Cuando alguien te gusta

Cuando alguien te gusta suceden cosas. La primera, y quizás la menos importante, es que uno se quiere un poco más. Por fin puedes hablar de todo lo malo que hay en ti, que es mucho y recurrente, del miedo a estar solo y al dolor. También de lo bueno. La otra persona te mira con ternura, «podrías ir a terapia», sugiere. Y te acepta. Lo sé porque una tarde, con la luz oblicua entrando por la ventana de la habitación, ella colocó su mano por dentro de la manga de mi camiseta. Y así, respirando un aire de siesta, los dos, dormimos sin saberlo. Por eso pareció soñado. Al despertar supimos que todo lo que necesitamos era ser solo nosotros, sin prisa, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta la ciudad de siempre parece nueva. Reconoces las calles, sus cristales llenos de luz, la gente sin orden en bicicletas con las ruedas deshinchadas. En cambio, surgen detalles que la hacen irreconocible. Sí, se puede ser extranjero en el barrio que conoces como nadie. Depende de la compañía. Incluso la Puerta del Sol, tan llena de gente, tan falta de personas, recupera su pasado de uvas por el suelo y te recibe, despeja la ruta hacia la siguiente plaza, hacia ninguna otra parte más que hacia nosotros. Ser feliz entre desconocidos que compran de forma compulsiva. Solamente hace falta alguien al lado que lo viva a su manera, sin prisa y sin luces de Navidad, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta te asaltan las dudas respecto a cómo sería la vida juntos, peor por separado. Porque sabes que después de un mal día vendrá ella, que podrás mirarla y borrar el ruido de sus ojos, abrir una botella y dejarla casi entera. Todo tan banal, todo extraordinario. El tiempo pasa entre los dos, un edificio al fondo o por detrás de su perfil mediterráneo. Quizás lo más importante de que alguien te guste sea la incapacidad de no poder ver lo que tenemos delante, de inventar un mundo a nuestra medida, en la buena dirección, que se sostenga en la oscuridad del firmamento, sin prisa, sin deslumbrar, sin deslumbrar siquiera.

Ilustración: Guy Billout

La gente delgada

La gente delgada también flaquea. Y lo hace desde 2016, año en el que, oficialmente, la gente gorda superó en número a los con bajo peso o escuchimizados. Porque ser delgado, a pesar de considerarse normativo o saludable, trae consigo una constante crítica en forma de «cómete un bistec» o un «se le ve muy delgao, estará enfermo». Cualquier comentario relativo al peso cae mal. Las palabras parecen sostener la dieta de aquello que no se come, pero marca. Así vive la gente delgada, entre la imposibilidad de encontrar pantalones de su talla y la sensación de que una mujer nunca puede ser ni demasiado poderosa ni demasiado delgada. Al final, nadie está conforme con su cuerpo. Y los delgados aún menos.

Sorprende ver cómo la corrección política elimina las palabras del plato. Ni negro, ni gordo, ni facha ni un «joder» por censurar en la pantalla del móvil. En cambio, al delgado se le señala y el delgado calla, se escurre entre el supuesto privilegio de la falta de grasa y la suerte de comer todo lo que quiera. Les pasa lo mismo a los solteros. «Es una suerte poder vestirte en la sección de niños cuando tienes 40 años». Será eso. Por favor, madres y abuelas, dejad de rellenar el plato del hijo más delgado. La escasez de comida pertenece al pasado y lo que falta es comprensión hacia aquellos que, coman lo que coman, nunca ganarán peso. Pero perderán amigos.

El peso marca. Lo hace porque sin cuerpo uno se queda en las raspas. Con el peso vas a todas partes, como si se tratara de la carta de presentación de las personas gordas, flacas, altas, bajas o hijas de puta. Venimos deformados al mundo y por esa razón juzgamos: el gordo es vago, el flaco tiene que ser yonqui. Alto y delgado… el animal perfecto. En el colegio me decían que era un mierda, no por serlo, sino por pesar lo mismo que un gato abandonado envuelto en un periódico. Yo escuchaba música, que tampoco ocupa nada y me decía cosas bonitas sin abrir la boca. Dejemos a los delgados que lo sean. Hay cierta belleza en parecer un bastoncillo entre las hojas del otoño, un hueso entre las fauces de los animales más salvajes.

