los hijos son siempre reacios a dejar el iPad para disfrutar de los padres, como si la escala de prioridades vitales comenzara a adquirir forma y color con el paso del tiempo, el mismo que siempre nos sobra siendo críos, el mismo que siempre se escurre siendo viejos. Eso y que somos inmortales hasta cumplir los 40.

Hay, por tanto, cierta épica en el hecho de “sacrificarse” sin gloria ni recompensa, hacerlo por el simple hecho de hacerlo, prescindiendo de reproches a terceros o desahogos que sirven para confirmar nuestra desconexión con el mundo y sus derivas, las del yo, mi, me, conmigo y la ignorancia de los que lo pueblan. La valentía, hoy más que nunca, consiste en saber que, a veces, es imposible ser compensados por la pérdida, ya sea de vida, ya sea de tiempo. Perder un poco de ambos… el mayor acto de amor.

Ilustración: http://www.alberttercero.com

Cuando te enteras de que tu ex va a tener un hijo

De entre todas las sensaciones que implica el hecho de ser fieramente humanos, y por lo tanto complejos hasta decir basta, hay una que es, sin lugar a dudas, la más difícil de precisar porque en ella se dan cita los pasados vividos, niveles residuales de hormonas con cierto extravío atávico y la incertidumbre de saber qué sería de nosotros si hubiéramos tomado la decisión de aguantar. Por supuesto, cada uno la experimenta a su manera, pero tras encuestar a mi entorno más íntimo — Tinder y Tik Tok— debo reconocer que enterarse de que nuestro o nuestra ex ha tenido (o va a tener) un hijo con una pareja que casi siempre nos recuerda a nosotros es raro, precisamente porque escapa a cualquier definición. Y digo raro… ¡Qué coño, rarísimo!

Para añadir más incógnitas a esta ecuación da igual si hace años que no pensábamos en el ex en cuestión (ni siquiera para tocarnos); si estando juntos lo único que hacía era contarnos sus mierdas, proponer visitas sorpresa al pueblo familiar o empeñarse en exprimir el finde cuando a uno lo que le apetecía era quedarse en casa (que para eso la pagamos)… Da igual, alguna vez le quisimos y es verle con el niño en brazos y sufrir un retortijón de entrañas, sentirnos malas personas porque sí, compartimos su felicidad y, sin embargo, no salimos en la foto: ¡hemos sido expulsados de una vida que aborrecíamos!

Así somos, volátiles, satélites alrededor de una órbita fiel y Lowenstein, presos fuera de un mundo perfecto en su concepción y terriblemente imperfecto en su devenir diario. También es cierto que el trauma dura poco, y aquel residuo umbilical que nos unía termina volatilizándose como una aspirina efervescente, sobre todo al advertir lo que ahorramos en pañales y dolores de cabeza. Ese niño, además de representar una oportunidad extranjera, viene con un adiós desprovisto de amargura. Por mi parte espero que les vaya bien, siempre. A todas.

Ilustración: Flore Gardner