El amor tranquilo

No hay príncipe. Tampoco hadas o un lago en el que los cisnes duermen. Quizás alguna de esas tres cosas pudiera aparecer en portada. En realidad, el mito del amor romántico vive de la dependencia, un lazo que ahoga o hiere, quema o mata a hierro. El amor, cuando es amor, tiene que ser tranquilo, con sexo en la parte de atrás de un autobús, bajo las sábanas con restos de la noche, pero tranquilo. Ese amor contiene todas las vidas pasadas o futuras concentradas en el otro. Y muere, como lo hacen los príncipes y las hadas, los cisnes y los fotógrafos que persiguen exclusivas. El amor tranquilo no se busca, solo crece mientras cae el sol por detrás de los árboles del parque.

Queremos todo. Se trata de una aspiración que termina mal. ¿Qué es todo? Verse de lejos, piel, vivir juntos, decir sí, una familia, el ardor sin Ada, envejecer en el salón, convertirse en polvo y que ese polvo regrese a una maceta. Alguien arrancará la flor. Quizás empatar sea el único modo de quererse bien. Conocerse poco a poco, dormir regular, llorar cuando sea necesario, perdonarse, vivir a ras de la hierba y poder contarlo sin fotografías. Ese amor se conserva dentro de los ojos; los demás lo pueden ver. Sí, el amor tranquilo siempre ofrece lo mejor de cada uno. Si no será otra cosa.

El amor del que hablo deja marchar, entiende que las cosas cambian, duelen. Es complicado. Las cosas simples, reírse, desayunar en el bar de abajo, regalar un vaso para beber sake, cuestan. Su precio es invisible. Amor tranquilo, imperfecto, lleno de arrugas y ropa dentro de la lavadora. Los fuegos artificiales se disuelven como el detergente. Oscurece. Y amanece otra mañana y todo existe bajo una luz tenue. Quiero ver películas románticas donde dos se miran a la cara, se palpan las sienes con las palmas de las manos y dicen «buenas noches« sabiendo que, quizás, serán las últimas. Amor tranquilo. Porque todo parece estar en su lugar.

Ilustración: Camille Deschiens

Esas familias en las que se dice «te quiero»

En casa no se escuchaba «te quiero» muy a menudo. Había besos y cariño, una confianza nunca rota por gritos o peleas. La definición del amor eran padre y madre en aquel coche. La mano de madre en el pelo de un padre que fumaba; padre desviando la vista de la carretera en dirección a madre. Detrás, tres testigos de una película de viejos que se quieren. La carretera al fondo. Más tarde, los hermanos comenzamos a decir «te quiero mucho» por mensaje o en privado, como si el mucho rebajara el te quiero para poder ser expresado en alto. A veces, las palabras cuentan. Otras, en cambio, poco pueden hacer frente al amor en su manifestación más íntima.

Las familias en las que se dice «te quiero» todo el rato no son necesariamente las que más se quieren. Se las ve felices por la calle, a la puerta del colegio. Hay niños, adultos, gestos y prisa, toda una vida en la que crear el ambiente propicio para que unos crezcan y otros envejezcan rápido. A pesar de los intentos aparecerán la humillación y los traumas, la certeza de que sabemos o muy poco o mucho sobre el amor sin llegar nunca a saber lo suficiente. Resulta más sencillo verbalizarlo. De esta forma se desarrolla una vulnerabilidad que cuaja en el silencio.

Decir «te quiero» implica adquirir un compromiso y no todos están preparados para asumirlo. Hay gente que da amor sin abrir la boca, gente que nombra el amor y no lo siente, gente que se llena la boca de amor y de canciones y reparte abrazos fríos. A mayor amor, más pérdida. Podría ser una razón para evitar expresarlo y solamente querer estar para la gente a la que quieres. Se puede seguir queriendo a un padre que murió hace años. Se puede odiar a alguien que te dio la vida. Me gusta escuchar esos «te quiero» en alto porque significan todo, porque no significan nada.

Ilustración: MDNF

Ternura

Es en la ternura que existimos. Dentro de ella es posible ser nosotros, también lo oculto por miedo a que nos hagan daño. Porque la ternura se manifiesta alrededor de alguien que necesita calor para desperezarse. De lo contrario, muere en nuestro cuerpo tibio. Pocos quieren mostrar su flanco de cristal, ser juzgados por frágiles o flores de garza blanca, definición del humano con apegos. Descansa en la ternura, niño. Qué mejor forma de seguir latiendo, de aceptar tu imperfección perfecta.

La ternura es revolucionaria, nunca efímera, se rebela contra la pasión porque carece de segundas intenciones. De ahí que trence lazos deshilachados, invisibles. Sin ternura resulta imposible entregarse a los demás, también a uno. Porque uno es lo que es. También lo que no quiere ser o nunca se atrevió a decir en alto, no por tratarse de algo vergonzante, sino porque admitirlo implica alejarse de los héroes. Y los héroes nunca lloran. Tampoco escuchan.

El corazón tiene cerebro porque tantea lo que es importante para el otro y lo convierte en una mirada, en una mano sobre la frente, puede que en una palabra justa. Cuestión de supervivencia. También de amor, de madres y de gatos recién paridos. Hay que esparcir ternura, dejar su reguero en actos insignificantes que dan sentido a todo lo vivido y lo por vivir. «Ni luna ni siquiera espuma, nos bastan dos o tres segundos de ternura». Nos bastan. Y el tiempo deja de pasar en un abrazo.

Ilustración: Darek Grabus

Echar de menos

Puede que perder a alguien al que has querido bien se parezca a la muerte. Al menos los primeros días, estaciones. La extrañeza pesa como el mármol porque, si él o ella no está, tú ahora tampoco. Entonces te desvelas siendo todavía noche, más solo, más flaco. A tu lado yace lo que fuiste una vez antes, huesos, hueco sin reemplazo. Poco importan las palabras, menos el tiempo. Echar de menos cuenta como enfermedad. Remediable, eso sí. El mundo ahí fuera se vacía, es esa cama con dos almohadas, una sin pelos.

Sentir la falta recuerda a la nada en un domingo. Extrañas la ternura entendida como bálsamo, única porque procede de ese rincón secreto, de dos a los que nadie ve salvo las paredes de una casa. La confianza se construye con abrazos y algo de mortero. Ni siquiera los amigos pueden dártela, aunque lo intenten. También extrañas la locura de poder ser tal y como tú te miras, con el otro cerca, con todos los defectos y el brillo de los ojos aún intacto. El rastro se intuye en la pintura, en el recuerdo. Será que vives.

Así echas de menos, creyendo que nunca nadie podría hacerlo de la misma forma, ni siquiera el extrañado. ¿Cuánto tiempo puede durar una costumbre? Con esta duda vamos dejándonos atrás, más despacio que el tiempo, con los días y su afán tapando la grieta… a pesar de que te conduzcan indefectiblemente al otro, ese que ya no está, que fue, que respira bajo un cielo sin aire. No hay nada peor que recordar un tiempo feliz en un instante triste. Y a pesar de ti amanece.

Ilustración: Guy Billout