Ilustración: David Shrigley

La primera vez que tus padres se miraron

Nos empeñamos en conocer a nuestros padres cuando ya están muertos. Antes, el parto, los paseos de la mano, un viaje en coche, las comidas con mantel y migas. Después, la primera vez que les negamos un beso a la puerta de la escuela, el primer «te odio». Durante la infancia conocemos a los padres como padres, figuras que, en el mejor de los casos, están a un golpe de vista, en otro barrio, separados por una ciudad a cientos de kilómetros. Su ausencia permanente implica una herida. Su pérdida implica otra, quizás menos profunda, más limpia. Cuestión de orden y de afectos. Nunca conoceremos del todo a nuestros padres. Muchos de los que los que creen conocerlos bien ignoran la primera vez que padre y madre se miraron.

Los padres que quieren mucho a sus hijos también pensaron en abandonarlos. Fue un pensamiento fugaz, una salida hacia otros mundos. Muchas tardes llegaban a casa buscando paz. En cambio, había ruido, voces de niños por el suelo, juguetes fuera de sus cajas. Hay que ser muy buen padre para conocer a sus hijos y quererlos sabiendo que muchos de ellos serán unos futuros gilipollas. El amor ignora los detalles. Yo siempre miré a los míos sintiéndome querido. Les echo en cara que me dejaran a mi aire. Es la forma en la que los hijos no asumimos responsabilidades. Resulta más fácil señalarlos que considerarnos hijos imperfectos. Recordad esa salida hacia otros mundos…

Como hijos, nunca podremos ver la primera vez que padre y madre se miraron. Madre estaba en una feria. No era madre, tan solo una niña. Padre estaba frente a ella. No era padre, fue un hombre bueno de ojos verdes. Madre mordía una manzana de caramelo. Padre sonreía. La noria daba vueltas a su espalda. El mundo giraba en otra parte. Madre le tendió la manzana a padre. Padre siempre fue más de chocolate. No volvieron a verse hasta años después. Décadas más tarde, yo entendí que vengo de una feria en la que nunca estuve. Eso son padre y madre, una mirada cotidiana que cambió todo para siempre, latido en la distancia, vida a buen recaudo. Preguntadles a los vuestros antes de que sea demasiado tarde.

Ilustración: David Shrigley

Los límites del horror

¿Hasta dónde puede llegar el horror? Horror entendido como sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso, una aversión profunda hacia alguien o algo. Ese horror cotidiano, de bombas en aulas y hospitales, el que se acepta como si se tratara de un cambio de estación. Horror que puede acumularse sin ocupar sitio, capa sobre capa bajo tierra y piel, horror de horrores porque va con nosotros siempre. Está en las plazas y en Ferraz, en un país que se rompe cada día sin llegar a romperse. Ese horror que se soporta agachando la cabeza, pensando que, mañana, habrá otro horror más grande. Horror hecho de banderas, horror de pocas personas y mucha gente.

¿Cuánto horror podemos soportar? ¿Cuántos monstruos y desgracias van de dentro y hacia dentro? El horror es la vida de los otros hecha costra, un número al azar que seguirá creciendo (dos millones de kurdos, miles de palestinos). Ni siquiera el fin del mundo sirve de consuelo. Esto, la vida, se acabará y, después, regresará otra vida. La yerba cubrirá las carreteras, los pájaros el aire, y el horror será un recuerdo de algo más bonito. El presente está lleno de horror, ¿sucederá lo mismo con la muerte? Quizás por esa razón hacemos la compra. Cuando comemos nos olvidamos del horror un rato.

Poco tiene que ver el horror con el miedo. Escuchar a los manifestantes, vestir a un perro con un anorak caro, el enésimo genocidio… esas cosas forman parte de una cultura del horror que asume diversas formas y posee un único fin: alejarnos del mundo, hacernos perder la esperanza y dejar de pensar por si acaso. En el fondo, el horror se vive como una broma infinita, de ahí que sintamos incredulidad primero. Luego asco. El horror conlleva un sufrimiento que se reparte entre todos lo habitantes del mundo para hacerlo llevadero y, sin embargo, el horror colectivo no es la suma de todos los horrores individuales. Horror a manos llenas. Y a otra cosa.

