Solamente las madres saben llamar para decir que fue maravilloso

Hay tantas madres como hijos. Ellas se parecen entre sí, comparten costumbres, reflejos de madres con hijos cada vez más viejos. Porque los hijos tienen vidas y sus madres viven las vidas de sus hijos, como si engendrarlos fuera la única razón (hay alguna más) para seguir viviendo. Mientras, los días se suceden de mejor o peor manera. Las madres siempre guapas, los hijos un poco peor, el tiempo en medio. Hay algo que permanece inalterable, una especie de hilo invisible entre madres cercanas e hijos a otra cosa: la madre llama al hijo para contarle que fue un día maravilloso, el sol le calentaba el rostro, la tarde se disolvió allá a lo lejos. Solamente las madres saben llamar de esa manera.

En realidad, no hay días ni buenos ni malos. Los días se suceden. Para unos son jodidos, para otras una postal inolvidable. Las madres, quizás por entender el origen de la vida como pérdida, capturan en su voz detalles ocres, a veces invisibles. Puede que las madres tengan acceso a algo que a los hijos se nos escapa, una manera de mirar las cosas como madres. Pienso en los huérfanos. Quizás lo sean por estar un poco solos, también por desconocer un mundo que parece más bonito, menos cruel con una madre hablando al otro lado del teléfono.

Después, los hijos cuelgan. Las madres repiten ese gesto de forma involuntaria. Seguirían un rato charlando. Y es que el cielo contenía un aire que era nada o casi nada, la vida volaba por el aire y los tomates no sabían a agua, sino a tomate. Lo pasaron tan bien… Los hijos escuchan el eco de un eco e ignoran la importancia de estas cosas. Los hijos somos desagradecidos por naturaleza; las madres agradecen cualquier rato. Me he propuesto llamar a madre para contarle que fue un día maravilloso, que la vida es mejor si ella está en ella. Puede que sepamos llamar de otra manera. A eso tenemos que aspirar mientras seamos hijos.

Ilustración: David Shrigley

Ese número de teléfono que nunca borras

Imposible. Desde que murió eres incapaz de borrar su número. Sigue en Favoritos o en el fondo de los contactos que crecen por latidos. Es más, ni siquiera compruebas si el número sigue en tu memoria. Conoces la respuesta, nueve cifras. Eliminarlo de su urna física, un móvil en el siglo XXI, supondría enterrar el cordón que os unió una vez y todavía aprieta. Y es que ese hilo invisible entre las arrugas y la tecnología es una forma de amor que ama en vida y través de la ausencia. Duele, cierto, pero aún más tirarlo como el que tritura fotos, documentos, cáscaras.

Durante meses marcaste su número, normalmente ebrio o de noche. Su voz respondía y tú colgabas, quizás consciente de que son los vivos los que hablan con los muertos, nunca al contrario o vía Movistar. Era la fuerza de la costumbre convertida en duelo. Con la reconstrucción de los días desgarrados, la línea quedó fuera de servicio. Entonces te aferraste a lo único mundano que se origina en el más allá para volver como una mancha en el sol, como una raíz: los recuerdos.

Ya ha pasado mucho tiempo desde aquello. Ni siquiera te aprendiste el número de tu pareja, de tus mejores amigos. En cambio, el suyo se hace presente al saquear el pasado, te concede la duda y por lo tanto el deseo de seguir viviendo. Es extraño, pero el móvil representa todo aquello que quedó por decir, hace las veces de camposanto entre tanta pieza china. En su falta celebras la suerte de poder contarlo. Está en ti y respira en todas partes… menos en la guía de teléfonos. Porque casi todo pasa.

Ilustación: Marco Melgrati