Ilustración: David Shrigley

Sobre madurar

Madurar, pocharse, seguir viendo pasar paisajes por la ventanilla. Así se hace uno a sí mismo, a base de tiempo bien invertido, fuera lastres. Parece que la única forma de posponer el placer inmediato y construir a largo plazo sería madurando, es decir, por obra del dolor. Toda la vida, toda, sufrimos cambios. A veces, son debidos a la pérdida (los más traumáticos), otras nos permiten ver el margen de la foto. Con lucidez y arrugas resulta fácil reírse de las cosas, también del señor en el espejo, de todo lo que hicimos y también haremos. Madurar implica relajarse, asumir que, siendo jóvenes, fuimos tan gilipollas como los jóvenes que nos adelantan.

Solamente la madurez nos permite enterrar sueños sin llorar. Te dices «no conseguí nada de lo que me propuse… y está bien». Hay algo de acomodaticio en ella, como si en algún momento nuestro cuerpo mandara señales de alarma a nuestra mala memoria. Madurar es protegerse, hacerse un poco invisible, quedar con un amigo y despedirte con ganas de volver a hacerlo. Aburrimiento, sí, pero también tranquilidad como mejor aspiración que la felicidad. De lo contrario sería imposible asumir la putrefacción de la carne. Luego, el olvido. Ah, y despertarse sin alarma. Ahí ya eres alguien maduro de verdad (no necesariamente interesante).

Por favor, no confundir madurez con mayoría de edad. Los hay (sobre todo tíos) que no maduran nunca, que viven en casa de sus padres y se quedan solos cuando los bares cierran.. rodeados de universitarios maduros. Ellas, por lo general, maduran antes de la pubertad. Por esa razón, el mundo entre sus manos se ve como una manzana sin gusano. Estoy de acuerdo con Edison: la madurez puede ser más absurda e injusta que la juventud. Primero porque nadie aspira a ella, aún menos a echarla en falta. Eso somos, barcos de arroz a la deriva buscando una isla en el mar o un charco, una isla mínima, con un par de geranios y una vela ardiendo. A eso nos conduce la experiencia. Y la luz de un sol muy viejo ayuda a ir olvidando sin rencores, más despacio, más solos.

Ilustración: David Shrigley

El milagro de Jero Romero

Hay canciones que son secretos a voces. Pero a veces, los secretos son menos secretos, se cuelan en el aire y entran en tu casa y en tu vida, te desvelan al verte un poco reflejado en ellos. Sucede con la música de Jero Romero. Primero la escuchas y te paras. Al fin y al cabo esto va de letras, melodías y algo indescriptible. Después sigues andando como los caballos que no saben que han perdido. El secreto queda a salvo lejos de la meta, va contigo a todas partes. Por esa razón hay que escucharle, porque solamente otros pueden hablar de otros y contar cosas de ti haciéndolo mejor de lo que tú lo harías. De ahí la sensación tan rara al escribir sobre canciones. De ahí la importancia de llamarse Jero.

Estás en tu habitación, hace frío. Alguien canta que pasea cerca de la catedral. Entonces, el tiempo y el espacio se confunden, los niños juegan y los viejos miran a otros niños que saludan. Tú estás solo, en otro sitio. También acompañado en la canción. Otro milagro de la física lejos de la física y Toledo. Luego, la voz de Jero, sin melismas ni esas mierdas que estropean todo. Contar es otra forma de cantar. Él, a lo suyo, a sus afinaciones y con ese gesto grave lleno de ternura. Y uno no puede evitar sonreír a pesar del frío. Las canciones, las buenas, sirven para calentarnos. La velocidad trajo el invierno.

¿Por qué escuchar a Jero? ¿Por qué no?, respondo. A veces la inteligencia y la emoción hacen piña. ¿Se puede tener sentido del humor y no ir de gracioso? Se puede. Ayer se averió la furgoneta después de su concierto de Sevilla. El equipo esperó varias horas en la avenida Kansas City y Jero, mientras los músicos comían pastas de almendras, se hizo un vídeo delante de la grúa ya cargada. Resulta que es posible seguir andando a pesar de una brida en el motor, que ir despacio también sirve para combatir el miedo. «Toda pulgada cúbica de espacio es un milagro». Los caballos, el amor, la música de Jero.

Ilustración: María Rodrigo y Susana Blasco

La gente que besa mal

Hay gente que besa mal. Pero ¿qué significa besar mal si nadie nos enseña? Todos nacemos con boca; aprender a usarla es cuestión de instinto y ganas. Besar mal tiene que ver con el movimiento, con cómo, de repente, la lengua desaparece o solo nos llega el vértice de otro humano perdiendo el control de su vida dentro de nosotros. Esa lengua parece un trozo de entraña poco hecha y, claro, uno abre los ojos para entender qué está pasando. Y está pasando. El beso convertido en túnel de lavado, casi asco, el beso como prueba irrefutable de que el amor puede destruirse con un gesto.

«Todo iba muy bien… hasta que me besó». Eso me dijo Laura mientras utilizaba la lengua para colocar un donut de chocolate entre los molares. No quise saber más de su encuentro. El tío estaba buenísimo, tenía onda y sentido del humor, olía bien… pero besaba como el culo. Es más, parecía que estuviera chupando uno. No sé si volverán a quedar por culpa de ese «no beso». Ahí no había ni dientes de por medio ni mal aliento. Ni siquiera exceso de baba o la cabeza ladeada hacia la derecha para ver el viento entre la hierba. No. En ese beso hubo esperanza, el largo plazo reducido a un «ni de coña». Joder, ¡qué importantes son los besos!

El problema de besar mal tiene que ver con que todo el mundo piensa que besa bien. Aquí no hay jueces ni VAR, solamente sensaciones, ganas de besarse en un mercado un lunes o al despertar de un sueño donde te besaban. Puede que besar sea el mayor acto de comunicación, que a través de un beso seamos capaces de saber cómo piensa el otro, cómo respira, si piensa en otra cosa cuando separa los dientes y saca la lengua o si, por el contrario, está donde tiene que estar que es en la boca del estómago, la nuestra. Resulta que besar mal causa rupturas y besar en la frente da un poco de grima. A mí me gusta. Mientras tanto, mejoremos nuestros besos, con ellos el paisaje cambia, el mundo nace otro, borran el dolor, la espera, dan vida.

Ilustración: David Shrigley

Al ciervo le cortaron la cabeza

Se escucharon tres tiros. Y los vecinos encontraron su cuerpo entre la retama. Da igual si era Carlitos o cualquier familiar suyo. El cuerpo del ciervo tenía la cabeza cercenada. Se entiende que los cuernos sirvieron para decorar el salón de uno del pueblo. En el campo hay miles de cadáveres porque el campo alberga toda la vida y parte de la muerte. El problema es la presencia de los hombres en sus lomas, gañanes que abaten animales cada vez menos salvajes. Es legal, como lo es nacer con cuernos, cuatro patas y un bramido. Solo en el campo se confunde la ferocidad con el deporte. Carlitos, en realidad, no tiene nombre. Resulta que los cazadores tampoco.

Al ciervo le cortaron la cabeza. Cuando lo escribo sucede algo en mi casa de ciudad, como si los animales fueran otros y, los otros, salvajes caminado erguidos. Tiene que haber una forma de placer extraño en la espera, en el dolor de un animal agonizando. El animal escucha, el cazador apunta y una bala invisible rompe ese frágil equilibrio. Me pregunto quiénes traen más muerte, si los que disparan o los disparados. Algo huele a podrido en España, en el mundo, en Dinamarca.

Dicen que nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de una cacería. «Le tiré a una docena, pero maté un corzo de mierda». Puede que cobrarse un ciervo sea motivo de orgullo para algunos, una libertad mal entendida. También ese ciervo representa la muerte de aquello sagrado para muchos, la muerte de la infancia y la inocencia, un intercambio de vida por adornos para las visitas. ¡Qué extraño resulta vivir de lo que algunos matan, cuánta vida hay en los ojos de un ciervo sin cabeza! Peor será no querer mirar de frente. Dan ganas de terminar con la barbarie de un tiro. Adiós, Carlitos o el que sea, nunca pudimos conocernos. Buenos días, tristeza, el único sinónimo de caza.

Ilustración: David Shrigley

Díselo antes de morir

Naces con un grito. Creces, buscas una conexión, algo parecido a casa en los ojos de un amigo o una hermana, tal vez en un padre inalcanzable. Se trata de un instante que reverbera siempre y para siempre en ti, en un cielo iluminado por una bombilla, en una habitación a oscuras. No es nada más que el rastro del amor, un amor que anhela salir del cuerpo y darse al otro con un gesto, pequeñas demostraciones tan necesarias como el aire. Nunca te lo guardes, convierte lo invisible en tacto de palabras. Díselo antes de morir, antes de que sea demasiado tarde.

Porque los peores arrepentimientos se originan en lo que no haces, nunca en los errores cometidos. Ten en cuenta que hay personas que no piden nada, que no anhelan vueltas rápidas ni castillos por encima de las nubes, tan solo quieren oírtelo decir, oír que fueron parte de tu orgullo, que te hicieron falta y te hicieron bien de alguna forma, que sonreíste teniéndolos cerca, aunque fueras un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. Al decirlo en alto es posible despedirse sin decir adiós del todo.

Todo lo que no se dice no existe. Todo lo que cuenta es tan pequeño que muchos prefieren esconderlo. La importancia de las cosas poco tiene que ver con el impacto en el planeta, sino con su efecto en los que más te quieren. El resto, ruido en descomposición. Algunos callan porque andan escasos de valor; la mayoría tiene poco que decir y nunca calla. Esos que callan tanto sienten de una manera tan humana que prescinden de palabras. Pues bien, este es un recordatorio para un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. La vida es demasiado corta, pero se acorta aún más si no dices «te quiero» en tiempo.

Ilustración: David Shrigley

Esas parejas

En el mundo hay mucha gente sola porque así lo quiso. Esa gente se levanta y se acuesta sola, come de menú en el restaurante y deja la mitad de la mesa sin migajas. La gente se compadece de esa gente, cree que podría mejorar su tiempo si se acompañara de otra gente. Y no es cierto. Por desgracia, casi todo se hace por pares, los jerséis y las promesas, el viento y mirarse en un espejo. Por esa razón a la gente le encanta observar a esas parejas suturadas, como si la vida no pudiera entenderse sin ellas paseando por la calle. A esas parejas se las venera por ir en contra del principio fundamental del día a día: todo acaba.

Esas parejas parecen adaptadas a una forma de vida en extinción. El otro está incluido en sus sueños, el uno en la vigilia, los dos, pan con mantequilla y el banco frente a otro atardecer marino, salmón, distinto. Son parejas que trascienden las matemáticas y crean una unidad rara por improbable. Les va la respiración en ello. La gente sola o acompañada mira esas parejas como el que mira una piedra preciosa, dos pájaros en el tendido eléctrico con luna al fondo. Tienen que ser una obra del amor esas parejas. Tan viejas, tan juntas, tan ellas sin que nadie más lo sepa. Y son de todos porque todos, en el fondo, aspiramos a ser dos siendo cada uno libre.

Con las parejas, llamémoslas parejas de siempre, sucede lo mismo que con los cachorros o los bebés guapos, nos conectan con la ternura más profunda. Nadie ve el daño en dos ancianos caminando juntos, nadie ve la humillación de renunciar a una vida en solitario. Esas parejas huelen a lo mismo, su ropa creció en el mismo armario, intercambiaron creencias por respeto y saben que, cuando uno de los dos muera, dejará en el aire un espacio visible e invisible, el mismo que siempre compartieron. Mientras haya una remota posibilidad de seguir vivos seguirán hablándose en voz baja. Y ni la muerte de la muerte logrará la muerte de ese amor, tan suyo, tan nuestro.

Ilustración: Handome Frank